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Sacrificio de Isaac (Laurent de La Hyre)

Caminando juntos

Uno de los métodos aceptados por la Iglesia en su servicio de interpretación de las Escrituras y usado con frecuencia por los exegetas es el llamado método alegórico, que es válido siempre que el núcleo catequético contenido en los textos bíblicos no sea desvirtuado. Teniendo en cuenta esto, vamos a servirnos de la alegoría para presentar toda una serie de rasgos comunes que encontramos en el ofrecimiento que hace Abrahám de Isaac y el del Padre que ofrece, entrega, a su Hijo al mundo. El telón de fondo que se adivina en las figuras Abrahám-Isaac, se abre en toda su plenitud en Dios y su Hijo. Telón que tiene un nombre: la salvación de la humanidad.

Viajamos en el tiempo, y nos encontramos con Abrahám que camina con su hijo hacia el monte, señalado por Yahvé, en el que va a ser ofrecido en holocausto (Gé 22,1…). Nos imaginamos a los dos unidos estrechamente como si ambos compartiesen corazón y voluntad. Padre e hijo saben lo que están haciendo, sobran explicaciones. A Isaac le es suficiente la experiencia que tiene de su padre y que se resume en dos palabras: amor y gratitud. Quizá este caminar lado a lado fue lo que siglos más tarde inspiró al salmista esta bellísima plegaria que, por supuesto, alcanza su plenitud en el Mesías: “Aunque camine por valle de tinieblas, ningún mal temeré, porque tú vas conmigo” (Sl 23,4).

Intuía que la muerte no iba a tener la última palabra, intuición que se ve reforzada cuando su padre dice a los sirvientes que le acompañaban: “Quedaos aquí con el asno. Yo y el muchacho iremos hasta allí, haremos adoración y volveremos donde vosotros”. “Volveré a veros y se alegrará vuestro corazón” -dijo Jesús a sus discípulos cuando su muerte había sido decidida (Jn 16,22). Ya con anterioridad les había comunicado que aun cuando sería entregado a la muerte, se levantaría sobre ella, resucitaría: “Comenzó Jesús a manifestar a sus discípulos que él debía ir a Jerusalén y sufrir mucho de parte de los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, y ser matado y resucitar al tercer día (Mt 16,21). Al tercer día, acabamos de escuchar…“ al tercer día levantó Abrahám los ojos y vio el lugar -del sacrificio- a lo lejos…”

Sondeamos ahora uno de los aspectos catequéticos más profundos y entrañables que nos ofrece el diálogo que cruzan Abrahám y su hijo en su camino hacia el monte donde se va a realizar el sacrificio. Nos dice el autor que ambos, padre e hijo, “caminaban juntos”. La piedra-altar donde Isaac -que carga sobre sus espaldas la leña- va a ofrecer su vida, está ya a la vista; es entonces cuando su voz se eleva majestuosamente por encima del desenlace trágico que parece inminente: ¡Padre!

¿Qué movimiento del alma, qué estremecimiento sacudió violentamente las entrañas de Abrahám al oírse llamar por su hijo? Nos lo imaginamos; sólo eso. De la misma forma que sólo nos es posible imaginar el estremecimiento del corazón del Padre al ver al Hijo caminar con la cruz hacia el Calvario. ¿Dónde está el cordero para el holocausto? -pregunta Isaac a su padre-. ¡Dios proveerá! -responde éste-. “Y siguieron caminando los dos juntos”. Por dos veces en este mismo pasaje, repleto de fe, amor, confianza, dolor, angustia, aflicción, nos dice el autor del Génesis que caminaban juntos.

 

Mi Padre está conmigo

A la luz de la experiencia de Abrahám e Isaac, acercamos nuestra alma al testimonio de Jesús quien, sobreponiéndose al cúmulo de humillaciones, desprecios y burlas que ya se ciernen sobre Él y que alcanzarán su punto culminante en su muerte de cruz como si fuera un maldito (Gá 3,13), proclama con serena majestad: “El que me ha enviado está conmigo: no me ha dejado solo, porque yo hago siempre lo que le agrada a él” (Jn 8,29). No es simplemente estar juntos como Abrahám e Isaac. La experiencia-realidad de Jesús alcanza la plenitud de la comunión con el que le envía. Oigamos lo que dice a sus discípulos: “Creedme: yo estoy en el Padre y el Padre está en mí” (Jn 14,11).

