Biblia

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

1. Saber juzgar al otro poniendo en la balanza el peso de su debilidad. Cada vez que juzgamos así, nos vamos pareciendo más al Hijo de Dios que gritó a su Padre: “¡Padre, perdónales porque no saben lo que hacen!”

2. Hay días en que el caminar de los discípulos de Jesús son tan inciertos que no nos queda sino gritar ¿estás ahí, Señor, eres tú? Algo parecido a lo que le gritó Pedro en la noche de la tempestad (Mt 14,28).

3. Los que quieren algo de nosotros, nos adulan con palabras cargadas de falsas esperanzas y promesas. Por el contrario, el Señor Jesús viene a nuestro encuentro con palabras vivas que elevan nuestra alma hacia Él.

4. Confiar en Dios no es algo propio de hombres heroicos, sino de sabios de corazón y de almas que se han hecho lo suficientemente humildes, también niños, como para reconocer la mano que se aprieta contra la suya: su Padre.

5. Hay quien dice que Dios es tan poderoso que no podemos desdeñarlo. Dejamos esto para los entendidos, y decimos que sí podemos desdeñar su obra, por ejemplo, nuestra propia alma.

6. Todo hombre ha nacido para adorar; y nada más traumatizante, nada hiere más la columna vertebral de nuestra psicología que adorar la obra de nuestras manos. Señor, enséñame a adorarte en espíritu y verdad (Jn 4,24).

7. La Encarnación de Dios supone un salto radical en lo que respecta a nuestra relación con Él. Como le buscábamos a tientas e incluso sometidos a tantas fantasías, vino Él a buscarnos y, como dijo Isaías, proclamó: ¡Aquí estoy! (Is 65,1).

8. Darás a luz al Hijo de Dios, anunció el ángel a María. Y, ante su estupor, añadió: porque ninguna cosa es imposible para Él. Ella respondió: Hágase en mí según su Palabra, hágase en mí el imposible. Un hombre llega a ser discípulo de Jesús en la medida en que le deja hacer el imposible.

9. Bellos son sin duda los numerosos títulos que hombres santos han dado a la Virgen María. Sin embargo, todos estos títulos juntos no llegan a la altura del que le dio su propio Hijo desde la cruz: Madre de la Iglesia (Jn 19,25-27).

10. Tener los ojos y también nuestros anhelos fijos y pendientes de la herencia que nos dejan nuestros mayores podría ser normal. No tenerlos ante la herencia legada por Jesucristo: su Padre que pasa a ser nuestro Padre, sería el colmo de la necedad.

11. Si fuésemos capaces de saciarnos de los bienes de este mundo, que lo son, nadie buscaría a Dios. La cuestión es que el mundo entero no es suficiente para calmar la sed que quema nuestras entrañas, como Jeremías.

12. Todo discípulo conoce la debilidad paulina de ser relegado al último lugar (1Co 4,9). Mas tengamos en cuenta también que podemos decir: ¡Bendita debilidad, algo tendrá para atraer tanto el cariño de Dios!

13. Todos, de una forma u otra, acumulamos tristes experiencias de personas concretas que nos han defraudado; quizá ha llegado el momento de confiar en Aquel que nunca jamás defraudó a nadie.

14. Por mucho que acumulemos, por muchas metas que alcancemos, por mucho esplendor con que adornemos nuestra existencia, si nos falta el soplo de Dios no hemos vivido. El Hijo de Dios se encarnó “para que tengamos vida y vida en abundancia” (Jn 10,10).

15. Cualquier persona daría todo lo que tiene a cambio de vivir una pasión inmortal; ésta existe. Sí, la pasión inmortal provocada por el Evangelio. Dos mil años lo atestiguan.

16. Contemplar, como David (Sl 63), cada día, su Fuerza para vencer al Tentador, y su Gloria para no tener que buscarla en los hombres. He aquí la esperanza que mueve a los que pretendemos seguir a Jesucristo.

17. Satanás ofreció a Jesús su reino, si es que se prestaba a adorarle. Los hombres sabios ofrecen su reino –sus cosas- a Dios a cambio de llamarle con propiedad Padre.

18. Nada más irreal que apoyar la vida en lo inconsistente. Nada más real que sostenerse en Aquel que dijo: “El que crea –se apoye- en mí, aunque muera, vivirá” (Jn 11,25).

19. Yo sé, Señor y Dios mío, que un corazón que se llega hasta ti, aunque sea a rastras, quebrantado y humillado, no lo desprecias (Sl 51,19).

20. El más que atrayente gancho del Evangelio estriba en su ininterrumpida y continua capacidad de sorprender a quien lo medita. En realidad es Dios mismo quien nos asombra y sorprende entre líneas… las del Evangelio.