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Perdón a la mujer adúltera (Rembrandt)

Reveladores de su rostro

El contenido catequético de Jesús en cuanto revelador del rostro y del misterio del Padre, ha sido tratado en un sinnúmero de libros, artículos, simposios, etc., a lo largo de la Historia. No obstante, es nuestra intención trascender el tema de “Jesús revelador de Dios Padre”, desde el punto de vista de investigación académica, y entrar en el campo de la experiencia que es donde emerge la fe como fuente de vida.

Situados en este espacio vital, iniciamos, por supuesto desde las Escrituras, nuestra andadura espiritual, nuestra búsqueda, con el fin de encontrar el Rostro del Padre en el Rostro de su Hijo, para no caer en el peligro de hacer afirmaciones apoyadas únicamente en corazonadas o en anhelos subjetivos.

Las primeras palabras de Jesús en las que fijamos nuestros ojos y oídos, son aquellas que proclama después de haber liberado a la mujer adúltera de las manos justicieras de unos hombres que ni siquiera eran conscientes de sus propios pecados. Después de decir a esta mujer, “vete y en adelante no peques más…”, se vuelve hacia ellos, que son víctimas de sus propios engaños y fanatismos, en estos términos: “Yo soy la luz del mundo; el que me siga no caminará en la oscuridad, sino que tendrá la luz de la vida” (Jn 8,12). Partamos con nuestras manos temblorosas, el temblor gozoso de quien se siente a gusto junto a Dios, estas palabras. Jesús, “resplandor de la gloria de Dios Padre” (Hb 1,3), hace partícipe de su Luz al mundo entero y, además, promete que las tinieblas se rendirán ante todos los hombres y mujeres que siguen sus pasos.

Grande, sublime es esta promesa del Señor Jesús a los suyos; nuestro asombro y perplejidad se agigantan al oír de la boca de su Maestro y Señor que, justamente porque participan de su resplandor, también ellos son “luz del mundo” (Mt 5,14). También, pues, los discípulos de Jesucristo, pastores según su corazón por su cercanía, son a causa de la llamada recibida y misión confiada, reveladores del Rostro de Dios Padre en favor del mundo entero.

De todas formas no adelantemos acontecimientos. Nos centramos, pues, en contemplar al Señor Jesús a fin de reconocerle como el revelador supremo del Rostro del Padre; por eso es el Pastor por excelencia según el corazón de Dios anunciado por los profetas (Jr 3,15). Ante su luz doblegó Pablo su cuerpo y su ser entero; fue tal la experiencia que le llamó “Imagen de Dios invisible” (Col 1,15). Juan Pablo II comenta exegéticamente esta magistral definición del apóstol en los siguientes términos: “La luz del rostro de Dios resplandece en toda su belleza en Jesucristo”.

Dicho esto, pasamos al binomio creer-ver, es decir, a su correspondencia. No es un binomio acuñado por ningún exegeta o estudioso de la Biblia, sino por el mismo Hijo de Dios. Él es quien proclama solemnemente que todo aquel que cree en Él, cree en el Padre, y que quien le ve a Él, ve al Padre: “Jesús gritó y dijo: El que cree en mí, no cree en mí, sino en aquel que me ha enviado; y el que me ve a mí, ve a aquel que me ha enviado” (Jn 12,44-45).

 

Lo que habéis contemplado

Jesús se presenta ante el mundo entero y ante cada hombre en particular como el revelador del Padre, como la luz que nos permite sondear su misterio; el oftalmólogo por excelencia que tiene poder para sanear las pupilas de “los ojos interiores del alma” (San Jerónimo), capacitándolos así para contemplar el Rostro.

No hace falta ningún milagro para que esto suceda; me refiero, claro está, a cómo entendemos a nivel popular el concepto de milagro en cuanto fenómeno esporádico que traspasa la naturaleza y vinculado a personas concretas, específicas, en situaciones y momentos específicos.

Sí es, sin embargo, el gran milagro de Dios, el de hacerse fiable e incluso visible por medio de la Palabra en su Hijo, a quien constituye como su Revelador; y por si fuera poco -y aquí ya el asombro nos desborda- también sus discípulos participan de esta misión del Hijo de ser reveladores del Rostro y del Misterio de Dios. En definitiva, todo aquel que con sus ojos interiores contempla en las entrañas de la Palabra de Dios su luz, la irradian; por eso son luz de Dios para el mundo. Porque son por participación irradiadores del Rostro de Dios al igual que el Hijo, participan también de la excelencia de su pastoreo: son pastores según su corazón. Lo son porque, al igual que Juan Bautista, han recibido y acogido con gratitud la misión de “iluminar a los que viven en tinieblas y en sombras de muerte” (Lc 1,79).

