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Entrañas maternas

Cuando los exegetas bíblicos intentan darnos a conocer en términos humanos la dimensión de la misericordia de Dios -tarea que parece inabordable dado que cualquier explicación sobrepasa ampliamente la realidad- no encuentran mayor aproximación que la de definirla como la riqueza que encierran las entrañas de una madre. Digo aproximación porque la Escritura puntualiza que incluso en el caso de que una madre se desnaturalizara tanto hasta el punto de abandonar al hijo de sus entrañas, este caso nunca se daría en Dios. Él es “incapaz” de olvidarse de los suyos. “…dice Jerusalén: Yahvé me ha abandonado, el Señor me ha olvidado. -¿Acaso olvida una mujer a su hijo de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido” (Is 49,14-15).

Entrañas de madre las de Dios, quien hace partícipes de su amor maternal a aquellos que llama a cuidar, proteger y apacentar sus ovejas que, de hecho, son más suyas que de sus pastores, como vemos en tantos textos de la Escritura como por ejemplo: “…así dice el Señor Yahvé: Aquí estoy yo; yo mismo cuidaré de mi rebaño y velaré por él. Como un pastor vela por su rebaño cuando se encuentra en medio de sus ovejas dispersas, así velaré yo por mis ovejas” (Ez 34,11-12a).

En este sentido, nos causa sorpresa sumamente agradable ver a un hombre-pastor, aparentemente rudo e incluso tosco por su impulsividad como el apóstol Pablo, hablar de su dedicación al ministerio que Jesús le ha confiado en términos que nos recuerdan la abnegación de las madres quienes, desafiando incluso la propia salud, se entregan a toda clase de sacrificios y privaciones por sus hijos; son capaces de pasar noches enteras en vela si alguno de ellos necesita su cuidado. Esta disposición, entrega y desgaste físico la reconocemos también en Pablo con respecto a sus ovejas en no pocos de sus escritos: “Por mi parte, muy gustosamente me gastaré y me desgastaré totalmente por vuestras almas” (2Co 12,15).

Muy gustosamente, especifica el apóstol. No le mueve ninguna obligación ni compromiso. Si fuera solamente por ello podría decirse a sí mismo que ya ha hecho bastante, de forma que a nivel de conciencia no tendría nada que reprocharse. Pero la cuestión es que le mueve el amor. Las entrañas maternales de las que Dios le revistió -prolongación de las suyas- le elevan por encima de todo desgaste físico que supone el pastoreo, la dedicación y la preocupación por las iglesias-comunidades (2Co 11,28). En definitiva, todo su ministerio apostólico le nace de dentro; Dios ha infundido en él la riqueza del amor que construye al otro, este amor que no se fabrica y que tampoco es resultado de la aplicación de una serie de principios éticos o píos.

Cuando Pablo dice que se desgastará muy gustosamente por el -o más bien- los rebaños que su Maestro y Pastor le ha confiado, en realidad más que ponerse una medalla, se sobrecoge ante el don que ha recibido. Gasta su vida por el anuncio del Evangelio porque Alguien ha creado algo nuevo en sus entrañas. Si anteriormente éstas estaban replegadas sobre sí mismas en un vano intento de retener y conservar haberes y haceres posesivos, ese Alguien, el que le llamó para el Evangelio de Dios (Rm 1,1), puso en ellas su sello maternal abriéndolas así al mundo entero. Del seno de sus entrañas fluía impetuoso el Evangelio de su Señor para cuyo anuncio fue llamado. No hay duda que cuando Jesucristo llama a alguien se salta todas las normas de prudencia y eficacia; ésta es una constante a lo largo de la historia de Dios con los hombres.

