Manantial de agua

Fotografía: cristian ruberti (Creative Commons)

1. Cuando un hombre ha pasado de la muerte a la vida por su fe en Jesucristo, comprende tembloroso que cuando Él dijo “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos” (Jn 15,13), se estaba refiriendo a él como amigo suyo. Ahora comprendemos su temblor.

2. Señor, tengo que buscarte hasta dar contigo. Conozco el recorrido de las promesas humanas y sé que las tuyas son infinitas. Por eso y con la viva esperanza de que existas, ¡Te buscaré hasta dar contigo!

3. Puedo centrarme en mis cosas y esquivar las tuyas. La cuestión es ¿cuánto tiempo habrá de pasar para ser consciente de que me estoy muriendo?

4. Señor y Dios mío, tú me diste los sentidos para disfrutar de tu creación. Lo sé, mi Dios, pero haz que ponga mis sentidos a mi servicio, no sea que esté yo al servicio de ellos. Si así llegara a acontecer, serían unos sentidos sin hogar, huérfanos de amor.

5. Es inútil e incluso frustrante intentar sacar fuerzas de nosotros en vistas a ser fieles en nuestro seguimiento al Señor Jesús. La cuestión es que nos ha dicho que de Él sale la fuerza que nos da la vida (Mt 5,25-30). Pablo insiste en que “el Evangelio es la fuerza de salvación de Dios” (Rm 1,16). El problema es que quizá seguimos sin enterarnos.

6. Seas quien seas, sal de tus anocheceres sin fin, de tus melancolías; sal y abraza al que viene a tu encuentro. ¿No le conoces? Se llama Emmanuel. Salió del Padre para encontrarse contigo. Repito, sal de ti mismo, de tus tristezas y ¡déjate encontrar por Él!

7. Es normal llegar a tener los ojos cansados de tanto mirar resplandores que dan paso a penumbras estridentes. Sí, es normal. Lo que no es tan normal es que nos rindamos sin más ante estos desgastes. Miremos más alto, más allá de las nubes grises, mira bien, no te vayas a perder la sonrisa de Dios, tu Padre.

8. La mirada penetrante y el silencio. Así nos tenemos que plantar ante el Sagrario. Mirar hasta ser mirado por Él, y callar hasta que su Palabra se abra en nuestras entrañas. Entonces es cuando empieza la Fiesta, sí, la fiesta de Dios contigo y la tuya con Dios. Hablamos de la adoración perfecta.

9. “Hemos visto y oído”, dijeron Pedro y Juan a los miembros del Sanedrín (Hch 4,20). Hemos visto y oído al Hijo de Dios, hemos sido revestidos del Espíritu Santo, hemos saboreado el amor de Dios Padre. Esto es lo que dicen al unísono los discípulos de Jesús de generación en generación.

10. Escarbar el alma, hacer en ella una oquedad en la que puedan caber las palabras de Vida y de Gracia de las que está lleno el Evangelio del Señor Jesús. He ahí uno de los trabajos más gratificantes que hacemos los que tenemos la pretensión de llegar a ser sus discípulos.

11. Fijar nuestro ser, todo nuestro ser en el Sagrario, y preguntarle al Señor una y otra vez ¿quién eres tú?, hasta que oigamos su Voz; algo así como si el Hijo de Dios se estuviese presentando a sí mismo, pues oímos lo mismo que oyó la samaritana: “Yo soy, el que te está hablando” (Jn 4,26).

12. Señor, yo nací para alcanzar la gloria, eso es lo que siempre me enseñaron, y así hasta que te conocí y me hablaste de otra Gloria, la misma que tú recibiste del Padre (Jn 1,14). Bendito seas, Señor, por hacerme partícipe de la gloria que permanece para siempre, la que conmigo sobrevive a mi sepulcro.

13. María guardaba tus cosas en su corazón (Lc 2,19). Me encanta su dulzura, su predicación silenciosa, su maternidad conmigo. Ella me enseña a saber escoger cuando mis cosas entran en conflicto con las tuyas, Señor. Y cuando escojo las tuyas, entonces, al igual que ella, puedo decir: ¡Señor, te amo sobre todas las (mis) cosas”!

14. Los pastores posiblemente eran analfabetos; sin embargo, al oír la Buena Noticia dejaron sus bienes en el descampado a expensas de los ladrones y se encontraron contigo, Señor. Sí, posiblemente analfabetos; no obstante, más sabios que todos los doctores de Israel juntos…, quizá también más que yo.

15. Cada vez que la Palabra se abre al hombre derramando la sabiduría de Dios, es Él mismo quien, inclinándose hacia nuestra alma, la alimenta.

16. Cuando un hombre hace la voluntad de Dios establece un lazo de unión entre el cielo y la tierra. Es lo que rezamos en el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

17. Si al mirarme en el Evangelio no quedo avergonzado por mi infidelidad crónica, tampoco me avergonzaré en mi muerte cuando los ojos de mi alma se crucen con los tuyos, mi Dios.

18. El olvido hacia la otra persona tiene mucho que ver con las limitaciones de nuestra capacidad de amar. La mirada del Hijo de Dios sobre ti como la que dirigió a Pedro cuando le negó (Lc 22,61), está cargada de memoria. Jesús nunca olvidará que un día te miró y te propuso ser su discípulo.

19. Señor, cuando el sacerdote deposita en mis manos tu Cuerpo me pregunto qué más tendrías que hacer para derribar los muros que, en mi inconsciencia, levanto contra ti. Dios mío, aumenta mi fe y crecerá mi fidelidad.

20. Señor, cuántas veces me oigo a mí mismo decir: ¡Si el Evangelio fuese la verdad absoluta, creería en él y lo cumpliría! Si los mártires hubiesen mareado la perdiz con ésta o parecidas reflexiones, no habrían ofrecido su vida, ni tendríamos santos en la Iglesia… Y Dios no tendría hijos nacidos del poder de su Palabra (Jn 1,11-12).