El Buen Pastor (Murillo)

El Buen Pastor (Murillo)

“El Señor es mi Pastor, nada me falta
En verdes praderas me hace recostar
Me conduce hacia fuentes tranquilas y repara mis fuerzas
Me guía por el sendero justo
Por el honor de su Nombre…”

En este bellísimo Salmo, está hablando la oveja (el discípulo). Sucede que la oveja es consciente de que tiene un Pastor. Dicen los pastores que las ovejas están de tal manera “identificadas” con su pastor, que si éste desaparece o muere, la oveja anda perdida, deambulando, sin sentido, hasta que al fin muere también, de tristeza, si es que este sentimiento se puede considerar así en los animales.

Pero aquí la oveja se reviste de discípulo: sabe que nada le falta si tiene al Señor como Pastor; tiene alimento en las “verdes praderas” del Evangelio, en palabras de san Agustín; y tiene aguas cristalinas para recibir esa Agua Viva que salta a la Vida Eterna. “…el que beba del Agua que yo le daré no tendrá más sed…” (Jn 4,14)

Por el camino de la vida habré de caminar, con todos los peligros que acechan al hombre, a través de sus enemigos: el mundo con sus seducciones, el demonio con sus engaños y mentiras, la carne con sus concupiscencias. Él me conduce hacia fuentes tranquilas. Y esto es porque también existen y coexisten conmigo fuentes no tranquilas. Fuentes que llenan la vida de atractivos, de palabras externas que envilecen los sentidos del alma, que apartan de Dios.

Demasiado tiempo hemos andado bebiendo de esas fuentes no tranquilas. Pero el Señor Jesús, el Buen Pastor, sale a nuestro encuentro, nos invita, sin forzar, a seguir su camino, el camino de la Cruz, el camino del Amor. Su Amor no fuerza a nadie, como en el camino de Emaús hizo el ademán de seguir. Pero era tan grande el fuego de sus Palabras, que sus discípulos no le dejaron seguir: ¡quédate con nosotros, que la noche es oscura, atardece y el día ha declinado! Y comentaban: “¿No ardía nuestro corazón al escuchar sus Palabras?”

Realmente necesitamos “pasar por el taller”. El taller donde se reparan las almas, donde Él repara nuestras fuerzas, hartas de los padecimientos del mundo, de la sinrazón del egoísmo, de la falta de amor y de Amor. Necesitamos, como dice el Salmo, reparar nuestras fuerzas.

¿Dónde está ese taller? El justo-el discípulo que busca a Dios-, la virgen sabia que tiene la lámpara encendida, lo dice bien claro: en dos palabras. VERDES PRADOS = EVANGELIO, ESCRITURA, y FUENTES TRANQUILAS = Jesucristo, el buen Pastor, el Agua Viva. Este es el lugar donde se reparan nuestras fuerzas.

Jesús, como Buen Pastor, elije las ovejas una a una, a cada una la llama por su nombre, (Jn 10,3), como nos dice Isaías: “… ¡alzad a lo alto los ojos y ved! ¿Quién ha hecho esto? El que hace salir por orden al ejército celeste, y a cada estrella por su nombre llama…” (Is.40, 26)

A ti y a mí, nos llama por nuestro nombre. Nos conoce y ama como somos. No tenemos que hacer un “camino de perfección”. Tenemos que abandonarnos a Él. Que Él se nos revelará para hacernos eternamente felices, aquí en la tierra y después gozando de infinita belleza de su Rostro. Y el cielo, y también el infierno, lo tenemos ya ahora aquí. Empieza aquí, en la tierra. El infierno de nuestro egoísmo, de nuestras pasiones, en esencia de nuestra ausencia de Dios. Cuando el hombre prescinde de Dios busca algo o alguien que lo sustituya: lo vemos diariamente, en los medios de comunicación, en la calle, en nuestra familia, en nosotros mismos, en nuestra vida.

El hombre, filosóficamente hablando, tiende a la felicidad; busca la felicidad. Está impresa en la ley natural. Así como el alfarero, cuando la arcilla está húmeda, al tocarla, deja sus huellas impresas, así Dios ha dejado impresa en nuestra alma la LEY NATURAL.

Pero nada temo porque Él va conmigo: ante la disyuntiva permanente que se me ofrece a cada paso con los caminos posibles por donde andar, me guía por el sendero justo y ha empeñado su Nombre, es decir me garantiza con su Espíritu la idoneidad del camino para mi salvación.

El Nombre de Jesús es plena y absoluta garantía para el discípulo. En nuestra cultura occidental el nombre es la referencia que distingue una persona de otra. En la Escritura el nombre representa mucho más: es la propia esencia de la persona referenciada, es su propio espíritu.