 

A tu prójimo como a ti mismo

Al referirnos a las entrañas maternales de Pablo, hablamos también -siguiendo el símil de la madre- del sufrimiento que implica dar a luz a hijos en la fe. El apóstol, al igual que todos los pastores que hacen del anuncio del Evangelio la prioritaria razón de ser de su llamada y, más aún, su única y gran pasión, tiene dibujado en las telas de su alma esta calidad de sufrimiento. De hecho sorpresivamente nos dirá que sufre dolores de parto. “¡Hijos míos!, por quienes sufro de nuevo dolores de parto, hasta ver a Cristo formado en vosotros…” (Gá 4,19). Padeció indeciblemente los dolores del alumbramiento al conducirlos hasta el bautismo, sufrimientos que persistieron hasta -como precisa textualmente- ver a Cristo Jesús, su Señor, formado en ellos.

Este deseo y anhelo de Pablo de ver formado a Jesucristo en sus ovejas nace –así nos lo parece- de la riqueza de su propia experiencia de comunión con su Maestro y Señor. Es tal su identificación con Él, que llega a confesar: “Ya no soy yo quien vivo sino que es Cristo quien vive en mí” (Gá 2,20).

Vemos aquí el sentido real y profundo de la respuesta que Jesucristo dio al escriba que le preguntó por el primero de los mandamientos. Le dijo: “Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”. Y añadió: “y a tu prójimo como a ti mismo” (Lc 10,26). He ahí el auténtico y verdadero amor de Pablo y de todo pastor según el corazón de Dios por sus ovejas. Éstos no dan alimento sin consistencia o consejos morales a las ovejas, sin preocuparse de su crecimiento en una sana espiritualidad de la Palabra: les dan la misma vida que rebosa del Evangelio y que, a su vez, ellos han recibido de manos de Jesucristo. Pablo nos lo testifica: “Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo” (Gá 1,11-12).

Al puntualizar Jesús al escriba que el mandamiento por excelencia revelado por Yahvé a Israel, se desdoblaba hacia el prójimo en la dimensión de “como a sí mismo”, estaba señalando un sello absolutamente indispensable que habría de marcar a sus pastores: anunciar a sus ovejas “lo que Él ha hecho por ellos” (Lc 8,39). Así, también ellas estarán en condición de ser beneficiarias del hacer salvífico del Señor Jesús.

Para evitar equívocos aclaro que no me estoy refiriendo a manifestaciones o experiencias sensacionalistas, que siempre llevan consigo el peligro de condicionar sicológicamente a las personas, sobre todo a aquellas que son más influenciables. Me estoy refiriendo al anuncio del Evangelio, que es siempre palabra eficaz para el hombre (Hb 4,12).

Este pastoreo hace que Jesús -al igual que vimos en Pablo- viva en las entrañas de las ovejas pastoreadas, realizando así en ellas el Magisterio que sólo a Él compete (Mt 23,8) y que lleva consigo el enseñarlas a comer por sí mismas partiendo la Palabra, por supuesto, siempre en comunión con sus pastores, con la Iglesia.

Cada vez que un pastor es testigo de que sus ovejas, una tras otra, son capaces de partir la Palabra y alimentarse de ella, puede decir sin jactancia, pero sí con un “magníficat” parecido al de María de Nazaret, que ha amado a sus ovejas como a sí mismo. He ahí el sentido profundo de la respuesta que Jesús dio al escriba. Les ha traspasado la mayor de las maravillas que Dios puede hacer a una persona: partir la Palabra para su propio sustento. Maravilla que está implícita en la oración que el mismo Jesucristo enseñó a sus discípulos: “Danos hoy nuestro pan de cada día” (Lc 11,3).

