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“… Por los elegidos”

Dicen los exegetas que las dos cartas del apóstol Pablo a Timoteo son las más autobiográficas. De hecho es en ellas donde vemos al apóstol abrirse confidencialmente como si su corazón se desprendiese de todo secreto, a su gran e íntimo amigo Timoteo, a quien llama “verdadero hijo mío en la fe” (1Tm 1,2). A este apelativo tan cariñoso nosotros añadimos el de “compañero de fatigas apostólicas” por buena parte de Europa y Asia Menor. A todo esto no podemos dejar de lado el hecho de que Timoteo fue el ángel confortador previsto por Dios ante todas las desazones y pruebas vividas por Pablo como, por ejemplo, las sufridas durante su primera estancia en las cárceles de Roma.

A la luz de estos datos nos parece más que normal que Pablo se abriese entrañablemente a Timoteo y que compartiese con él lo que más les unía: su pasión por el Evangelio. Pasión que marcaba e incluso podríamos decir que medía la calidad de su entrega a Jesús, su Señor y Maestro. No hay duda de que la altura de un hombre se calibra por la grandeza y calidad de la fuerza pasional que le mueve. Pablo y Timoteo, amigos del alma que comparten la misma pasión, escalaron, por medio de ella, hasta lo más sublime del corazón-intimidad de Dios.

Sobre las riquezas y sublimidades de sus confidencias no vamos a explayarnos. Nos faltaría papel y tinta para abordar tantos misterios divinos acontecidos entre ellos. Sí vamos a sondear un aspecto de la misión que Pablo comparte con Timoteo y que se nos muestra nítidamente en su segunda carta. Hablamos de un aspecto que revela el corazón de pastor de Pablo, corazón marcado y moldeado por el sufrimiento; el que comporta el hecho de dar a luz tantos hijos en la fe.

Es en este sentido que, dirigiéndose a Timoteo como quien se vuelve a un hijo querido o a un amigo del alma, le exhorta así: “Soporta conmigo los sufrimientos por el Evangelio, ayudado por la fuerza de Dios” (2Tm 1,8). Soporta, sufre conmigo. No se está refiriendo a un soportar pasivo, como quien carga un peso terrible e inhumano y sin posibilidad de quitárselo de encima. Es un soportar que apunta a un compartir amorosamente el Evangelio que su Señor, en un gesto de confianza sin precedentes, ha puesto en sus corazones y en sus bocas.

Siguiendo con esta entrañable confidencia -soporta, comparte conmigo los sufrimientos por el Evangelio-, oímos al prisionero por Cristo (Ef 3,1) unir a su exhortación esta confesión de amor por su Señor y por las ovejas que le ha confiado, difícilmente superable en belleza, intensidad y altura. “Acuérdate de Jesucristo, resucitado de entre los muertos, descendiente de David, según mi Evangelio; por él estoy sufriendo hasta llevar cadenas como un malhechor; pero la Palabra de Dios no está encadenada. Por eso todo lo sufro por los elegidos” (2Tm 2,8-10).

Nos centramos en las últimas palabras, “todo lo sufro por los elegidos”, que tanta importancia tienen en el engranaje de la vida de Pablo en cuanto apóstol. Es como un adentrarnos, con su tácito permiso, en su intimidad, en su riqueza espiritual. Descubrimos así que, a través de su experiencia como anunciador del Evangelio y como pastor que se entrelazan inseparablemente, Pablo se asocia a Jesús, su Pastor; Aquel que antes que él y por amor a él soportó, tomó sobre sí la cruz sin miedo a la ignominia, como atestigua el autor de la carta a los Hebreos.

 

En comunión con Jesucristo

Ya he señalado que el término soportar en la espiritualidad del Nuevo Testamento, no tiene nada que ver con el fatalismo, pasividad, aguante de algo irremediable, sino que supone una actitud acogedora, un tomar sobre sí mismo una carga –como es la cruz- por decisión propia. Es en este sentido que el autor de la carta a los Hebreos nos presenta a Jesucristo en su decisión de tomar sobre sí mismo la cruz de nuestra salvación. La toma sobre sus espaldas ya que sólo Él pudo cargar con el mal del mundo sin ser aplastado por su poder destructor.

