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San Pedro de Alcántara (Luis Tristán)

Inauguramos este apartado con la historia de un santo extremeño, para más señas alcantarino, que desde 1674 es patrón de la diócesis de Coria-Cáceres. Hablamos de Juan de Sanabria. Probablemente este nombre no nos resulta familiar, pero si decimos San Pedro de Alcántara la cosa cambia. Y es que realmente cuando Pedro nació en 1499 (no se ha llegado a conocer el día exacto), al recibir el bautismo se le impuso el nombre de Juan.

Su familia destacaba por el ilustre linaje que poseía. Alonso Garabito, su padre, era el alcalde de Alcántara. Su madre, María Vilela, procedía de una familia noble. Desde pequeño fue creciendo en la vida cristiana gracias a su educación, profundamente religiosa y social. La aparición de Juan coincidía con una España en la que ganaba un protagonismo especial el movimiento contrarreformista. El siglo XV era el tiempo de los grandes reyes, teólogos y de grandes santos como Ignacio, Teresa, Francisco de Borja, Juan de la Cruz… a los que no tardaría en unirse Pedro de Alcántara.

Durante su infancia no le dio demasiados problemas a sus padres, que cuidaron con esmero su formación intelectual. Estudió gramática en su pueblo natal y cuando tenía unos doce años de edad, le propusieron ir a estudiar a Salamanca, cuna del saber y de las ciencias por aquella época, donde cursó Filosofía y comenzó Derecho.

Pero no todo fueron bálsamos de éxito durante su estancia en Salamanca. Allí pudo comprobar que la pobreza, no sólo material sino también espiritual, anidaba en sus propios compañeros. Los valores humanos eran ya palpables en Juan, que repartía su comida con estudiantes que no tenían nada para comer. Su espíritu de caridad empezó a aflorar con más fuerza y, sensible a la realidad de la sociedad en la que se movía, llegó incluso a plantearse cuál debía de ser su papel, qué era lo que la Virgen y el Señor parecían susurrarle desde que era pequeño y que ahora hacían con más intensidad. Sentía la necesidad de una nueva vida entregada al silencio, la oración y el amor.

Con muchas dudas, regresó a su pueblo natal, Alcántara, donde buscó a través de la oración, la solución a su necesidad de entrega. Se dice que un día vio pasar ante su puerta a unos franciscanos descalzos y que marchó tras ellos, escapándose de casa con apenas dieciséis años. Estaba claro, ahora lo vemos, que estaba predestinado a ser franciscano.

En Majarretes, junto a Valencia de Alcántara, en el año 1515, Pedro tomó el hábito y se produjo el cambio de nombre de Juan de Sanabria a fray Pedro de Alcántara. Allí se incorporó a una comunidad de frailes franciscanos que seguían la reforma que fray Juan de Guadalupe había fundado con el nombre de los descalzos en 1494. Esta reforma pasó tiempos angustiosos; fue autorizada y  suprimida varias veces por los Papas, hasta que logró estabilizarse en 1515, año en el que Pedro tomo el hábito. Comenzó entonces a dar sus primeros pasos dentro de la orden franciscana, en la época dorada de la espiritualidad española, de la que él sería parte importante.

En el convento de los Majarretes continuó su formación hasta que en 1524 fue ordenado sacerdote. Allí convivió con algunos frailes que deseaban volver a los orígenes de la forma de vida franciscana. A lo largo de la historia de la orden de fundada por Francisco no han parado de sucederse las reformas, que siempre han tenido la intención de volver al ideal evangélico primitivo. La austeridad de la regla hizo que ya en los últimos años de vida de su fundador, muchos quisieran acomodar la orden para hacerla más llevadera. Esto, unido a los ánimos de reforma de la época, influyó en el espíritu reformador de Pedro de Alcántara, un hombre de enorme vitalidad, prudente, humilde y fiel al Evangelio

Tras su paso por Majarretes fue superior de varios conventos y después, en 1538, Superior de la provincia de San Gabriel. Durante este tiempo visitó a sus hermanos y les inculcó la necesidad de reformar la orden. Al finalizar su mandato en 1541, viajó a Portugal donde continuó con su labor reformadora. Pedro quería que la orden regresase a la forma de vida de Francisco y sus primeros hermanos; «se ordena, en primer lugar, que todos los frailes guarden la Regla de nuestro padre San Francisco sin usar de alguna Bula que relaje la misma».

Al regresar a España, desea vivir con mayor soledad y austeridad, y en 1554 recibe la autorización para retirarse a un eremitorio en Santa Cruz de Paniagua. Pasarían dos años hasta su viaje a Pedroso de Acim y la fundación junto a la fuente de El Palancar de su convento más querido y entrañable, una construcción de unos 70 metros cuadrados. Allí, en el convento más pequeño del mundo, estuvo dedicado a la oración viviendo de una manera extremadamente austera y penitente. Durante los años que permaneció en El Palancar se relacionó con personajes de la importancia de Carlos V, la princesa doña Juana, o San Francisco de Borja.

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Convento de El Palancar (Pedroso de Acim)

Abandonó la provincia de San Gabriel en 1558, para realizar sucesivos viajes a Roma como Comisario de los franciscanos reformados de España, a la vez que fundó más conventos, lo que habla por sí solo del carácter activo que, pese a su afinidad por la oración, tenía Pedro.

En el verano de 1560 fue cuando conoció a Teresa de Jesús y entre ambos pronto surgió una profunda amistad. A partir de entonces se convirtió en el consejero de la santa. Pedro, aparte de orientar a Teresa en su labor, fue para ella un apoyo espiritual imprescindible ante las dificultades que tenía en su obra reformadora. Ambos anhelaban vivir con radicalidad el Evangelio.

En la primavera de 1562 fija su residencia en Arenas y poco después enferma, aunque continúa su labor hasta su muerte. El 18 de octubre de 1562, al ver que su tránsito era inminente, pidió perdón por el trato que le había dado a su cuerpo y recibió la extremaunción por parte del padre fray Arias. Absorto en la oración en aquel momento tan trascendente, entregó su espíritu al Señor.

Pedro de Alcántara fue un gran reformador de la orden franciscana, a la que además, aportó su riqueza espiritual y carisma. Fue canonizado por Clemente IX en 1669 y pocos años después, en 1674, fue nombrado patrón de la diócesis de Coria. En el año 1752 se colocó una estatua suya en la Basílica de San Pedro del Vaticano en un lugar reservado a los grandes fundadores de órdenes religiosas, entre los que también está, como no podría ser de otra forma, su alma gemela, Teresa de Jesús.