Pentecostés

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

1. Un verdadero amigo no reserva sus secretos a quien dice que ama. Esto es lo que hace el Señor Jesús con todo aquel que se acerca amorosamente a su Evangelio. Les habla al oído (Mt 10,27b), se expansiona confidencialmente con él sin reservar nada de su Misterio. De un amor así tejido nace el Anuncio, la Evangelización.

2. El concilio Vaticano II nos dice: “La Escritura se ha de leer e interpretar con el mismo espíritu con que fue escrita”. Bellísima la intuición de los padres conciliares que tiene su fundamento en estas palabras de Jesús: “El Espíritu Santo que el Padre enviará en mi nombre, os lo enseñará todo y os recordará todo lo que yo os he dicho” (Jn 14,26).

3. Todo aquel que alcanza a ser discípulo de Jesús vive de Él, de su fuerza y de su amor; de la misma forma que el sarmiento vive de los nutrientes que le proporciona la vid. Lo más extraordinario es que cuando el discípulo comparte la savia del Hijo de Dios, comparte con Él al mismo Padre.

4. Al contrario que Satanás a quien la Escritura llama el adversario del hombre porque está en contra suya, el Hijo de Dios está a su favor; a su favor y con él. Así lo atestiguó y prometió a sus discípulos antes de subir al Padre… “id y anunciad el Evangelio y sabed que yo estoy con vosotros hasta el fin del mundo” (Mt 28,19-20).

5. Nuestra alma no es un vacío caótico, sin resonancia alguna, sino que ha sido creada para ser habitada por Dios: éste es su deseo (Jn 14,23). Claro que la última palabra sobre este deseo de Dios la tenemos nosotros. Dios nunca se entrometerá en nuestra libertad.

6. Discípulo de Jesús es aquel de quien se puede decir: “en ti hay Dios, en ti hay Luz”. El mismo que dijo “Yo soy la Luz del mundo”, proclamó que también sus discípulos lo serían (Mt 5,14). Ahí donde hay un discípulo de Jesús se repliegan las tinieblas. Ahí donde hay un discípulo de Jesús… hay Dios.

7. Si Juan dice que la Palabra ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9), podemos también afirmar que el discípulo de Jesús, al vivir de su Evangelio, ilumina al mundo entero con luz propia, la del Emmanuel que en él vive.

8. Es tal la riqueza de la Palabra, tan inabarcable su inmensidad, que el que se aprieta contra ella se hace oído abierto capaz de escuchar a Dios, y también boca orante capaz de hablar con Él. Ver, conocer, oír, hablar…, he ahí el campo infinito de relaciones entre Dios y todo aquel que vive su fe a la luz de la Palabra.

9. Muchos son los que tienen acceso a tus sentimientos, mas sólo uno a tu alma: Dios. Al acercarse y creer en ella, el alma es moldeada con infinita paciencia como si tuviera manos de alfarero; a un cierto momento parece como que Dios, orgulloso de su obra, llegara a gritar: ¡esta alma sí que es rostro de mi Rostro!

10. El discípulo de Jesús es fundamentalmente un oyente de la Palabra (St 1,22). No hablamos de un receptor de máximas morales sino de un amante. Tanto ama un cristiano a su Maestro y Señor que se acerca a su Evangelio no con la intención de aprender sino de “prenderse a él con todo su corazón, con toda su alma y con todas sus fuerzas”.

11. Todo discípulo de Jesús es un peregrino, siempre llegando porque Dios le invita a salir de sí mismo cada día. Siempre reemprendiendo su peregrinación porque su alma, al no dejar de crecer por la expansión del Dios vivo en su seno, necesita más y más de la Presencia.

12. La Palabra se hizo carne, habitó entre nosotros, y como concluye Juan en el Prólogo de su Evangelio, volvió al seno del Padre. Está en el Padre y también en el mundo, sigue siendo Emmanuel, Dios con nosotros. Todo aquel que da permiso a Dios para que grabe su Palabra en su corazón (Jn 14,23), emprende un camino glorioso hacia el seno de Dios. Nos lo dijo su propio Hijo: “Quiero que donde esté yo estéis también vosotros” (Jn 14,3b).

13. San Gregorio Magno dice en una de sus cartas que aprendemos a conocer el corazón de Dios en su Palabra. Si realmente nos creyéramos esto no perderíamos tanto tiempo y energías de charco en charco, y nos sumergeríamos en el Manantial de la Vida. Sabiduría de Dios o sabiduría de los hombres: tú escoges.

14. En una historia de amor sin precedentes y procedentes, el creyente busca a Dios en el Misterio de su Palabra, al tiempo que Él, con su luz, va al encuentro del corazón que así le busca. Cuando da con este lugar lo convierte en el Lugar Santo del que el Templo de Jerusalén fue figura y profecía.

15. Cuando el corazón del hombre rechaza acoger a Dios como su Dios y Señor, no le queda otro remedio –su congénita insaciabilidad se lo exige- que acoger dioses y señores; toda una profesión de farsantes que, con sus cantos de sirena, terminan por ensordecer sus propios gritos de supervivencia.

16. La acogida de María al deseo de Dios llegado a sus oídos por mediación del ángel, es figura de la acogida de la fe. No hay fe sin Anuncio, y éste no llega a los oídos sin enviados. He ahí la razón de ser de la Iglesia: Id y anunciad mi Evangelio.

17. El que pregunta y pregunta dónde están hoy los verdaderos testigos de Dios nunca harán nada por sus hermanos. El que realmente se preocupa por ellos se acerca más y más al Señor Jesús, y desde su Evangelio irá al encuentro de aquellos que viven sin esperanza, bien porque la perdieron, bien porque nunca la tuvieron.

18. Bellísima esta intuición de San Isidoro: “Cuando oramos somos nosotros quienes hablamos con Dios; cuando leemos es Dios quien habla con nosotros”. En general las intuiciones nacen de vivencias muy concretas. No hay duda de que este santo sabía que cuando se sumergía en la Palabra se sumergía en Dios, en un abrazo eterno con Él.

19. San Jerónimo identificó con tal fuerza la Palabra con la Eucaristía que llegó a decir: “La Palabra de Dios es esa carne y sangre de Jesucristo que penetra en nosotros a través de la escucha”. Feliz el hombre que ve en el Evangelio de Jesús el rostro de todos los rostros.

20. Nadie canaliza mejor la vida en su propio provecho que aquel que sin excusas de mal perdedor encuentra su tiempo para adentrarse en la Palabra. A estos hombres se les aplica la profecía del salmista que dijo que todo lo que hacen les sale bien (Sl 1). Norma, no son ellos los que hacen, sino Dios que con su Palabra vive en sus almas.