A la luz de todo esto leamos con asombro amoroso la cita de la carta a los Hebreos a la que hemos hecho alusión: “…Corramos con fortaleza la prueba que se nos propone, fijos los ojos en Jesús, el que inicia y consuma la fe, el cual, en lugar del gozo que se le proponía, soportó la cruz sin miedo a la ignominia” (Hb 12,1b-2a).

El Pastor de pastores carga sobre sí con la cruz en la que están grabados todos los males del mundo, por supuesto también los que salen de nuestras propias manos, y los sepulta victoriosamente. Juan nos describe esta victoria sobre el mal y su príncipe con la magistral sabiduría que le caracteriza: “La luz brilla en las tinieblas, y las tinieblas no la vencieron” (Jn 1,5).

La luz de Dios brilló sobre aquel crucificado que en el estertor de su agonía apenas alcanzó a balbucir “Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23,46). Jesús, luz del mundo (Jn 8,12), inclinó la cabeza, murió, y las sombras y tinieblas del sepulcro lo envolvieron con sus marañas mortíferas. Cuando éstas, orgullosas, proclamaban su primacía, el Hijo de Dios se elevó en todo su esplendor expandiendo por todo el mundo su victoria. Muchos fueron sus testimonios gloriosos ante los suyos; damos pie a éste que proclamó ante Juan: “Soy yo, el Primero y el Último; el que vive; estuve muerto, pero ahora estoy vivo por los siglos de los siglos, y tengo las llaves de la Muerte…” (Ap 1,17b-18).

Volvemos al prisionero por amor a Jesús y a su Evangelio y, por supuesto, también por amor a sus ovejas, a quienes llama, como hemos podido ver, los elegidos. Más adelante volveremos sobre qué significado tiene el término elegidos a la luz del Nuevo Testamento. Ahora nos apetece ver al apóstol en comunión con su Pastor, comunión en sus padecimientos, como lo hemos podido comprobar en la apreciación que nos ha ofrecido el autor de la carta a los Hebreos, para quien el verbo soportar tiene la connotación de “tomar sobre sí” no obligada sino voluntariamente. Sí que podríamos hablar en términos de obligación en el sentido de que no se pueden poner cadenas al impulso del amor que nace de lo alto. Le pasó al Hijo de Dios, le pasa a sus discípulos, y lo viven de forma especial sus pastores, los que Él mismo moldea con su Evangelio a imagen y semejanza de su propio corazón. Es cierto que no hay ninguna obligación, pero lo es más que este impulso es irresistible.

Veamos ahora a Pablo en comunión con Jesucristo con sus padecimientos. Comunión que es su gala y su orgullo como pastor. Se siente privilegiado de poder vivir esta experiencia; sabe perfectamente que no sería posible sin la fuerza de Dios. La ha recibido y la ha puesto, junto con su vida entera, al servicio de sus ovejas: “los elegidos”, por lo que se siente con autoridad para hacer esta confesión: “Juzgo que todo es pérdida ante la sublimidad del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor, por quien perdí todas las cosas, y las tengo por basura por ganar a Cristo… Y conocerle a él, y el poder de su resurrección y la comunión en sus padecimientos hasta hacerme semejante a él en su muerte” (Flp 3,8-10).

Por supuesto que el estar gozosamente en comunión con los padecimientos de Jesucristo no es una experiencia únicamente de Pablo. Leyendo las diferentes cartas de los apóstoles nos damos cuenta de que es algo normal en la primera cristiandad. Podemos acercarnos al testimonio de Pedro: “Queridos, no os extrañéis del fuego que ha prendido en medio de vosotros para probaros, como si os sucediera algo extraño, sino alegraos en la medida en que participáis en los sufrimientos de Cristo, para que también os alegréis alborozados en la revelación de su gloria” (1P 4,12-13).

