Alfa y Omega

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

Una vez más escuchamos el grito de dolor de un fiel israelita, a quien vemos invadido por la tristeza, por el hecho de encontrarse, junto con su pueblo, sufriendo la calamidad del destierro. Llama la atención que, teniendo en cuenta que Israel está desterrado en Babilonia, es decir, relativamente cerca de Palestina, nuestro hombre se lamente de sentirse tan lejos de Jerusalén como si estuviera «en los confines de la tierra»: «Oh Dios, escucha mi grito, atiende a mi súplica! Desde los confines de la tierra te invoco, con el corazón abatido».

Es tal el deseo que tiene de volver a ver Jerusalén y contemplar la gloria de Dios en su templo santo, que le ruega suplicante que sea Él mismo quien le conduzca de vuelta, a la vez que formula un anhelo: habitar por siempre en su tienda: «¡Elévame sobre la roca! ¿Condúceme! Porque tú eres mi refugio, mi bastión ante el enemigo».

Nos asomamos a un misterio impresionante. El misterio de que Dios no sólo escucha la oración sincera del ser humano, sea este quien sea, sino que sobrepasa inmensamente y por encima de toda expectativa, el deseo que nuestro hombre orante ha expuesto a Dios con amor y humildad.

Hemos visto en el salmo cómo este fiel ha considerado que su mayor alegría sería la de llegar a habitar por siempre en su tienda. Pues bien, Dios le responde y, en él, a todo ser orante, que es Él quien desea ser «huésped de la tienda del hombre». Así lo vamos a ver a través del evangelio de Jesucristo, el cual es la respuesta de Dios a los anhelos más profundos del ser humano.

Vamos al evangelio de san Juan y escuchamos al Hijo de Dios que nos dice lo siguiente: «Si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él y haremos morada en él» (Jn 14,23). Es el mismo Jesucristo el que nos dice que, todo aquel que guarda su Palabra, o sea, su Evangelio, tiene a Dios como huésped. Esta es la garantía de que realmente un hombre ama a Dios, tal y como Él mismo nos advierte. Es un guardar la Palabra a fin de que Él, en persona, provoque, con su presencia, la fuerza para amar a los hermanos, que son todos los hombres.

Es un amor que no nace de nuestros compromisos o propósitos, ya que estos son tan caducos como frágiles. Este amor nace de Dios, a quien tenemos como huésped. Él nos da la vida para poder servir a nuestros hermanos con misericordia, es decir, mucho más allá de que estos nos agradezcan o se muestren ingratos. De hecho, cuando no tenemos la fuerza de Dios dentro de nosotros, la ingratitud de los hermanos a quienes servimos se convierte en la tumba de nuestros propósitos, de nuestros deseos de hacer el bien. Esto acontece porque el agradecimiento es la moneda que esperamos de los hombres. Esperamos de ellos su paga por nuestros desvelos. El hombre de fe que, como tal, es portador de Dios, lo tiene como huésped, sabe que es Dios quien le paga «cada día», que no espera a mañana. Escuchemos a Jesús: «El reino de los cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a contratar obreros para su viña. Habiéndose ajustado con los obreros en un denario al día, los envió a su viña… Al atardecer, dice el dueño de la viña a su administrador: Llama a los obreros y págales el jornal, empezando por los últimos hasta los primeros» (Mt 20,1-8).

Si volvemos al texto anteriormente citado de san Juan, dejamos hablar a Jesús y oímos que, a continuación, dice: «El que no me ama no guarda mis palabras. Y la Palabra que escucháis no es mía, sino del Padre que me ha enviado» (Jn 14,24). Jesús afirma: «El que no guarda mis palabras» –refiriéndose al hombre para el cual no es importante que Dios sea o no su huésped– «no me ama». Retrata a aquellos que pretenden, incluso creen, que son discípulos suyos, pero sin contar con Él. Actúan por su cuenta, apoyándose en sus buenas intenciones o consideraciones piadosas y no en el Dios que les habla.

Dios quiere ser huésped del hombre, vivir con él y, así, actuar desde él para que la luz de la misericordia se haga visible en su entorno. Dios quiere ser huésped y, a este respecto, no hace distinción de personas. Sobre todo, no mira la situación moral de quien acude a Él en actitud de amorosa y obediente escucha. Su amor y su fuerza son infinitamente mayores que todos los pecados que un hombre pueda albergar.

Para confirmar esta buena noticia, señalamos el encuentro de Jesús con Zaqueo. Este hombre era jefe de publicanos. Sabemos que estos, al recaudar los impuestos, extorsionaban al pueblo; pues todo lo que sacaban de más de lo estipulado por Roma, era para ellos. Es fácil imaginar los abusos y barbaridades que podían hacer para enriquecerse. Sin embargo, al pasar Jesús por Jericó, hizo todo lo posible para verle, incluso subirse a un árbol. Jesús, mirándole con amor, le dijo: Zaqueo, baja que quiero hospedarme en tu casa; por supuesto que el escándalo de los «cumplidores» fue mayúsculo (Lc 19,1-10).