Crucifijo

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Dice el Salmo 116, versículo 12:

¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?

Alzaré la copa de la salvación invocando su Nombre…

Por mucho que nosotros queramos, nunca podremos pagar al Señor todo el bien que nos hace. Hay muchos cristianos que consideran que la relación con Dios es un contrato, un convenio, casi como un trueque: …si consigo esto, te pongo una vela; o si me haces este milagro, te rezo no sé qué novena…

No están mal las devociones, siempre que nos lleven a Dios, y no nos aparten de la Verdad, que es Jesucristo y su Evangelio. Pero esa forma de proceder como si se tratara de un pacto, te doy si me das, o al revés, es pagano, no cristiano.

¿Por qué, pues, el salmista entona esta pregunta? El único que es capaz de pagar al Señor en condiciones de igualdad es Jesucristo Nuestro Señor, que intercediendo ante el Padre por nosotros nos libró de la muerte merecida por nuestros pecados y los clavó en la Cruz.

Sabemos que los Salmos se cumplen en Jesucristo y en todo el que busca a Dios. Y es el mismo Jesucristo el que se hace la pregunta ante el Padre. Y Él mismo se la contesta, alzando la copa de la salvación en Nombre de Dios.

Esta copa es la que ofreció a los hijos de Zebedeo, Santiago y Juan:

¿Soiscapaces de beber el cáliz que yo he de beber? (Mt 20,22). Es el episodio en que la madre de los discípulos pide a Jesús que sus hijos se sienten a ambos lados de él en su Reino.

Naturalmente que los discípulos contestaron que sí; hubieran contestado cualquier cosa con tal de tener poder. Contestaron sin saber lo que decían. Y Jesús profetiza sobre ellos: “…el cáliz lo beberéis, pero el puesto a mi derecha lo tiene reservado mi Padre…”. Es el cáliz de la Pasión, del martirio, que, efectivamente, luego les acompañó.

Jesucristo, en la Cruz, sí bebió el cáliz de la salvación “hasta las heces”, el vino drogado. Jesús dijo: “…tengo sed…” le dieron a beber una esponja con vinagre; era el vino drogado, que Jesús bebió “hasta las heces”. Este vino se lo daban los romanos a los crucificados, como una especie de droga que alargaba sus sufrimientos.

Pero Jesús tenía sed, no de agua, ni de vino, ni de droga o vinagre. Jesús tenía y tiene, sed de ti y de mí. Él ha venido por cada uno de nosotros y por todos. Y nos ha salvado de forma unipersonal a cada uno de nosotros.

Estamos en deuda con Él y lo estaremos siempre por nuestra condición humana. No podremos nunca pagar; pero es que Él ya pagó por nosotros. Por eso, acerquémonos a Él con amor. Amémosle porque Él nos amó primero como dice la carta de Juan (1 Jn 4,19).

Alabado sea Jesucristo.