 

Abrió sus espíritus

Testigos, partícipes, en comunión con los sufrimientos de Jesucristo; he ahí algunos de los sellos de identidad de la primera cristiandad. Sellos que las ovejas ven brillar en sus pastores, como lo hemos podido comprobar en Pablo y Pedro, aunque también podríamos detenernos en tantos otros nombrados en los Hechos de los Apóstoles.

Para todos los pastores según el corazón de Dios de la primera generación cristiana, así como todas las que se han sucedido y sucederán a lo largo de la Historia, Jesús no es simplemente el modelo en quien fijarse, pues esto no sería suficiente; es el Modelo y también el Moldeador de pastores. Es su forma de moldear lo que da a sus pastores una Fuerza y una Sabiduría que no son de este mundo sino del suyo, el del Padre; hablamos de la Fuerza y de la Sabiduría de Dios. El Pastor de pastores pronuncia a las puertas de su pasión palabras que en aquel momento ninguno de los suyos pudo entender: “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13). No hay la menor duda que le escucharon respetuosamente, pero era tal la depresión y tristeza que se había apoderado de ellos que no alcanzaron a comprender lo que estaban oyendo; de ahí su dispersión cuando se consumó la traición de Judas. Resucitado, los reunió nuevamente y “abrió sus espíritus” –las entrañas de sus almas- para que comprendieran las Escrituras (Lc 24,45).

Ahora sí, ya los puede enviar al encuentro de los hombres del mundo entero (Mt 28,18-20). Son por comunión con su Pastor y con sus padecimientos, mas también con su luz, pastores según su corazón. No hay la menor duda de que todos, los de entonces y los de hoy, pueden, por obra y gracia de Jesucristo, hacer suyo el testimonio de Pablo que nos ha dado pie para esta catequesis: “Por eso todo lo soporto por los elegidos, para que también ellos alcancen la salvación que está en Cristo Jesús con la gloria eterna” (2Tm 2,10).

No quiero terminar sin hacer, como ya anuncié, una pequeña aclaración acerca del término “elegidos” citado por Pablo. Es conveniente explicitar lo que Pablo y las Escrituras en general, entienden por la palabra elegidos; palabra que no tiene nada que ver con una posible predestinación o determinismo, ante lo cual no es posible para el hombre otra alternativa, lo que supone una anulación de su libertad.

Muy brevemente diré que no hay desarrollo de la elección sin la aceptación desde su propia libertad. La elección de Dios está siempre en consonancia con la llamada interior que emerge por sí misma de forma natural desde lo profundo del hombre, y que el salmista, inspirado por el Espíritu Santo, expresó de esta forma: “Dice de ti mi corazón: Busca su rostro…” (Sl 27,8).

Con esta afirmación nuestro autor está subrayando el grito de supervivencia, de ansias de inmortalidad, que emerge de nuestras entrañas y que no hay cómo acallarlo. Jesucristo es la respuesta de Dios Padre a estos nuestros anhelos que, repito, están ahí; no son un añadido, hacen parte de nuestro ser. En realidad Dios se sirve de estos gritos para llamarnos a Él, a la Vida. Es el Evangelio el gran Altavoz de Dios que hace que esta nuestra llamada interior encuentre en Él su eco. De ahí la urgencia de su anuncio, ya que donde éste se proclama, llamada interior y respuesta de Dios encuentran su unidad perfecta: ¡la elección ha acontecido!

No obstante, hemos de tener en cuenta lo que dice Jesús: Todos somos llamados, mas no todos elegidos (Mt 22,14). Ahí es donde entra en juego nuestra libertad con sus consiguientes opciones y decisiones. Allí donde se predica el Evangelio, la invitación de Dios resuena con fuerza en todos aquellos que lo acogen y, como decía san Ignacio de Antioquía, en Él se refugian.