Eucaristía

Fotografía: Catholic Church England and Wales (Creative Commons)

1. Hemos de pedir a nuestro Señor Jesucristo que nos colme con su Presencia hasta tal punto que podamos acercarnos a quien nos hiere, con su amor, pues el nuestro se ahoga ante toda ofensa.

2. Digan lo que digan, hagan lo que hagan, maquinen lo que maquinen, nadie podrá despojar a un discípulo de Jesús de su experiencia con Él. Experiencias por las que aquellos que vomitan su odio darían todo lo que tienen si la conocieran. Aun así, que sepan que estas experiencias están también a su alcance.

3. Recordemos que el discípulo de Jesús es exactamente igual a todo hombre en lo que a la debilidad se refiere. De hecho, la única diferencia entre los que acogen o rechazan a Jesucristo es que los que lo acogemos somos sostenidos por Él, como él fue sostenido por su Padre (Is 42,1).

4. Dios con nosotros, Emmanuel. Si realmente creyéramos en lo más profundo de nuestro ser que Dios habita en su Palabra y en la Eucaristía, toda nuestra vida estaría marcada por la Prioridad de todas las prioridades: estar con Él y a su servicio.

5. El tentador emplea mil argucias para separarnos de Dios, y también para asustarnos a la hora de acoger su Palabra. Deberíamos hacerle frente con palabras llenas de promesas como: “en las palmas de mis manos te llevo tatuado” (Is 49,16).

6. “Mi Padre es quien os da el pan verdadero” (Jn 6,32). Sí, -podría seguir diciendo Jesús- el Pan que os da la vida y que fue horneado en el fuego ardiente de mi amor cuando, con vuestra cruz, me dejé conducir a la muerte. Yo soy el Pan de Vida, en la Eucaristía me tenéis.

7. “Yo tengo para comer un alimento que vosotros no conocéis” (Jn 4,32). El alimento de Jesús es conocer al Padre, y es también el nuestro cuando se cumplen en nosotros estas palabras suyas: “Yo conozco a mis ovejas y las mías me conocen a mí” (Jn 10,14).

8. Cuando Dios llama a un hombre para ser sacerdote, le está diciendo: ¡Tú no confías en ti, pero yo sí! Y tanto que te confío las palabras de Vida que mi Padre me confió a mí. Oigamos lo que dice Jesús al Padre: “Las palabras que tú me confiaste se las he confiado a ellos” (Jn 17,8).

9. “Mi delicia es hacer tu voluntad” (Sl 48). Esta disposición del salmista nos abre a una relación con Dios bellísima, liberadora, pues nos lleva a seguir sus indicaciones porque hemos encontrado en ellas la alegría perfecta, la que nadie nos podrá arrebatar (Jn 16,22).

10. Antiguamente los poderosos compraban hombres y mujeres en los mercados de esclavos para enriquecerse a costa de ellos tratándoles como bestias de carga. Dios, amor incomprensible, nos compró con la sangre de su Hijo para hacernos hijos suyos (1P 1,18-19).

11. Un discípulo de Jesús es alguien que ha sido seducido por el Invisible y llevado a un asombro inmenso al vivir un Amor no escrito, el de Dios. Es por ello que llega un momento en que puede decir con María, su Madre: “el Señor ha hecho en mi favor maravillas” (Lc 1,49).

12. Nada hay más atrayente y seductor a nuestra naturaleza que adentrarnos en el mundo de lo increíble e incluso hasta imposible, de hecho no pocos mueren en el intento. Sepamos que esta atracción de Dios no es ni peligrosa ni letal; al contrario, ¡es la atracción por la Vida!

13. Un dilema: ante el Evangelio de Jesús no valen ni componendas ni arreglos florales. La impotencia se llama impotencia; esto es lo primero que se experimenta ante sus palabras. No nos queda otra que mirarle a los ojos, como Pedro, y decirle: Si me llamas a caminar sobre las aguas de mi impotencia, voy. Y Jesús le dijo: ¡Ven!

14. Te daré toda mi gloria, dijo Satanás al Hijo de Dios en el desierto. Yo te glorificaré, le había prometido su Padre (Sl 91,15). Jesús escogió la glorificación del Padre a la de Satanás. La fidelidad a Dios es más cuestión de Sabiduría que de propósitos.

15. Discípulo amado es aquel que es capaz de reconocer su Rostro allí donde los demás se debaten en un mar de incertidumbres. “El discípulo a quien Jesús amaba gritó a Pedro: ¡Es el Señor!” (Jn 21,7).

16. El sentido oculto de las Escrituras es un muro que se interpone entre el hombre y Dios; muro que se tambalea y termina por caer ante sus verdaderos buscadores, los que van hacia Él con corazón sincero.

17. Señor Jesús, concédenos encontrar nuestro desierto también en la gran ciudad; primero por nosotros mismos, para no ser domesticados por la feria de las vanidades que gira en ella día y noche. También por la ciudad, para que sea algo más que cemento, contratos y empujones por subir y subir.

18. No hay mayor alegría que la de ser conscientes, plenamente conscientes, de que Dios tiene el firme y gozoso deseo de habitar, encarnarse, en un corazón que acoge y guarda amorosamente su Palabra (Jn 14,23).

19. Devorar amorosamente las palabras que Dios nos da en las santas Escrituras, como Jeremías; saborearlas suavemente, como los grandes amigos de Dios; he ahí lo que hace que el hombre crezca “a la madurez de la plenitud de Jesucristo”, como dice Pablo (Ef 4,13).

20. Una espada te atravesará el alma, dijo Simeón a María. Sus hijos, discípulos de Jesús, llevamos el seno atravesado por la misma espada, y de él corren ríos de agua viva. San Agustín hablará de los ríos de la predicación del Evangelio.