Iglesia de Santa Maria de Tarrasa

Fotografía: Josep Bracons (Creative Commons)

1. Todos conocemos las angustias y zozobras del alma. A veces basta un cambio de piezas en el puzle que con tanto trabajo hemos compuesto en nuestra vida para sucumbir en amarguras y desolaciones. Basta un poco de fe y confianza para hacer nuestras las palabras del salmista… “pero Dios escucha mi voz, su paz rescata mi alma” (Sl 55,18-19).

2. Ir con amor al Evangelio, acariciar repetidamente, sin prisas, sus palabras, hasta despertar a Dios que reposa en ellas para que nos revele el espíritu y la vida de que están revestidas (Jn 6,63).

3. Pienso que la muerte de los discípulos de Jesús, hijos de la Iglesia, son sin juicio por medio. Dios se echa a su cuello cuando lleguen a su presencia, como dijo Jesús (Lc 15,20).

4. Pocos dolores hay tan insoportables como la soledad del alma, bien lo sabe Dios. De ahí que venga a nuestro encuentro con la esperanza de que le abramos la puerta; entonces, como Él mismo dice, “Entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo” (Ap 3,20).

5. Los pobres de espíritu son aquellos que, por su confianza total en Dios, crecen hasta la altura del Evangelio. No necesitan recortarlo ni adaptarlo, su corazón está hecho a la medida de la Palabra de Vida: el Hijo de Dios.

6. Cuando Jesús proclama que es la puerta por la cual entran sus ovejas (Jn 10,9), está anunciando también que da a sus discípulos como alimento poder saborear el Misterio de Dios oculto en las Escrituras.

7. Somos libres hasta para rechazar a Dios aun a riesgo de traicionar nuestra razón de ser. Me explico. Hemos nacido para ser hijos de Dios; pero, en nuestra libertad, podemos escoger ser extraños a Él. Aunque parezca inaudito, podemos traicionarnos hasta llegar a convertir en nada la riqueza infinita de nuestra alma.

8. Adoración envuelta en el silencio, silencios que no son sino pausas de los clamores del alma enamorada. ¡Qué grandes nos hizo Dios haciéndonos capaces de adorarlo! ¡Qué exiguos podemos llegar a ser si nos ponemos de perfil ante sus pasos!

9. Sólo Dios saca lo mejor de ti mismo, sólo su Palabra es capaz de atravesar tu alma dejando en ella melodías nunca compuestas. No es fácil en absoluto llegar a creer que Dios desee tener una relación así contigo.

10. Sumergirse en un texto del Evangelio, dejar que sus palabras se posen suavemente en nuestro interior, dar tiempo al alma para acariciarlas hasta que, en el Tabor que llevas dentro, resplandezca el rostro de Dios.

11. “Cuando encontraba tus palabras yo las devoraba, eran para mí gozo y alegría de mi corazón” (Jr 15,16…). Si Jeremías experimentó el estremecimiento del alma ante la Palabra, ¿cómo será cuando veamos su rostro? (Ap 22,4).

12. Si todo lo que Dios creó es bueno, ¿cómo será Él mismo? Sabio es aquel que, valorando y disfrutando lo que le rodea en su justa medida, da rienda suelta a las alas de su corazón para ir al encuentro de Aquel de quien nace todo bien.

13. Hemos sido creados para vivir en Dios; también podemos optar para vivir en los escasos y limitados márgenes de la propia existencia. Sólo los inconformistas arriesgan a romper su vida acotada y se lanzan a la búsqueda de Aquel que nunca les limitará.

14. Sólo los indomables alcanzan a ser hijos de Dios; los domables meten voluntariamente sus cabezas y sus mentes en las argollas que les ofrecen las sirenas que, con sus cantos, les salen al paso. Sólo los indomables rechazan ser sometidos por el canturreo del mundo.

15. Para conocer a Dios es necesario, como dice Jesús, “escuchar al Padre y aprender” (Jn 6,45). Tengamos en cuenta que aprender significa prender con fuerza. De eso se trata, de amar tanto el Evangelio que lleguemos a prenderlo en el alma.

16. “Yo soy el pan de vida”, dice Jesús (Jn 6,48). Acerca de estas palabras, dicen los santos Padres de la Iglesia que la Eucaristía es el broche de oro que cierra el collar engarzado por las perlas de la Palabra de Dios. Las perlas tienden al broche, y el broche presupone las perlas.

17. No hay duda, nos da miedo la muerte porque atenta contra los impulsos vitales propios de nuestro ser. El engaño de Satanás consiste en dejar de lado el miedo a la muerte y meternos miedo de Aquel que dijo: “El que cree en mí tiene vida eterna”.

18. Llevamos dentro nuestro propio Tabor en el que el Evangelio, escuchado con amor obediencial, se convierte en el Hijo de Dios transfigurado que nos colma con su Luz. Aun así, el demonio no deja de presentar ante nuestros ojos sus fuegos artificiales: eso, luz artificial.

19. Una persona que es enseñada por su Maestro y Señor a adorar desde el alma es invencible frente al mal, sea cual sea su dimensión, incluso la de la muerte, como dice Pablo, “el último enemigo a ser vencido será la Muerte” (1Co 15,26).

20. Todo discípulo de Jesús es en cierta manera su Eucaristía para el mundo, pues, al igual que su Señor, entrega su vida por la salvación de los hombres, como nos dice Pablo: “Mientras nosotros morimos, el mundo recibe la vida” (2Co 4,11-12).