Atardecer

Fotografía: Catholic Church England and Wales (Creative Commons)

1. ¿Donde quién iremos?, respondió Pedro a Jesús cuando preguntó a sus discípulos si querían dejarle. Donde quién, le dice. ¿Quién si no tú con tu Evangelio puede curar las heridas del alma, las infligidas por los pecados de los demás y los míos?

2. La casa y los bienes, a los que hemos dado lo mejor de nuestra vida, se detienen inánimes en sus límites naturales. Vale la pena levantar los ojos más allá de esos límites, allí donde Dios no se detiene, allí donde Él te lleva de la mano.

3. Sólo con nuestros sentidos transfigurados por la luz de Dios podemos captar su Misterio. Sí, con nuestros ojos y oídos transfigurados nos es posible penetrar las Sagradas Escrituras hasta dar con el rostro de Dios oculto en ellas.

4. Si una obra de arte pudiese hablar, ensalzaría jubilosa la maestría de su autor. Tú eres obra, más aún, imagen de Dios. Si no cantas gozoso a tu Autor es que no sabes valorarte. Te valorarás cuando aprendas a hablar con Él.

5. Discípulo del Señor Jesús y anunciador de su Evangelio constituyen un binomio indisoluble. Por otra parte, ser mensajero de Dios no es un grado o título honorífico, es el fuego natural que surge a causa de la pasión por Él.

6. Momentos entrañables en la vida de un discípulo son aquellos en los que percibe que sus lágrimas tienen el mismo origen que las derramadas por su Señor sobre Jerusalén. Mismo origen y, por lo tanto, provocan la misma ternura de su y nuestro Padre.

7. Mansedumbre evangélica y libertad interior van de la mano en el corazón de los que aman a Dios. El manso de las Bienaventuranzas no necesita ataduras, por eso no se ata a nadie, ni siquiera a Dios. ¿Ni siquiera a Dios? Cierto. Dios no ata a nadie; acoge y recibe en su seno.

8. En relación con Dios, no sabemos a veces distinguir la línea divisoria entre gracia y locura. Aun así es bueno arriesgarse, incluso pisar el límite… Siempre hay tiempo de volver a la gracia y reírnos de nuestras locuras hechas por amor… Dios también se ríe.

9. Para anunciadores del Evangelio. Cuando nos pesan los hombres tengamos en cuenta que más les pesamos nosotros a ellos con nuestras incoherencias. Cuando éstas no se dan, ellos nos sostienen al vernos desfallecer.

10. La fantasía es peligrosa, pero es como la sal que si no se abusa de ella da sabor a la comida. Si los santos no hubiesen tenido su pellizco de fantasía habrían tenido tanto miedo al Evangelio que lo hubiesen dejado de lado y, por supuesto, ni habrían sido santos ni habrían levantado el alma de nadie.

11. La soledad es terrible, lleva la muerte en sus venas. No hay mayor soledad ni más hiriente que la de quien no ha descubierto la Voz dentro de sí mismo. No hay mayor maltrato que privar a la propia alma de la Voz que la hizo.

12. No envidies a Moisés por haber oído la voz de Dios en la zarza ardiente. No le envidies y recuerda el asombro que sobrecogió a los discípulos de Emaús cuando percibieron que Jesús había sembrado una zarza ardiente en sus corazones (Lc 24,37). La sembrará también en ti… si tú quieres, claro.

13. Aunque parezca una irreverencia, podríamos decir que el Evangelio es la media naranja del alma.

14. Cuando el Evangelio se convierte para un hombre en el libro de su vida, descubre que nada hay de más natural que estar con Dios permanentemente.

15. En su afán por huir de Dios, el hombre abdica de su divinidad y se refugia en lo que él llama su vida; menos mal que Dios no abdica del hombre y sigue siendo Emmanuel a su encuentro.

16. Cuando leemos el Evangelio con los ojos del alma, nos damos cuenta que el Amor Eterno surge del entrelazamiento de dos Misterios: el de Dios y el nuestro.

17. Mirar a la Serpiente o mirar a Dios: he ahí la cuestión. La Serpiente te reviste con su desnudez; Dios con su gloria. Terminas revestido de aquel en quien fijes tu mirada: Dios o Satanás.

18. Mucho nos preocupamos por cuidar y proteger el medio ambiente; quizá no tanto el medio ambiente del alma, y sin embargo, nada purifica tanto al hombre por dentro y por fuera como el soplo de Dios.

19. La muerte nos recuerda que somos transeúntes por el mundo; no hay mayor fracaso humano si somos también transeúntes con respecto a Dios, si no echamos raíces en Él.

20. Los santos Evangelios son como las manos que Dios utiliza para acariciarnos.