Iris

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

1. Cuando comprendemos con el corazón, aunque sea mínimamente, el paso dado por Dios hacia nosotros al encarnarse, entonces es cuando no descansamos hasta encontrarle. ¿Dónde? En el Evangelio.

2. El demonio es todo un profesional a la hora de amedrentarnos y desviarnos de Dios, hasta que hacemos nuestro el Evangelio de su Hijo; son justamente sus palabras las que le amordazan.

3. A algunos les parece absurdo aspirar a una vida eterna… Más absurdo es que la muerte sea el punto final de todo lo que hemos vivido, amado, soñado y deseado con un corazón limpio. Sí, mucho más absurdo.

4. Ir a la Palabra, por ejemplo, en la oración de los Salmos, como el pueblo de Israel iba cada mañana a recoger el maná que Dios les enviaba desde el cielo (Éx 16,13…), es una de las mayores gracias que hemos de pedir a Dios.

5. No hay ni habrá nunca ausencia de Dios en el alma, sino alma ausente de Dios. Y tengamos en cuenta que un alma ausente de Dios llega a llamar belleza, alegría, sabiduría y hasta amor, a cualquier cosa; de ahí su insatisfacción crónica.

6. Si creyéramos de verdad que la Palabra de Dios es Manantial de vida, nuestra oración tendría alas, jamás sería una carga “para ser perfecto”. El problema es siempre el mismo, creemos con la boca y no con el corazón que “en la Palabra está la Vida” (Jn 1,4).

7. Los sacerdotes que predican el Evangelio en nombre de Dios siempre tendrán fieles que les escuchen; los que se predican a sí mismos sólo tendrán clientes, y además son tan necios que se hinchan de vanidad con ellos.

8. Que tu Espíritu, Señor, abra en mí el Evangelio que hoy he leído, escuchado; y que ahí donde hoy me lleves sea luz para todos aquellos que, aun inconscientemente, te buscan.

9. Todo aquel que alcanza una cierta madurez como discípulo de Jesús se ha hecho grande, muy por encima de todos los grandes de la tierra, porque es fruto de un proyecto del corazón de Dios, que proyecta desde y hacia la eternidad.

10. La comunión entre los discípulos de Jesucristo no tiene que ver con un logro sociológico, sino que es fruto de tener su oído abierto a una Voz, a un solo Pastor quien, a su vez, tiene un solo rebaño (Jn 10,16b).

11. El alma se contrae sobre sí misma entre aprietos y espasmos, como cuando la mujer da a luz, en orden a gestar la fe. Es entonces cuando, al igual que Pablo, puede testificar: “ya no soy yo quien vivo, es Cristo quien vive en mí” (Gá 2,20).

12. No hay en todo el universo experiencia comparable a la de tener la conciencia de estar con Dios. Hablamos de sensaciones del alma y, por lo tanto, indefinibles. Cuando acontecen, todo parece inexistente, todo menos Dios.

13. A nadie llaméis maestro, dice Jesús (Mt 23,8). Sí, sólo Él tiene autoridad y sabiduría para enseñarnos e introducirnos en la quietud tan eterna como actual, tan impulsiva como suave, que es la Presencia.

14. La adhesión al Evangelio nos capacita para fijar nuestra mirada en Dios. Se llama adorar. El que así adora, entra en la simplicidad que tanto agrada a Dios. Ni escalas ni escalones, todo se reduce a adorar desde el Evangelio y dejarse arropar en la Eucaristía.

15. El alma es como una tela de la textura de Dios, el cual, a lo largo de nuestro aprendizaje como discípulo, plasma en ella la imagen de su Hijo, como nos dice el apóstol Pablo (Rm 8,29).

16. El hablar de Dios con los hombres surge de la fuente de estar con Él; y es como la hierba fresca que hace crecer para nosotros, como buen Pastor que es (Sl 23,2). Los oyentes de la Palabra distinguen muy bien entre hierba fresca y “hierba enlatada”.

17. Vayamos donde vayamos, estemos con quien estemos, proyectemos lo que proyectemos desde nosotros mismos, viene a final de cuentas a ser siempre más de lo mismo. Sólo Dios, que se nos revela en su Palabra, es capaz de conmocionarnos con sus sorpresas y novedades.

18. Cuando los apóstoles dejaron sus redes y siguieron a Jesús, no sabían que aún les quedaba por dejar las redes con sus nudos que había en sus corazones; de ahí sus veleidades y ambiciones manifiestas (Mc 9,33). Así hasta que Jesús, con su paciencia infinita, fue deshaciendo sus nudos uno a uno.

19. Se empezó por no saber qué hacer con las horas y nos pegamos a las máquinas; después se nos eternizó la noche y echamos mano de las pastillas. Y Dios sigue preguntándonos: ¿De verdad que no me necesitáis?

20. Todo aquel que conoce el estremecimiento ante la Palabra de Dios, como Él mismo dice por medio de Isaías (Is 66,2), provoca a su vez su estremecimiento porque ha llegado a ser pobre de espíritu, punto de partida de todas las Bienaventuranzas (Mt 5,2).