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Fotograma de La Pasión de Cristo

Este salmo expresa con gran dramatismo las pruebas del Mesías, terminando con una bendición a Dios porque le ha fortalecido. En efecto, Jesús es probado a lo largo de toda su vida. Experimentó una soledad absoluta, por lo que, no teniendo dónde apoyarse, acudió a la Roca que le dio fortaleza: Dios, su Padre.

Encontramos al principio del salmo esta invocación: «A ti, Señor, me acojo: no quede yo nunca defraudado». La turbación del salmista cobra tintes trágicos, pues hasta sus vecinos y familiares se espantan de él. «Me he convertido en escándalo para mis opresores; en un ser repugnante para mis vecinos, en espanto para mis amigos». En el Evangelio vemos que los parientes de Jesús piensan que está loco y quieren hacerse cargo de él como si fuese un hombre inútil: «Sus parientes fueron a hacerse cargo de él, pues decían: está fuera de sí» (Mc 3,21).

Esta situación personal de Jesús se va volviendo cada vez más dolorosa, ya que su clan familiar no cree absolutamente en Él. «Le dijeron sus hermanos: sal de aquí y vete a Judea, para que también tus discípulos vean las obras que haces… Es que ni siquiera sus hermanos creían en Él» (Jn 7,3-5).

Como decíamos al principio, Jesús se ve obligado por las circunstancias, permitidas por el Padre, a refugiarse en Él, a buscar su agrado en el cumplimiento de la misión por Él encomendada. Llena así su soledad con el Único que se la puede llenar. «El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo porque yo hago siempre lo que le agrada» (Jn 8,29). En Jesús se cumple en plenitud el Salmo 23 que dice: «El Señor es mi Pastor, nada me falta, restauras mis fuerzas… no temo ningún mal, porque tú estás conmigo…». Abandonado por todos, «nada le falta». Su amor y obediencia al Padre le mantienen fiel a su misión.

Leemos estos versos tan significativos de santa Teresa: «Nada te turbe, nada te espante, todo se pasa, Dios no se muda… quien a Dios tiene nada le falta». Y nada le falta a Jesucristo, pues aquel que permanece para siempre, aquel que no cambia su Palabra, está con Él, en su vida y en su misión. Esta es la experiencia de Jesús, experiencia que nos transmite y nos ofrece gratuitamente, por la fuerza que tiene en sí mismo, el santo Evangelio.

No obstante, Jesús conoce en su propia carne la turbación y, así, a las puertas de la Pasión, le oímos decir: «Ahora mi alma está turbada y ¿qué voy a decir? ¡Padre, líbrame de esta hora! Pero ¡si he llegado a esta hora para esto!» (Jn 12,27). Efectivamente, Jesús tiene conciencia de que, si su Padre le ha llevado hasta las puertas de la pasión, en la misma pasión, el Padre abrirá las puertas del encuentro con Él.

De forma que se oyó una voz del cielo que todos oyeron y que decía: «Le he glorificado y de nuevo le glorificaré» (Jn 12,28). Esta fue la respuesta de Dios a la turbación extrema por la que pasaba Jesús. Ya le glorificó en la transfiguración al proclamar desde lo alto estas palabras: «Este es mi Hijo amado en quien me complazco; escuchadle» (Mt 17,5). Le glorificó, es decir, dio testimonio de Él, de que Jesucristo era la Palabra hecha carne. Por eso dejó constancia a toda la humanidad, que era a Él a quien debían de escuchar.

«Y de nuevo le glorificaré». Y, cuando el príncipe de este mundo celebraba y cantaba la victoria sobre el Mesías poniendo la muerte como conclusión de su vida y misión, Dios gritó a la piedra del sepulcro que, dejándose caer de lado, dio paso a Jesús resucitado, vencedor de la muerte y del mal; sometiendo así al padre de la mentira que esclaviza al hombre por el temor que este siente ante la muerte (Heb 2,14-15).

Esta es la experiencia de Jesucristo, que sería incompleta si no la hubiese traspasado al hombre. El ser humano duda muchas veces del amor de Dios. Es más, a veces pensamos que Dios va por un lado y nosotros, con los males y problemas que nos aplastan, vamos por otro. Jesucristo, al darnos a conocer al Padre, nos deja muy cercana su experiencia, más aún, nos la penetra hasta el alma y el corazón para que el hombre pueda experimentar en su vida concreta, con sus luces y sus sombras, el mismo amor, por parte de Dios, que vivió Jesús. «Yo les he dado a conocer tu nombre y se lo seguiré dando a conocer, para que el amor con que tú me has amado esté en ellos y yo en ellos» (Jn 17,26).

Pruebas del Mesías, pruebas del hombre. Soledad cuando entramos en la Palabra para encontrar la vida que se nos ha ido ya de las manos. Y una misma experiencia con el Mesías: en Dios, mi Padre, «nada me falta».