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Cautivados por el Fuego

En este capítulo intentaremos delinear uno de los rasgos que definen con más clarividencia a los pastores que, con su ministerio evangélico, iluminan al mundo. Pastores que han sido, primero llamados, después seducidos y envueltos, más aún, apresados por el fuego de Dios. Prisioneros de su Fuego con el que quedaron connaturalizados, lo que les permitió reconocerlo como el hábitat que Dios preparó para su alma. Pastores que personifican al Hombre Nuevo creado según Dios, como nos dice el apóstol Pablo (Ef 4,24).

Tengo la casi certeza de que la mayoría de los que están leyendo estas líneas están pensando en las más altas cumbres de la mística, ésa que, según una forma errónea de entender la espiritualidad, está reservada a unos pocos elegidos; aquellos que, desatándose de todo lazo mundano, se perdieron entre montañas escarpadas para abrazarse a la más estricta soledad.

Por supuesto que habitar con el fuego devorador de Dios en la línea en que nos da a conocer la Escritura -por ejemplo, Is 33,14b- supone haber descubierto el alma mística que todos poseemos. Puesto que todos la tenemos, no es, pues, necesario retirarse, ni apartarse, ni esconderse en una cueva para poder alcanzar la intimidad con Dios. De hecho, los profundísimos e íntimos encuentros de hombres y mujeres con Dios que nos narran las Escrituras están marcados por el sello de la normalidad. Son encuentros que rezuman sencillez, simplicidad, y en los que se pone de relieve que el fuego de Dios, su llamada y misión forman un todo indisoluble, como podremos ver a continuación.

Abordamos en primer lugar la llamada-misión de Moisés, el pastor de Israel que mejor refleja al Buen Pastor por excelencia, Jesucristo. Nos dice el autor del libro del Éxodo que un día, pastoreando las ovejas de Jetró, su suegro, vio en el monte Horeb una zarza envuelta en llamas (Éx 3,1 ss). Al principio no le llamó mucho la atención al ser algo relativamente normal en esos parajes tan cálidos. Sin embargo, algo mueve su curiosidad, y es que las llamas persisten, no sólo no se extinguen sino que son cada vez más consistentes; pasa de la curiosidad al asombro al constatar que, a pesar de la intensidad de las llamas, la zarza permanece como intacta. Ante este fenómeno inusual, pasa del asombro a la acción, -todo camino de fe conlleva esta andadura- decide acercarse para saber el por qué la zarza no se extingue: “Dijo, pues, Moisés: Voy a acercarme para ver este extraño caso: por qué no se consume la zarza” (Éx 3,3).

Al aproximarse a la zarza, oye una voz desde el fuego que pronuncia su nombre. Moisés no sabe cómo ni de qué manera sus pasos le han conducido junto a Dios; sin embargo es consciente de que está ante Él, de ahí su respuesta: “¡Heme aquí!” Vivencia muy parecida a la que siglos más tarde experimentará Jeremías: “¡Me has seducido, Yahvé, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido!” (Jr 20,7). Más adelante volveremos sobre esta experiencia del profeta, íntimo de Dios como pocos.

Volvemos a Moisés. Parece como hechizado por el fuego de Dios. Sus pasos son bien nítidos: van de la curiosidad al asombro, del asombro a la decisión de acercarse, y es en este su aproximarse cuando la proclamación de su nombre atraviesa su alma. Moisés queda como envuelto por el fuego de la zarza, el pastor de ovejas pasa a ser pastor de Israel hacia la tierra prometida. Ésta es la riqueza existencial que pudo vislumbrar en una fracción de segundo al tiempo que descubrió, en el fuego-palabra que pronunció su nombre y lo llamó, la misión que se convertiría en la razón de su existencia. De ahí su ¡heme aquí, aquí estoy! A continuación el autor del libro del Éxodo desarrolla la misión que Dios le confía. Preciosa, sí, pero al principio -en el principio, como diría Juan (Jn 1,1)- el Fuego, la Palabra…

 

Seducidos por el Fuego

Heme aquí, aquí estoy, envíame, dice Isaías al oír la voz de Yahvé que clamaba: “¿A quién enviaré?” (Is 6,8). El heme aquí del profeta está recogido en un marco parecido al de Moisés. Si éste contempló la zarza ardiente sin consumirse, Isaías es testigo con sus propios ojos de la Gloria de Dios, que en la espiritualidad bíblica se identifica con su Fuego. Isaías queda paralizado por el miedo: entonces el Fuego se llega hasta él, hasta su boca (Is 6,7). Acto seguido recibe la misión profética, a la que responde ¡heme aquí!, como ya hemos visto. El paralelismo de la llamada de Isaías con la de Moisés no hay que rebuscarlo. El Espíritu Santo, que movió la pluma de los autores bíblicos, los ha hecho transparentes.

Entramos ahora en una faceta que podría causar extrañeza e incluso reservas bastante serias. Me refiero al hecho de que todo aquel que se acerca al Fuego termina siendo cautivado por Él, así es como hemos titulado este capítulo. Es cierto que esto nos puede poner un poco a la defensiva, ya que suena algo parecido a sumisión, e incluso prisión, estilo de vivir fanático que tienen su caldo de cultivo en las sectas de todo tipo.

Abordamos el espinoso asunto, éste de llegar a ser rehenes del Fuego desde la experiencia de Jeremías, profeta del que ya anuncié que volveríamos a citar. Sondeemos su llamada y también sus reticencias, la exposición de sus dificultades -más bien impotencias- para aceptarla. Dios diluye todos sus razonamientos con una promesa acompañada de un hacer que dejan a Jeremías sin objeciones. Dios parte de una promesa: “¡No temas, que yo estoy contigo!”, que acompaña con un hacer: “Mira que pongo mis palabras en tu boca” (Jr 1,8-9).

