Rezando ante el altar

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Este salmo es una elegía lastimera ante la devastación de Jerusalén, con su consiguiente destrucción del Templo, acontecida en el año 587. «Oh Dios, nos rechazaste y nos dispersaste. Estabas irritado. ¡Restáuranos! Has sacudido el país y lo has agrietado. ¡Repara sus grietas, pues se tambalea! Hiciste ver a tu pueblo duras pruebas, y nos diste a beber un vino que marea».

Israel no logra entender cómo es que, siendo el pueblo elegido, el pueblo que ha recibido las promesas de Dios, esté sumido en la más espantosa ruina y orfandad. Por eso el salmo está encabezado por esta queja angustiosa y doliente: Oh Dios, nos rechazaste.

No es que Israel no reconozca sus pecados. Son muchos los textos del Antiguo Testamento en los que el pueblo interpreta sus desgracias y derrotas como consecuencia de haber abandonado a Yavé, de haberse apoyado en sí mismo y no en la roca que Dios era para ellos.

El apóstol Pablo anuncia con fuerza que el pecado tiene un fruto, una consecuencia, entendiendo por pecado el hecho de vivir la propia existencia de espaldas a Dios. Proclama esta realidad destructiva con las siguientes palabras: «El salario del pecado es la muerte» (Rom 6,23). Lo que Pablo está transmitiendo es que el pecado tiene en sí el germen del aniquilamiento, y no como castigo de Dios sino como resultado, diríamos natural, del hecho de no tener la vida apoyada en Él. Dios es el único que la hace permanecer estable y erguida ante cualquier situación o peligro por muy violento que sea.

Jesús, en el sermón de la Montaña, alerta a los discípulos sobre los cimientos en que el hombre construye su vida. Estos son dos: O bien la roca, o bien la arena. Veamos el texto: «Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el hombre prudente que edificó su casa sobre roca: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos… pero la casa no cayó. Y todo el que oiga estas palabras mías y no las ponga en práctica, será como el hombre insensato que edificó su casa sobre arena: cayó la lluvia, vinieron los torrentes, soplaron los vientos… y cayó la casa y fue grande su ruina» (Mt 7,24-27).

Prestemos atención al hecho de que Jesucristo identifica la roca con escuchar su palabra y ponerla en práctica, es decir, guardarla como un tesoro; no desprenderse de ella a fin de que, poco a poco, sea la luz y fuerza de todas las opciones y pasos que el hombre decide a lo largo de su vida. Al mismo tiempo, identifica la arena con el hombre insensato que también escucha la palabra, pero esta no tiene nada que ver con su forma de vivir a la hora de optar o dirigir sus pasos.

El profeta Jeremías dedica todo el segundo capítulo de su libro para denunciar la infidelidad de Israel. Nos adentramos en el texto y vemos cómo Yavé se sirve de la boca del profeta para desahogarse porque la necedad del pueblo ha llegado a límites inconcebibles: «Pasmaos, cielos, de ello, erizaos y cobrad gran espanto –oráculo de Yavé–. Doble mal ha hecho mi pueblo; a mí me dejaron, manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas que no retienen el agua» (Jer 2,12-13).

«Cisternas agrietadas»: no sólo no retienen el agua, sino que terminan por romper la misma cisterna. Nos es fácil ver, al menos simbólicamente, las grietas del Templo de Jerusalén, de las que se lamenta el salmista: «Repara sus grietas, pues se tambalea». Son grietas que ya no pueden albergar la Presencia-Gloria de Yavé que llenaba el templo; de la misma forma que tampoco podían contener el manantial de aguas vivas, que así es como hemos visto que Jeremías definía a Yavé.

Jesús mismo, al denunciar el culto del Templo de Jerusalén, sin duda majestuoso y lleno de esplendor, pero vacío y solamente exterior, profetiza que no quedará de él piedra sobre piedra por más que, por su grandeza, sea el orgullo de Israel: «Como dijeran algunos, acerca del templo, que estaba adornado de bellas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: Esto que veis, llegarán días en que no quedará piedra sobre piedra que no sea derruida» (Lc 21,5-6). Sabemos bien que, efectivamente, así aconteció.

Cuando Pedro y Juan curan al paralítico, que estaba pidiendo limosna a la entrada del templo, provocaron un revuelo en las autoridades religiosas de Jerusalén. Los apóstoles, llenos de la fuerza del Espíritu Santo, les anunciaron cuál era la roca en la que todo hombre encuentra la salvación; roca que el pueblo elegido había rechazado: «Él (Jesús) es la piedra que vosotros, los constructores, habéis despreciado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (He 4,11).