 

Testigos del Invisible

Por supuesto que en todo este proceso no hay nada de mecánico o programático. Nada de esto responde a una especie de ensayo de laboratorio por el que la relación causa-efecto está previamente proyectada. Estamos hablando de un proceso en el que intervienen los resortes más propios e íntimos del hombre, como son la libertad, el hambre de novedad –no hay mayor novedad que la acción de Dios-, la perseverancia y la escucha, la calidad de la acogida, mas también los miedos, los frenos causados por la debilidad, el temor y la desconfianza ante la sospecha de ser engañados…

Los pastores según el corazón de Dios conocen a fondo todos y cada uno de estos resortes. Los han vivido en su propia carne, en su gestación a la fe adulta. Apoyados en esta fe, están ahí velando por sus ovejas como lo está una madre ante sus hijos cuando más la necesitan. Al igual que Pablo y, por supuesto, al igual que Pedro, Juan, Santiago, Felipe, etc., todo pastor tiene, como don inherente a su ministerio, corazón de madre. Corazón solícito por sus ovejas; atentos hasta la extenuación a la obra que está haciendo en ellas por medio de su predicación y acompañamiento entrañable.

Hasta la extenuación, acabo de afirmar, y a más de uno o a muchos les parecerá una exageración. La verdad es que al expresarme así no estoy en absoluto pensando en una palabra-impacto; estaba y estoy pensando en Pablo, en su testimonio escrito cuando dice a los de Corinto que no le importa el desmoronamiento de su cuerpo en sus afanes por anunciar el Evangelio. Lo anuncia traspasando fronteras porque cree en él, aunque, a causa de este su celo apostólico, se vea entregado continuamente a la muerte; sabe muy bien que sus ovejas tendrán la vida en la medida en que él vaya muriendo. “Aunque vivimos, nos vemos continuamente entregados a la muerte por causa de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De modo que la muerte actúa en nosotros, mas en vosotros la vida” (2Co 4,11-12).

Lo más bello del testimonio de Pablo es que no va muriendo y desfalleciendo como esos santurrones que van echando en cara a todo el mundo sus privaciones heroicas –líbrenos Dios de estos “mártires”-. Nuestro apóstol proclama esta realidad como alguien que está venciendo a la muerte, incluso al progresivo desfallecimiento y deterioro de su cuerpo. Más aún, no cabe en sí de gozo al saberse reconstruido interiormente en la medida en que se gasta por sus ovejas. El testimonio que, de su puño y letra, vamos a transcribir, forma parte sin duda de la antología de lo que es un pastor de nuestro Señor Jesucristo según su amor: “Por eso no desfallecemos. Aun cuando nuestro hombre exterior se va desmoronando, el hombre interior se va renovando de día en día. …a cuantos no ponemos nuestros ojos en las cosas visibles, sino en las invisibles; pues las cosas visibles son pasajeras, mas la invisibles son eternas” (2Co 4,16-18).

Es innegable que nos faltan adjetivos para describir la envidiable libertad interior y exterior del apóstol y, con él, la de tantos y tantos pastores que han vivido y viven su ministerio a la luz del binomio Evangelio-ovejas. Envidiable, sin duda, la libertad de Pablo. Se le ha etiquetado con la marca de misógino, cuando casi improvisamente da un giro copernicano en su pastoreo que nos deja sin habla: no le importa proclamar que sus entrañas son de mujer-madre; que sufre dolores de parto por la multitud de hombres y mujeres que Jesús le ha confiado.

La libertad de este hombre alcanza su culmen cuando llega a decirnos que su perder la vida, su desgastarse por sus ovejas, no lo considera una carga que no se puede quitar de encima, sino un regalo, una gracia de Dios. Es más, se asombra de haber recibido la llamada al pastoreo, siendo como es no ya el menor de los apóstoles, sino el menos indicado de todos los discípulos del Señor. Conoce su debilidad, mas no se hace una víctima a causa de ella. Por el contrario, sin perderla de vista, se eleva sobre ella para poder anunciar el Evangelio, y esto sabiendo que es el menor de todos los santos, así es como eran llamados los cristianos: “A mí, el menor de todos los santos, me fue concedida esta gracia: la de anunciar a los gentiles la inescrutable riqueza de Cristo” (Ef 3,8). Una nota aclaratoria: Donde hemos puesto inescrutable, la traducción original transcribe: “imposible de rastrear”.