Velas

Fotografía: Josh Plueger (Creative Commons)

Y dice el Señor a Jeremías: (Jr 1,4-8):
“Antes de haberte formado Yo en el vientre te conocía, y antes que nacieses te tenía consagrado: Yo, Profeta de las naciones, te tenía consagrado”
Yo dije: “¡Ah, Señor Yahvé, mira que no sé expresarme, que soy un muchacho!
Y me dijo Yahvé: “No digas soy un muchacho, pues adonde quiera que Yo te envíe irás, y todo lo que te mande dirás, no tengas miedo que contigo estoy para salvarte.
Entonces alargó Yahvé su Mano y tocó mi boca. Y me dijo: “Mira que he puesto mis palabras en tu boca”

En parecidos términos contesta Moisés a Yahvé, cuando éste le anuncia la misión de hablar con el faraón para sacar a los israelitas de Egipto. Moisés dijo a Dios: “¿Quién soy yo para ir al faraón y sacar de Egipto a los israelitas?

Dijo Dios a Moisés: “Yo estaré contigo, y ésta será la señal de que Yo te envío: Cuando hayas sacado al pueblo de Egipto, daréis culto a Dios en este monte” (Ex 3,11)

Más adelante, Moisés replica al Señor: “¡Por favor, Señor! Yo nunca he sido hombre de palabra fácil, ni aún después de haber hablado tú con tu siervo; sino que soy torpe de boca y de lengua”. Yahvé le respondió: “¿Quién ha dado la boca al hombre? ¿Quién hace al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No soy Yo Yahvé? Así, pues, vete, que Yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que debes decir” (Ex 4, 10-12)

Había en Damasco un discípulo llamado Ananías. El Señor le dijo en una visión: “Ananías”. Él respondió: “Aquí estoy, Señor”. Y el Señor: “Levántate y vete a la calle Recta y pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración y ha visto que un hombre llamado Ananías entraba y le imponía las manos y recobraba la vista”. Respondió Ananías: “Señor he oído a muchos hablar de ese hombre y de los muchos males que ha causado a tus santos en Jerusalén y que aquí tiene poderes de los Sumos Sacerdotes para apresar a todos los que invocan tu Nombre”. El Señor le respondió: “Vete, pues éste me es un instrumento elegido para llevar mi Nombre ante los gentiles, los reyes y los hijos de Israel. Yo le mostraré cuanto tiene que padecer por mi Nombre” (Hch, 9,10-17)

Estos tres relatos me recuerdan cuántas veces habré hablado así cuando el Señor me inspiraba su Palabra para llevarla a un hermano: no sé hablar, me da vergüenza, dirán que soy un ñoño, para eso están los curas… ¡Siempre disculpas!, ¡siempre mirar a otro lado!

Pero el Señor tiene paciencia, “…considerad que la paciencia del Señor es la garantía de nuestra salvación…”. Él espera, ama sin límites como dice Pablo a los Corintios, espera sin límite, ama sin límite…

Pero el Señor toca mi boca y tu boca. La Palabra de Dios, el Evangelio, no pueden quedarse en nosotros como algo para nosotros solo. Es un sentimiento egoísta. Dios da el pan de cada día, el pan tierno de cada día que es su Evangelio. NO TU EVANGELIO, el suyo. Cuando vas al Evangelio, preséntate como Pablo temeroso, presto a escuchar lo que en ese momento Jesús te dice.

Comenta Pablo a las Gálatas: “…Porque os hago saber, hermanos que el Evangelio anunciado por mí no es de orden humano, pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por Revelación de Jesucristo…” (Ga1,11-13) y “…Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo a hombre alguno…” (Ga 1,15-17).

Me llama la atención esta expresión de Pablo, que es la misma con la que he comenzado esta catequesis, parafraseando a Jeremías.

Y en la Carta a los Corintios dice: “…Pues yo, hermanos, cuando fui a vosotros, no fui con el prestigio de la palabra o de la sabiduría a anunciaros el misterio de Dios, pues no quise saber entre vosotros sino a Jesucristo, y éste crucificado…” (Cor 2, 1-5)

Por ello hemos de acercarnos a la Palabra con el respeto de estar en la presencia de Dios que nos habla, con la humildad de ser su criatura, con la alegría de ser amados por Él, que se abaja a nosotros como dice Pablo en la Carta a los Filipenses, capítulo 2.:” Cristo, a pesar de su condición divina no hizo alarde de su categoría de Dios. Al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo pasando por uno de tantos…”

Él nos dice: “¡Sígueme!”. Como le dijo a Mateo el publicano, como invitó al Joven Rico, como elige a sus Apóstoles, como llama a sus discípulos. No pregunta por tu vida anterior, no reprocha tus errores, te ama y me ama como soy, con mis defectos, flaquezas, traiciones… con el Amor más perfecto, más Misericordioso, como sólo Él sabe hacer.

¡Qué diferencia con nosotros! Nosotros sí reprochamos la conducta del hermano, mirando la paja en su ojo, sin ver la viga en el nuestro. Murmuramos su conducta, desconociendo las circunstancias que le llevaron a esa situación. Nosotros perdonamos pero no olvidamos. Ese no es el perdón de Dios, ni lo quiere para nosotros.

¡Qué libertad más grande la de no juzgar! Mirémonos por dentro, metamos como Moisés la mano en el pecho, y saldrá llena de lepra. ¡Sólo Él la puede curar!

Tú estabas dentro de mí, y yo te buscaba fuera, en las criaturas y no en el Creador, nos dirá san Agustín. Y es un “fuego devorador”, como nos dice Jeremías: “…Pero había en mi corazón algo así como un fuego ardiente…” (Jer 20,9).

Por ello, enamorémonos de la Palabra, que te coge y te acoge con Amor, que te devora sin consumirse como el episodio de la “Zarza ardiente de Moisés”, como la llevó la Virgen María en su seno purísimo que también ardió sin consumirse dentro de ella y a lo largo de toda su vida terrenal. Y este enamoramiento no será nunca estático, “salta hasta la Vida Eterna”, le dice Jesús a la Samaritana, y nos impulsa al mandato-Palabra de Jesús: “Id y anunciad el Evangelio a todo el mundo, bautizando en el Nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo…”.

Alabado sea Jesucristo