Bodas de Caná

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Nos relata el apóstol Juan un episodio en el Evangelio de Jesucristo (Jn 2, 1-11) –siempre el Evangelio es de Jesucristo, aunque lo relate alguno de los Apóstoles-, con referencia a una invitación que se recibe para asistir a una boda en Caná de Galilea.

Da la impresión que a la boda ha sido invitada la Virgen María, y que es Jesús posteriormente el que es a su vez invitado con los discípulos. Sea como fuere, María, siempre atenta a las necesidades de los demás, se da cuenta de que falta el vino.

En la cultura judía, y en la nuestra, el vino es la alegría, es la bebida que alegra el corazón del hombre. Y la falta de él, en aquella ocasión podía interpretarse como un descuido del maestresala, o incluso de los novios. Es un detalle, si queremos si no insignificante, es un detalle menor, para que en Evangelio se presente como algo digno de mención. Entonces por qué esta importancia, cuando, seguramente, en los Evangelios se nos relatan cosas de suyo mucho más importantes.

La clave debe estar en otro sitio. Yo creo que la clave está en el cuidado de María atendiendo a los más mínimos detalles, pero, sobre todo, en la forma de decirlo: “…Le dice a Jesús su Madre: no tiene vino…” No le dice: ¿cómo les podemos ayudar? O ¿qué podemos hacer, vamos a comprar antes de que se den cuenta los invitados? ¡No! Simplemente le expone el problema a Jesús. Y ante la respuesta de Jesús: “…No ha llegado mi hora…”, María no insiste; solamente les dice a los sirvientes: “…Haced lo que Él os diga…”

Hay un Evangelio que también nos relata Juan (Jn 11, 1-45) sobre la resurrección de Lázaro. El episodio es muy conocido, y quería detenerme en el “saludo” de Marta al Señor. Le dice: “…Señor, si hubieras estado aquí no habría muerto mi hermano…”

Está en la misma línea que Maria de Nazaret: expone el problema, no le pide la solución. Se aflige con el dolor propio del momento, de la ausencia de Jesús. Y le llama “Señor”, que es entre los judíos, el rango que sólo se le da a Dios. Marta le reconoce como tal.

Hay un paralelismo entre los dos casos: en ambos María nuestra Madre, y Marta, exponen el problema sin pedir nada; solo le exponen el problema. Saben que Jesús va a dar la respuesta más satisfactoria, como así fue.

Y nosotros, ¿qué conclusión podemos sacar? Hemos de pedir con fe; con la fe de María, con la fe de Marta. Sabiendo que el Señor sabe de nuestras necesidades, pero sabiendo nosotros también que Él no nos va a dejar en la estacada. El problema de las bodas de Caná es pequeño ante el problema de Marta que ha perdido a su hermano. Para Jesús, no es el tamaño del problema. Es, simplemente, un problema de fe. Es un problema de “fiarse” de Dios, que es lo que significa “tener fe”. No en vano nos dirá Jesús: “…Todo lo que pidáis al Padre en mi Nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo…” (Jn 14, 13)

Del mismo modo en (Mt 21, 22): “…Y todo cuanto pidáis con fe en la oración, lo recibiréis…”

Alabado sea Jesucristo.