Nos dirá san Pablo en Efesios 2: “…Cristo, a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios… por eso Dios le concedió el Nombre sobre todo nombre, de modo que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en el cielo, en la tierra, en el abismo, y toda lengua proclame: JESUCRISTO ES SEÑOR, para gloria de Dios Padre.” Le concede el Nombre de Señor, único nombre reservado a Dios.

Sabemos por el libro el Génesis, que en la Creación Dios le dio a Adán la facultad y el privilegio de “poner el nombre” a todo lo creado, desde las plantas hasta los animales. De ahí la importancia en la Escritura de poner el nombre.

Pues bien, el Buen Pastor, Jesucristo, ha empeñado su Nombre con su Honor, para asegurarnos su protección en el camino de la vida.

Aunque camine por cañadas oscuras
Nada temo porque Tú vas conmigo
Tu vara y tu cayado me sosiegan

Cuando se construyen los pasos de ganado bajo las carreteras, al objeto de que el ganado pueda pasar de una cañada a otra sin interferir el tráfico, se ejecutan de tal forma que el ganado antes de entrar por el paso subterráneo vea la luz al otro lado; si no es así, el ganado se asusta y no pasa.

El hombre también tiene sus cañadas oscuras. En la vida del discípulo, a veces, no ves la Luz que te acompaña. Cuando las circunstancias de la vida te oscurecen, cuando se nublan tus pensamientos, cuando todo se cierra en el horizonte y aparecen los nubarrones que presagian tormenta, cuando las enfermedades y los achaques de la edad acaban con tus fuerzas, y no sabes salir, cuando todo el mundo te pregunta: “… ¿dónde está tu Dios…”(Sal 42,3), entonces, es cuando aparecen tus CAÑADAS OSCURAS.

Pero el Señor no nos deja en la estacada; la Escritura, gran maestra, sale a nuestro encuentro como PALABRA DE DIOS. “…Confía en Dios, que volverás a alabarlo, salud de mi rostro, Dios mío…” (Sal 42,6).

Esta vara y este cayado que nos dice el Salmo 23 hacen referencia a la Cruz gloriosa. La Cruz al hombro, la Cruz de Cristo, no la que se lleva arrastrando por el camino de la vida, tirando de ella porque no hay más remedio, renegando de nuestro sufrimiento. “…Él nos dio un ejemplo para que siguiéramos sus huellas…” (2P , 21b-24)

Así, como Cristo, su vara y su cayado sosegarán nuestra alma inquieta.

Preparas una mesa ante mí
Enfrente de mis enemigos
Me unges la cabeza con perfume
Y mi copa rebosa

En la Mesa del altar renovamos cada día el sacrificio santo e inmaculado de la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesucristo, porque cada vez que celebramos la Eucaristía es Pascua, el paso del Señor por nuestra vida. Y Él la prepara para mí, como el Testigo Fiel, que aboga por mí, en mi favor ante el Padre, como defendió a Esteban en la visión de su martirio como nos narra el libro de los Hechos de los Apóstoles. (Hech, 7,55)

Cristo, el Ungido de Dios, unge mi cabeza con perfume. Él fue ungido por la mujer pecadora que rompió el frasco de perfume sobre su cabeza. Él renueva el misterio sobre mí, pobre pecador, haciéndose pecador el “sin pecado”. Él clavó mis pecados en la Cruz, pagando mi deuda con su preciosa sangre, rescatándome y pagando precio. “…Habéis sido rescatados, no con oro o plata, sino con la sangre de un Cordero degollado…” (1P, 1,18-19)

Tu bondad y misericordia me acompañan
Todos los días de mi vida
Y habitaré en la Casa del Señor
Por años sin término

El salmista, inspirado por la Palabra divina, nos recuerda los atributos de Dios, su Bondad, su Misericordia, que están presentes en nuestra vida, y nos promete, nada menos que: HABITAR EN LA CASA DEL SEÑOR POR TODA LA ETERNIDAD.

Y el Señor es fiel, es decir, cumple sus promesas. “…Os colocaré en vuestra tierra, y sabréis que Yo, el Señor, LO DIGO Y LO HAGO…” (Ez 37,12-14). En efecto: con Moisés lo dijo el Sinaí con las Tablas de la Ley lo hizo; lo cumplió, con Jesucristo, renovando el sacrificio de la Alianza, según las promesas.

Esta es la gran promesa de Jesús, esta es la garantía de nuestra salvación, esta es la fe recibida de los Apóstoles, esta es la fe de la Iglesia, depositaria de las promesas de la Revelación.

Alabado sea Jesucristo