Jesús sabe que está llevando a su pleno cumplimiento toda la Escritura (Mt 5,17); por lo tanto, también la figura de Isaac en todas sus dimensiones: su relación con su padre, su caminar juntos a lo largo de la misión confiada, la prodigiosa intervención de la Voz de lo alto mostrando a Abrahám un cordero para el sacrificio. Jesús no espera ningún cordero que le sustituya en la cruz; sabe que ¡Él es el Cordero que carga con el pecado del mundo! (Jn1,29).

Sin embargo, el “¡Dios proveerá!” que Abrahám anunció a su hijo Isaac, resuena en Él con toda la fuerza y convicción que emanan del amor y la confianza que tiene en su Padre. Sólo así se entiende el enlace que hace con el anciano patriarca ante los judíos que se resistían a creer en Él: “Vuestro padre Abrahám se regocijó pensando en ver mi Día; lo vio y se alegró” (Jn 8,56).

El gozo de Abrahám viendo a lo lejos la resurrección del Hijo de Dios, de esto es de lo que está hablando Jesús. Su Día no es otro que el día de Yahvé por excelencia, día en el que realizó la obra que está por encima de todas las obras, la maravilla de las maravillas. Tal y como nos anuncian los santos Padres de la Iglesia: el Día de la resurrección del Señor. Día que absorbe, hasta anularla por completo, “la hora del poder de las tinieblas” (Lc 22,53).

Es el día Santo y Glorioso en el que Dios Padre levantó a su Hijo del sepulcro, abriendo así la vida eterna a toda la humanidad; el día en que sus discípulos -los de entonces y los de todos los tiempos- han venido a saber que era verdad que el Padre “dio al Hijo tener vida en sí mismo” (Jn 5,26). Es el Día de los días, en el que podríamos decir que Dios se esmeró hasta el extremo en su amor por el hombre. Día, en fin, anunciado y profetizado por el salmista con toda clase de epítetos que rivalizan en esplendor. “…Ésta ha sido la obra de Yahvé, una maravilla a nuestros ojos. ¡Este es el día que Yhavé ha hecho, exultemos y gocémonos en él! ¡Yahvé nos da la salvación! ¡Yahvé nos da la victoria!…” (Sl 118,23-25).

La muerte ha sido absorbida por la victoria -cantaban los primeros cristianos en sus liturgias al celebrar la resurrección del Señor. La hora del príncipe de este mundo ha sido absorbida por el Día de Yahvé, convertido ahora en el Día de su Hijo, aquel que Abrahám vio a lo lejos con los ojos de su alma provocando su exultación.

Jesús, el Pastor por excelencia, da su vida por sus ovejas sin separarse de su Padre. Al igual que Abrahám con Isaac, ambos caminaron juntos a lo largo de la misión. Lo que ahora nos llena de sorpresa y colma de gozo es ver que el Hijo de Dios pasa el paralelismo que ha vivido con el Padre respecto a Abrahám e Isaac, a sus discípulos, aquellos que han de pastorear el mundo entero con su Evangelio, al que Pablo llama “fuerza de Dios para la salvación de todo el que cree” (Rm 1,16).

No les envía a anunciar el Evangelio por su cuenta y riesgo, menos aún como obra suya y personal. No, Él está con ellos en su misión, nunca les dejará solos, como el Padre nunca le dejó a Él. Así se lo hace saber cuando les envía por el mundo entero. “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 19-20). El yo estaré con vosotros no es sólo una garantía de seguridad, sino -y por encima de todo- garantía de que serán pastores según su corazón.