La Iglesia siempre tuvo conciencia clarísima de cuál era su misión en el mundo: darle a conocer lo que “habían visto, oído, palpado y contemplado acerca de la Palabra de la vida” (1Jn 1,1). Juan se refiere al anuncio de Jesús resucitado, a quien todos los cristianos encontraban cada día vivo en el Evangelio. Este tipo de anuncio y predicación no tenía como finalidad ganar adeptos o prosélitos; sus miras eran mucho, muchísimo más elevadas. Con las entrañas paterno-maternales con las que el Hijo de Dios les había enriquecido y formado en su pastoreo, iban con su Palabra-luz al encuentro de los hombres a fin de tejer con ellos una comunión desconocida, puesto que solamente es posible desde Dios. El fundamento de esta comunión no era otro que el participar con ellos del: oír, ver, palpar y contemplar a Dios en la Palabra de la vida. Es el mismo Juan quien nos lo dice: “Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos, para que también vosotros estéis en comunión con nosotros” (1Jn 1,3).

Recordemos la feliz intuición catequética de san Ireneo: “La vida del hombre es ver a Dios”. Ahora le vemos como en un espejo; más adelante le veremos cara a cara, como dice el apóstol Pablo (1Co 13,12). Para ello hemos de ir a la Palabra con tanta pobreza como amor, con la certeza interior de que si Dios no se nos abre en ella, no hay predicación de lo alto, la que realmente llega al interior del hombre. Es un ir a la Palabra “sin sabérsela”, de la misma forma que lo finito se sitúa hambriento y expectante ante el Infinito. Es un situarse ante Dios esperando que asome su Rostro para contemplarlo. Esto no son consideraciones poéticas ni veleidades literarias, es el eje fundamental de la predicación. Sin esta experiencia contemplativa de la Palabra, el predicador se ve abocado a hablar solamente de lo “mucho que sabe” o, peor aún, de sí mismo, de sus obras o de la institución eclesial de la que es miembro.

“Contemplar y predicar a los otros lo que habéis contemplado”, dice Santo Tomás en sus escritos. Si bien es cierto que los destinatarios eran en aquel tiempo sus hermanos los dominicos, su intuición catequética es patrimonio de la Iglesia entera, de todos los predicadores del Evangelio. Es toda una declaración que marca un estilo o, para ser más exactos, el único estilo posible que identifica a los pastores según Dios. Al no predicar desde ellos mismos sino desde la luz que irradia la Palabra bajo la cual han plantado su tienda, se convierten, tal y como les había prometido y profetizado su Señor y Maestro, en luces para el mundo entero.

Recojamos, ahora sí con calma, las palabras que a este respecto Jesús dirigió a sus discípulos, y que trazaron, al menos en parte, las líneas maestras de su misión, su pastoreo, su servicio a la humanidad: “Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en la cima de un monte… Brille así vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos” (Mt 5,14-16).

Brille así vuestra luz para que los hombres vean vuestras buenas obras, les dice Jesús. Si nos fijamos bien en el hablar y hacer de Jesús tal y como consta en el Evangelio, descubriremos que, dada la lógica dificultad que los israelitas tienen para reconocer su divinidad, apela a las obras que hace desde y en nombre de su Padre; es a través de ellas que pueden llegar a saber que, como Él mismo atestigua, “el Padre está en mí y yo en el Padre” (Jn 10,37-38).

Como muestra de lo que estamos afirmando, podemos recordar lo que dice Jesús cuando se dispone a curar al ciego de nacimiento citado por Juan. Recordemos que sus discípulos le preguntaron si la ceguera de este hombre era debida a sus pecados o bien a los de sus padres. La respuesta de Jesús es categórica: “Ni él pecó ni sus padres; es para que se manifiesten en él las obras de Dios” (Jn 9,3). Viendo esta obra, Israel podrá reconocer que Jesús es el Mesías, luz de las naciones, profetizado por Isaías (Is 46,49-6). Anunciado, pues, por los profetas y confirmado por Simeón cuando recién nacido lo tuvo en sus brazos: “… Mis ojos han visto tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel” (Lc 2,30-32).

Jesús, Luz del mundo entero, Revelador del rostro del Padre, envía a sus pastores como antorchas luminarias del misterio de Dios. De hecho vemos cómo pasa a Pablo lo que podríamos llamar el testigo de su misión, la de ser luz de las naciones; le envía a los gentiles con la urgencia evangélica de anunciarles lo que ha visto de Él y lo que continuará viendo, dado que seguirá manifestándosele a lo largo de su pastoreo: “Me he aparecido a ti para constituirte servidor y testigo tanto de las cosas que de mí has visto como de las que te manifestaré. Yo te libraré de tu pueblo y de los gentiles, a los cuales yo te envío, para que les abras los ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz” (Hch 26,16-18).

“Para que vean vuestras obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos”, había dicho Jesús a sus discípulos, aquellos que iban a continuar su pastoreo. Volviendo a Pablo, fijémonos en el impacto que tuvo en la primera cristiandad su encuentro con Jesucristo así como la aceptación de su llamada: “Personalmente no me conocían las Iglesias de Judea que están en Cristo. Solamente habían oído decir: El que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir. Y glorificaban a Dios a causa de mí” (Gá 1,22-24). He aquí a Pablo a quien vemos, por supuesto que al igual que a los demás apóstoles, como paradigma de los pastores según el corazón de Dios. Nos impresiona su respuesta ante la llamada recibida. Toda su vida fue una irradiación de la gloria, el amor, la salvación y el rostro de Aquel que ama al hombre con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas… Así son también sus pastores.