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Fotografía: harold.lloyd (Creative Commons)

1. No hay mayor acto de amor al hombre que el de anunciar el Evangelio de Dios, es así como recibe la luz que le permite encontrar su alma o, dicho de otra forma, le permite encontrarse.

2. En cada generación surgen como por encanto voces que exigen a la Iglesia una adaptación al “mundo real”. Estas voces que se dicen y creen autorizadas, olvidan que Jesucristo envió a sus discípulos al mundo para ser su Luz (Mt 5,14), y no cómplice de sus tinieblas.

3. El espacio habitacional de Dios en ti es directamente proporcional al que tú desocupes en tu abrazarte al Evangelio. Cuanta más vida tuya entregas al mundo, más vida suya –la de Dios- entra en ti.

4. Sed para los demás, dice el Hijo de Dios sin cesar a sus discípulos. Sed mi Teofanía, mi Presencia ante los esclavos de toda ausencia, los gimientes del espanto de la soledad.

5. Más allá de las palabras, a veces tan devaluadas por ambiciones y vanidades inconfesadas…, la Palabra. Nada hay en ella de ambigüedades ni trampolines para medrar. La Palabra es por sí misma el Amor inmortal; quien se deja seducir por ella saborea la inmortalidad del Amor.

6. Llevar como en procesión la Palabra hacia la boca del corazón, siguiendo el sentir de los santos Padres de la Iglesia, para saborearla. Una vez degustada, el pastor según el corazón de Dios la ofrece al mundo por medio de la predicación. ¡No hay amor más grande al hombre que éste!

7. Sólo el que asimila la espiritualidad de la Palabra conoce la “adoración en espíritu y en verdad” (Jn 4,24). Cuando un hombre llega a adorar así recibe el soplo de vida que, al igual que el salmista, le hace exclamar: ¡Tú eres mi Pastor, nada me falta!

8. Qué pasaría por la cabeza de san Jerónimo cuando escribió… “del manjar sustancioso de las Escrituras, pan de la Palabra que nutre el alma…” por su cabeza quizás nada, por su corazón ¡el Manantial del Dios vivo!

9. El tiempo erosiona sin piedad todo aquello que no lleva el toque del Eterno. Todos anhelamos algo que conserve la vitalidad y frescura que en su día nos fue posible disfrutar. Si bien es cierto que no podemos esquivar el desgaste de lo que en un tiempo nos asombró y sorprendió, sí está a nuestro alcance, por increíble que parezca, el Alguien que permanece. Basta meterse en cuerpo y alma en el Evangelio, todo él sabe a eternidad.

10. Vengo hoy, mi Dios contigo, no digo para mirarte porque eres el Invisible, pero sí para que tú me mires a mí. Cuando tu mirada me alcanza, los ojos de mi alma se cruzan con los tuyos. Parece un juego de palabras, mas no… o sí. Es cierto, es un juego, mas no de palabras sino de amores; es juego que abre la puerta a la Fiesta.

11. El Evangelio es algo así como las burbujas de Dios. Bailan sobre nuestras entrañas acariciándolas hasta que estallan, es entonces cuando nos es dado conocer, al menos en parte, la creatividad amorosa de Dios: nadie como Él para cortejar nuestra alma.

12. …y el hombrecillo se llegó ante Él y le dijo: Aquí me tienes, mi Dios, con deseos de amarte, también de escucharte, mirarte y creer en ti. El hombrecillo no sabía que Dios por un momento dejó todo su quehacer de lado para mirarle a él, con él quería estar.

13. Cuando Jesús llama a sus discípulos, infunde en ellos un impulso irresistible que les hace abrazarse al Evangelio, más aún, lo tatúa el su alma. Entonces sí, ya pueden ir al mundo entero, Dios ha puesto en sus bocas su soplo creador, ya son hombre para y al servicio del mundo.

14. Anunciar el Evangelio del Señor Jesús a los hombres lleva implícita la capacidad de elevarlos a la dignidad de hijos de Dios. Es que el Evangelio saca a la luz la potencialidad divina que reposa o, mejor dicho, discurre por los entresijos de su alma.

15. La verdad os hará libres, dice Jesús a sus discípulos. No hay mayor libertad que la de poner la propia vida en tensión de búsqueda del Absoluto. Es libertad porque, al encontrarlo, el alma se libera de todo límite y finitud. Diríamos que vuela hacia el Absoluto, aunque nos acercaríamos más a la verdad si dijéramos que vuela con el Absoluto.

16. El hombre crece hasta la altura de aquel a quien pertenece. Si sólo se pertenece a sí mismo quizá no crezca más que la mortaja con la que será envuelto un día. Si por el discipulado pertenece al Hijo de Dios, su crecimiento traspasa lo visible hasta llegar a la altura del Invisible.

17. María guardaba las cosas santas de Dios en su corazón (Lc 2,19). Ahora comprendemos su entereza al pie de la cruz, su morada de fe y de amor a su Hijo, también Hijo de Dios. Levantado como un criminal en el Calvario, permaneció junto a Él compartiendo el último lugar de la tierra. ¿Nos dejaremos guiar por ella hasta esta morada de fe y amor?

18. La insoportabilidad es el caldo de cultivo de toda violencia. Jesús cargó-soportó con todos los pesos que se amontonan contra el alma llegando a doblegarla. Nos amó así, y así nos sigue amando, insoportables como somos, y nos hizo don para nuestros hermanos cargados y agobiados.

19. Texto muy breve de san Gregorio Magno que nos ilumina a la hora de abrir la Biblia. “En las aguas vivas de las Sagradas Escrituras el humilde cordero nada plácidamente mientras que el orgulloso elefante termina por ahogarse”.

20. …y cuando sea visitado por la muerte, entonces recogeré mis cosas, las únicas que me acompañarán a lo largo de este último viaje, y me acompañan porque no sólo son mis cosas sino también las tuyas, Señor mío, las mismas que tu Madre guardaba en su corazón.