 

A vuestro lado estoy

Id, yo os envío, al tiempo que estoy con vosotros. Seré un solo corazón con el de cada uno de mis pastores, a lo largo de los siglos. Nada de lo que les suceda me será extraño, eso es lo que yo viví en mi propia carne. Si yo pude llevar a cabo mi misión fue porque mi Padre no se separó de mí ni yo de Él. Mis pastores tampoco estarán solos: yo estaré con ellos, no les abandonaré al poder de “la hora de las tinieblas”. Participarán de mi Día, el que vio Abrahám a lo lejos, el que creó mi Padre cuando invadió con su luz las estrechas y gélidas paredes del sepulcro. ¡No temáis, pastores míos, yo estoy con vosotros! Vuestra vida es sumamente preciosa a mis ojos, al igual que la mía lo fue a los ojos de mi Padre (Sl 72,14).

El Hijo de Dios está con -de parte de- los suyos, de sus discípulos-pastores, por el hecho de que comparten con Él causa y misión. Él y sus pastores, a los que envía por todo el mundo con el Evangelio de la gracia (Hch 20,24), son un solo corazón; en su interior arde un mismo fuego: el firme y decidido deseo de que “todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1Tm 2,4).

Es por ello que los pastores -así sellados por el Amor de Dios- no tienen patria fija, ni moldes, ni sistema que les aten o coarten. Han nacido del espíritu, cuyo soplo nadie puede controlar (Jn 3,8). Justamente porque ellos mismos son los primeros que han renunciado a controlar el soplo de Dios -al contrario de los “sabios e inteligentes” (Mt 11,25)-, se dejan moldear y amar por su Pastor a imagen suya. Conocen la libertad de tener bastante con Dios, de ahí que su patria sea hoy una y mañana otra. Comparten con sus ovejas el Evangelio que han recibido, por eso son maestros en saber estar con los hombres.

Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo -les había dicho el Señor resucitado. Estos hombres, tan débiles para creer y sostenerse ante su muerte, recibieron la fuerza de estas palabras-promesas. Acogieron y creyeron. A partir de entonces fueron con el tesoro del Evangelio, que gratuitamente acababan de recibir, al encuentro de sus hermanos. Les esperaba un pueblo hostil. Bien pronto se acostumbraron al hecho de que el mundo entero es hostil al Evangelio. Mientras dios no sea más que un becerro de oro que el hombre pueda llevar a su antojo (Éx 32,1 ss.), nunca habrá problema ni hostilidad. Pero si es el Dios del Evangelio, el que da la Vida, descolocando por completo la minúscula vida levantada con tanto esfuerzo y dedicación, entonces sí, acontece el rechazo.

Bien sabían esto los apóstoles, los primeros pastores de Jesús. También ellos habían pasado por el seguimiento a Jesús sin renunciar al control de su pequeña vida, lo que les llevó al abandono en la noche del Huerto de los Olivos. Noche en que unas traiciones se sucedieron a otras. Ahora, enviados por el Resucitado y con la garantía de estar junto a Él, llenaron toda Jerusalén de su Evangelio, como bien les dijeron en forma acusatoria los acianos del Sanedrín (Hch 5,27-28).

No se arredraron; les quemaba demasiado el Evangelio de Jesús como para colocarlo como reliquia en un documento fundacional o en un museo. Continuaron, pues, dando testimonio público del Señor Jesús y su Evangelio, por lo que la persecución se hizo cada vez más apremiante. Así hasta que uno de los doctores de la ley -Gamaliel- llamó la atención de todo el Sanedrín con esta advertencia: ¡Cuidado con lo que estamos haciendo! Si la obra que estos hombres están llevando a cabo es de Dios, “no conseguiréis destruirles. A ver si es que os encontráis luchando contra Dios” (Hch 5,39).

Parece como si les estuviera recordando el drama de los ejércitos de Egipto que, al salir en persecución de Israel, se vieron arrollados por las aguas del mar Rojo. Ante la furia de las aguas gritaron aterrados: “Huyamos ante Israel, porque Yahvé pelea por ellos” (Éx 14,25). ¡Cuidado! -les dice Gamaliel- porque algo me dice que Dios está con ellos. Acertó. Por supuesto que estos sabios del Sanedrín, tan inteligentes ellos, no le hicieron mayor caso. Por su parte, los apóstoles vieron cumplidas las palabras de Jesús: Yo estaré con vosotros, caminaremos juntos.