Calvario

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Isaías profetiza la misión del Mesías en estos términos: «El Espíritu del Señor está sobre mí y me ha ungido para anunciar la Buena Nueva a los pobres, vendar los corazones rotos, pregonar a los cautivos la liberación y a los reclusos la libertad… Consolar a todos los que lloran, darles diadema en vez de ceniza, aceite de gozo en vez del vestido de luto, alabanza en vez de espíritu abatido» (Is 61,1-3).

Hemos visto cómo Isaías describe la situación del hombre. No se trata de una visión pesimista sino del ámbito reduccionista al que se ve abocado el hombre cuando tiene cerrado el horizonte de la trascendencia: Es víctima de sus propias carencias. Dios abre este horizonte estrecho enviando a su propio Hijo, quien, acercándose a nuestra debilidad y asumiéndola, proyecta en nosotros la trascendencia que estaba oculta y era inalcanzable.

Jesucristo es, pues, la respuesta de Dios a esta nuestra pobreza y debilidad tan detalladamente descrita por el profeta. El Mesías es el destinatario del Salmo que nos ocupa y que empieza así: «Dichoso el que cuida del débil y del pobre en el día de la desgracia: el Señor le salva. No lo entrega al capricho de sus enemigos». Como hemos dicho, es el Mesías quien se ha inclinado a todo ser humano y le ha restituido la dignidad de hijo de Dios.

San Pablo habla en primera persona al definir la debilidad del hombre; y lo hace con una trágica claridad que nos abre los ojos. Dice simplemente que está vendido al poder del pecado: «La ley es espiritual, mas yo soy de carne, vendido al poder del pecado. Realmente, mi proceder no lo comprendo; pues no hago lo que quiero sino lo que aborrezco… ¡Pobre de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?» (Rom 7,14-25). Pablo, que manifiesta su debilidad como quien vive un drama interior, tiene la sabiduría suficiente para dirigir sus ojos a Jesucristo, por quien su debilidad se convierte en fortaleza. Por eso termina el texto anteriormente citado con una alabanza a Cristo Jesús: «Gracias sean dadas a Dios por Jesucristo, nuestro Señor» (Rom 7,25).

Así pues, Jesucristo toma un cuerpo y se ofrece al príncipe de este mundo, presentándose como una especie de cebo. Para rescatar al hombre asume y encarna su maldición. Seguimos escuchando al apóstol Pablo: «Cristo nos rescató de la maldición de la ley, haciéndose Él mismo maldición por nosotros, pues dice la Escritura: maldito todo hombre que está colgado de un madero» (Gál 3,13).

Decíamos anteriormente que el Hijo de Dios se presentó ante el príncipe del mal, sirviendo Él mismo de cebo, algo así como una trampa; tentando al tentador, poniendo ante sus ojos nuestra debilidad, nuestra dolencia y hasta nuestra lejanía de Dios como algo suyo para que se cebara en Él. Así nos lo profetiza también Isaías: «Y, con todo, eran nuestras dolencias lo que él llevaba, y nuestros dolores los que soportaba. Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado» (Is 53,4).

El salmo anuncia esta trágica realidad así: «Comentan mi desgracia: Sobre él ha caído una peste de infierno, está acostado, ya no se va a levantar». Y es esta exactamente la impresión que tuvieron todos los que acudieron al Calvario: ¡Maldito por hacerse pasar por Hijo de Dios! Esta mentira de todas las mentiras, susurrada con fuerza por Satanás en el corazón de Israel, ya había sido anunciada en el libro de la Sabiduría: «Se ufana de tener a Dios por Padre. Veamos si sus palabras son verdaderas, examinemos lo que pasará en su muerte… condenémosle a una muerte afrentosa, pues, según él, Dios le visitará» (Sab 2,17-20).

En el salmo se anuncia que el Mesías cree firmemente que Dios le salvará, le resucitará. «¡Pero tú, Señor, ten piedad de mí! En esto reconozco que me amas: en que mi enemigo no triunfa sobre mí. A mí, en cambio, me conservas íntegro, y me mantienes siempre en tu presencia». Como hemos dicho, Jesucristo tiene conciencia de que, al asumir la debilidad del hombre entregándose a su causa, pasará por un proceso de pasión, muerte y resurrección. «Desde entonces comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día» (Mt 16,21).

Jesús, aun en las más profundas tinieblas, tenía conciencia clara de su victoria. Tenía la certeza de que poderoso era su Padre para devolverle la dignidad tan inicuamente arrebatada. Y en su paso por el sepulcro, demostró su amor al hombre pues, al devolverle el Padre su dignidad, nos devolvió también la nuestra.

El anuncio de Jesucristo, muerto y victorioso por nuestra salvación, es el eje fundamental de la predicación de los primeros cristianos. Oigamos a Pedro: «Los que por medio de Jesucristo creéis en Dios, que le ha resucitado de entre los muertos y le ha dado la gloria, de modo que vuestra fe y vuestra esperanza estén en Dios» (1Pe 1,21).