El profeta es consciente de lo que ha recibido. De hecho llega a conocer el gusto, el saborear la Palabra de Dios. La confesión de este sabor que le llenaba las entrañas es toda una antología de la espiritualidad de la Palabra. No estudia las palabras de Dios, las devora -siguiendo su propia confesión- porque colman su corazón, todo su ser, de gozo y alegría indescriptible: “Encontraba tus palabras, y yo las devoraba; eran tus palabras para mí un gozo y alegría de mi corazón, porque se me llamaba por tu Nombre, Señor y Dios mío” (Jr 15,16).

Hasta ahí bien, incluso demasiado bien, hasta que su pueblo le sumerge en un baño de realidad. El profeta está aturdido, se queda atónito al comprobar que su anuncio profético -que suponía habría de ser acogido con gozo y alegría y, por supuesto, con gratitud por su pueblo- provoca el más brutal de los rechazos. El gozo de su predicación se ve desfigurado ante el oprobio que ésta le provoca. Nos lo cuenta desgarradoramente: “La palabra de Yahvé ha sido para mí oprobio y mofa cotidiana” (Jr 20,8b). Nuestro buen amigo está sumido en el más cruel de los desconciertos. Su propia gente, el Israel que se enorgullece de ser el pueblo del oído, el único en toda la tierra a quien Dios se ha dirigido personalmente con su Palabra (Dt 4,35-37), ha pasado a ser su más acérrimo enemigo; la razón de esta enemistad y persecución es solamente una: las palabras que Dios ha puesto en su boca.

Jeremías se desmorona, está al límite de sus fuerzas; es tal el estado de su abatimiento y hasta depresión que llega incluso a decir: ¡se acabó! “No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre”. (Jr 20.9a). Lo dijo, pero no pudo hacerlo. Las palabras que Dios había puesto en su boca y que, con el tiempo, aprendió a saborear, se habían hecho Fuego en su interior: “Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido a mis huesos, y aunque yo trabajaba por ahogarlo, no podía” (Jr 20,9b).

 

Las cadenas no los sometieron

Jeremías es prisionero, cautivo, del Fuego que había prendido en sus entrañas a causa de la Palabra. Por supuesto que, si se empeñase en ello, podría volver a vivir su vida como se le antojara, ajeno a la misión recibida. Podría, pero dejaría de ser ese “algo de Dios” que todo hombre que acoge la Palabra alberga en su alma. Puede, pues, pero no quiere. Tiene la sabiduría suficiente para abrazarse, con toda la pasión que le impulsa, al fuego que, como dirá siglos más tarde san Juan, “le hace semejante a Dios” (1Jn 3,2b). Además, si se arranca el Fuego de Dios que hace ya parte de su alma, ¿adónde iría con su vida? También aquí se adelantó a los apóstoles, en este caso a Pedro cuando, presentada la ocasión de volverse atrás en el seguimiento de Jesús como acababan de hacer muchos de sus discípulos (Jn 6,66), “no le quedó” más remedio que confesar: “Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna…” (Jn 6,68).

Prisionero Jeremías, prisioneros Pedro y los apóstoles. Prisioneros también todos aquellos que dejan que en sus entrañas habite el Fuego de Dios. Prisioneros del Fuego, de Dios, y sorprendentemente… libres; sí, grandiosamente libres para amar hasta la muerte a sus ovejas, aquellas a las que, por obra y gracia de Dios, hacen partícipes de la Vida que Él les ha concedido gratuitamente. Son discípulos y son pastores, no tienen vuelta atrás. Es como si hubiesen dejado a sus espaldas las limitaciones de la muerte e introducidos en el Sabor de la Vida. En este caso, extinguir el Fuego supondría deshacer el ser, la razón de su vivir, y nadie en su sano juicio atenta contra sí mismo. Son prisioneros, son amantes, son pastores, son libres para ir a cualquier parte del mundo en busca de las ovejas que Dios les ha confiado. Son pastores según el corazón de Dios, los pastores que necesitan los hombres de todos los tiempos, nada les paraliza.

En la misma línea de Jeremías, quien no podía extinguir el Fuego que se había hecho alma de su alma, situamos la respuesta que Pedro y Juan dieron al Sanedrín que pretendía impedirles predicar el Evangelio de Jesús: “No podemos dejar de hablar de lo que hemos visto y oído” (Hch 4,20).

No se trata de cabezonerías y menos aún de fanatismos. Es un “no podemos” que nos recuerda a Jeremías. De hecho proclaman a los ancianos del Sanedrín que no están dispuestos a renunciar a ser lo que son: hombres nuevos a causa de Jesucristo. Han visto, han oído y… son. Pretender que dejen de lado lo que han visto y oído, pretender que sus labios sean sellados, es pretender que se desentiendan del nuevo ser que han recibido del Resucitado (1P 1,3-4).

No es, pues, cabezonería ni fanatismo, sino instinto de supervivencia; así entienden su ser pastores. No hay duda que el Fuego de Dios que habían recibido en Pentecostés (Hch 2,3) les hizo cautivos del Evangelio de la gracia con el que rompían las cadenas de los hombres, de todos los hombres; a todos los reconocían como hermanos suyos.

No podemos concluir este capítulo sin mencionar a Pablo, quien, liberado por Jesucristo de la ley del pecado y de la muerte (Rm 8,2), se enorgullece de reconocerse prisionero del Espíritu Santo (Hch 20,22). Él le conducirá allí donde el Señor Jesús desea que predique su Evangelio, “el que irradia vida e inmortalidad” (2Tm 2,10).