Espíritu Santo

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

1. En el mundo de las finanzas se aconseja no invertir todo el patrimonio en un solo valor bursátil. En el de la fe, para llegar a saber quién es Dios y qué quiere hacer por ti, hay que invertir la vida a una sola carta: el Evangelio. Por eso la mayoría se queda a sus puertas merodeando.

2. Todo discípulo de Jesús es de por sí una flagrante denuncia de la mentira de este mundo, de la impotencia e inutilidad de los recursos que ofrece en un vano intento de dar calidad de vida a aquellos a quienes atrapa.

3. Señor, al igual que Pablo, te digo: Me amaste y te entregaste por mí (Gá 2,20). No puedo olvidar que, al verme junto a ti en el Calvario, elevaste tus ojos al cielo y clamaste: Padre, ahí tienes a tu hijo. Después, fijando en mí tu mirada, me dijiste: ahí tienes a tu Padre.

4. Dice Jesús a sus discípulos: Bienaventurados son los pobres de espíritu porque a ellos pertenece por herencia el corazón de mi Padre. Sí, porque esto es lo que significa el Reino de los cielos: el corazón de Dios.

5. No hay mayor libertad que la de esperar contra toda esperanza en Dios (Rm 4,18). Es un esperar viviente, con la confianza de que las ambiciones que Dios tiene sobre ti son infinitamente mayores que las que generan nuestros pequeños deseos. Es la libertad de quien junto a Dios aprende a crear.

6. El que pide humildemente perdón a aquel a quien ha ofendido, cierra las heridas que abrió en su corazón. En cierto modo actúa como Dios, el Especialista en cerrar heridas, sin dejar rastro ni señal de cicatrices.

7. Bienaventurado el que participe del banquete del Reino de Dios (Lc 14,15), dijo enfervorizado a Jesús uno de sus oyentes. Sí, bienaventurados los que anticipan el banquete, los que, enseñados por el Señor, encuentran en su Evangelio el pan vivo que contiene “todas las delicias y satisface todos los gustos…

8. No hay hombre, por frío y escéptico que parezca ante cualquier emoción, que no sienta un estremecimiento interior ante el Evangelio del Hijo de Dios. De ahí la inexcusable necesidad de anunciarlo, siempre mueve al alma a ser más de lo que es.

9. Dios creó la belleza pasajera para que el hombre, disfrutándola, experimentase el vivo deseo, la necesidad incluso de ser envuelto por aquella que permanece para siempre. Existe, sin embargo, el peligro de apropiarnos de las pequeñas bellezas y convertirlas en esperpentos. Todo por no dar el brazo a torcer ante Dios, Belleza Eterna.

10. Cuando Moisés preguntó a Dios por su nombre, ésta fue su respuesta: “Yo Soy el que Soy” (Éx 3,14). Desde entonces, los que se dicen sabios emborronaron un sin fin de páginas queriéndonos descifrar el sentido de este nombre. Un alma enamorada de Dios nos dijo todo lo que había que decir: “Tu Nombre es ungüento perfumado que se vierte sobre mí” (Ct 1,3).

11. No es fácil dejar a Dios que tome entre sus manos nuestro barro para trabajarlo a fondo. No es fácil porque sus manos desajustan nuestros planes; y sobre todo no es fácil porque la intención de Dios al apretar nuestro barro es llegar a convertirlo en mármol, y esto desajusta y mucho.

12. Una de las mayores sorpresas de la parábola del Hijo pródigo (Lc 15,11-31), es que el hijo mayor, buen cumplidor él, nunca llamó padre al que le había dado el ser. El irresponsable que quiso hacer su vida lejos de la casa, volvió, se fundió en un abrazo con él y le dijo: ¡Padre!

13. Una pregunta acuciante: ¿De qué le sirve a una persona creer en Dios si no sabe hablar con Él? Aclaremos esto. Hablar con Dios es lo más natural que un hombre puede hacer, ya que su alma tiene la tendencia a relacionarse con Él con toda naturalidad.

14. No hay cosa más tediosa y aburrida que rezar “porque toca rezar”. Cuando oramos a toque de horario, sólo a toque de horario, es un acto tan maquinal como atarse los cordones de los zapatos. Es normal que surja el aburrimiento, porque el dios a quien rezan no es el Dios vivo.

15. Cuando Pablo dice a los cristianos de Filipos que son como antorchas que iluminan el mundo (Flp 2,15), está en cierto modo equiparándolos a la Palabra, que es la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo (Jn 1,9).

16. Buen pastor es aquel que, iluminado por el Espíritu Santo, penetra en el Misterio del Evangelio hasta descubrir lo que “ni el ojo vio, ni el oído oyó, ni al corazón del hombre llegó” (1Co 2,11). Con este tesoro en sus manos, va al encuentro de su rebaño y le comunica lo que ha visto y oído del Misterio de Dios.

17. Esa mujer de la que habla Jesús que perdió una moneda y no cejó en su búsqueda hasta que la encontró (Lc 15,8), nos recuerda al sabio de la Escritura que, habiéndose apasionado por la belleza de la Sabiduría, puso todo su empeño y esfuerzo por hacerse con ella (Sb 8,17-18).

18. Todo buscador de Dios adquiere con el paso del tiempo una mirada especial, diríamos contemplativa. Con esto quiero decir que está capacitado para contemplar el Misterio de Dios oculto entre las páginas de las Sagradas Escrituras.

19. Voces y voces y más voces, las nuestras y las de los otros… Un sin fin de egos sobreponiéndose unos a otros, dando lugar a confusión y desconcierto. ¿Cuándo aprenderemos a orientar nuestros oídos hacia la Voz, la que nos hace tomar conciencia de que hemos sido creados para ser grandes, enormemente grandes, para ser hijos de Dios?

20. El mayor milagro que el Señor Jesús hace en una persona es el de abrir sus oídos interiores para que pueda partir con gozo la Palabra y degustar sus delicias. Milagro que hace en todo aquel que acepta seguirle como discípulo. Toca sus oídos y, mirando al Padre, clama: ¡Effetá! (Mc 7,34).