La incredulidad de Santo Tomás

La incredulidad de Santo Tomás (Benjamin West)

“Cuando llegó la noche de aquel mismo día, el primero de la semana, estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio, les dijo: Paz a vosotros. Y cuando les hubo dicho esto, les mostró las manos y el costado. Y los discípulos se regocijaron viendo al Señor. Entonces Jesús les dijo otra vez: Paz a vosotros. Como me envió el Padre, así también yo os envío”.

S. Juan 20, 19-21


¡No temáis!, dijo Jesús a los que esperaban, agazapados en aquel día de oscuridad y de dudas, de culpa y desolación.

¡No temáis, soy Yo!, les dijo a ellos y nos repite hoy a nosotros, conociendo la verdad de nuestro corazón.

Pero, ¿por qué tememos a Jesús? ¿Por qué nuestro corazón imagina, que cuando vivimos de espaldas a Él, el regreso estará cargado de culpa y desolación?

Aquellos hombres, que esperaban escondidos, jamás hubieran imaginado que, después de haberle abandonado, traicionado y dejado morir, su amigo, su Maestro, se acercaría de nuevo a ellos, sin reproche, sin amargura, sin rencor y lleno de amor.

Con la delicadeza de unas palabras que calman el alma y sosiegan el corazón, “No temáis”, como se le dice a un niño asustado que intuye un castigo, entró Cristo en aquella estancia y entra cada día en nuestro corazón.

Cada día del cristiano es una lucha para crecer en el amor de Dios, y cada día pensamos , como aquellos hombres que nuestras culpas nos hacen más difícil el encuentro, pero Él, nuestro Señor, como lo llamó Magdalena , nos despierta cada mañana con esa misma frase, “no temas”, “Aquí tienes mi mano, tómala y levántate”, “Tenemos hoy todo un día para hacer camino juntos… sin temor”.


“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados”.

Isaías 53, 5-6