Altar a la Virgen María

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

1. Podemos malgastar la preciosa esencia de nuestra vida en el vacío, y entonces la nada la absorbería triunfante. Podemos también derramarla en las entrañas del Dios vivo; cada cual elige.

2. Si alguien hay interesado en que alcancemos la Gloria incorruptible es el mismo Dios, para ello envió a su Hijo al mundo. Los primeros cristianos tenían conciencia de ello. “Cuando se manifieste el Gran Pastor, recibiréis la corona de gloria que no se marchita” (1P 5,4).

3. Por azar vinimos a la existencia, y como pieza de un engranaje implacable nos recoge la muerte. Así piensan los sabios de este mundo. ¿Hace falta tanto saber y saber para eso? Los sabios en Dios, en Él viven y por Él se dejan recoger en la hora de su muerte.

4. Hay corazones sinceros y corazones fraudulentos; ambos pueden contener los mismos pecados, pero los primeros no los esconden ante la Verdad con vanas justificaciones, por eso sus oídos son más sensibles al paso de Dios por su vida.

5. Todo hombre quisiera sentir una chispa del corazón de Dios. La cuestión es que cada una de sus palabras es una Hoguera de su corazón latiente.

6. En el recorrer de nuestra existencia, y conforme los que vienen detrás nos adelantan, nos sentimos como inútiles. Bueno, como la zarza: está sola en el desierto, pero si se deja habitar por el fuego de Dios sigue siendo zarza y también algo de Él (Éx 3,1).

7. Ven y verás, dijo Felipe a Natanael cuando le invitó a conocer a Jesús. Natanael accedió ya que no tenía nada que perder y sí mucho que ganar, si es que ese tal Jesús era verdaderamente el Hijo de Dios. Fue donde Él y le conoció como ¡El Señor!

8. Discípulo de Jesús es aquel que lleva en sus labios las palabras de vida y espíritu que discurren por su Evangelio (Jn 6,63). A partir de ahí hace partícipe de ellas a sus hermanos: el mundo entero.

9. Nuestra alma sólo puede ser habitada, y también comprendida en su infinitud, por Aquel que le dio la existencia. Cuando queremos suplantar a su Hacedor, el alma se cansa terriblemente y también se ve frustrada.

10. Nada más doloroso que ser olvidados por personas que algún día supusieron algo en nuestras vidas. Aun así es muchísimo más trágico intentar anular el recuerdo que Dios tiene de ti.

11. Así como el pueblo de Israel es considerado por Dios como “primicia de su cosecha” (Jr 2,3), los discípulos del Señor Jesús son la primicia de la nueva creación en la que brilla en todo su esplendor el hombre rescatado y redimido por Él.

12. ¿Cómo podremos pretender tener a Dios en nuestro corazón si éste se parece a un globo hinchado por tantos aires de grandeza e inconsistencias?

13. Frecuentemente nos dejamos la piel del alma en nuestras ansias por ser amados, sin más futuro que una pieza de repuesto. Sólo Dios se nos entrega totalmente sin vuelta atrás.

14. El publicano del Evangelio (Lc 18,13…) no se sentía digno de elevar sus ojos al cielo. Hay muchas formas de robar el corazón a Dios, pero creo que ninguna tan bella como la de este hombre.

15. Confiar en Dios no es en absoluto cuestión de palabras ni fórmulas. Supone la audacia de poner nuestra vida, con todas sus proyecciones, en sus manos. Sólo los amantes eternos tienen esta audacia.

16. Mis planes no son vuestros planes, mis pensamientos no son vuestros pensamientos, dice Dios (Is 55,8). A pesar de ello pretendemos seguir a su Hijo, ser sus discípulos, prescindiendo de su opinión expresada en su Palabra.

17. Preguntó un joven a un santo ermitaño: ¿Cuántos dioses hay? El hombre de Dios le respondió: Tantos cuantos vacíos has abierto en tu corazón.

18. No hay ofensa o insulto proferido contra otro que no haya sido previamente concebido en nuestro corazón. No en vano dijo Jesús: “De lo que rebosa el corazón habla la boca” (Mt 12,34).

19. “En alma fraudulenta no habita la Sabiduría” (Sb 1,4). Sí, no puede habitar Dios ni su Palabra en el que se acostumbra a llamar mal al bien. Es un fraude contra Dios y contra sí mismo; y es que ni a sí mismo se respeta.

20. La alegría que nace de estar con Dios es gratuita. Pobre del hombre que se ve forzado a comprar sus alegrías.