María Inmaculada

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

1. Los santos Padres de la Iglesia nos dicen que la Palabra de Dios está revestida de la energía del Espíritu Santo. Gracias a esa energía que acogemos dejamos a Dios trabajar dentro de nosotros.

2. Benditos los ojos del corazón que acogen por la Palabra el amor que mueve montañas, porque serán capaces de ver al Dios vivo, deleitándose como un padre se deleita con su hijo al dar sus primeros pasos.

3. Escribió san Buenaventura, Superior General de los Franciscanos, a sus hermanos: “No busques en las Escrituras la ciencia, sino el sabor”. Es cierto, Dios se hizo Palabra viva para que pudiéramos saborearla con la razón y el espíritu.

4. El que llega a ser de Dios no soporta su ausencia; como María Magdalena que, desafiando toda prudencia, se encaminó antes del amanecer hacia el sepulcro. Su audacia movió a Jesús a llamarla por su nombre (Jn 20,16).

5. Reconoce los silbidos del buen Pastor que se acerca. Saborear la música, la melodía de cada una de sus palabas, es lo que alimenta y fortalece la fidelidad de los discípulos hacia su Buen Pastor.

6. Todos necesitamos saber que somos importantes; pues bien, cuando percibimos que el Evangelio no es un libro de masas sino el tuyo, el que fue escrito para ti, entonces sí que te sientes importante; el Hijo de Dios lo predicó pensando en ti.

7. Estar atento a los pasos de Dios, como la joven enamorada asomada a la ventana lo está al paso de quien ama, sabiendo que tarde o temprano cruzará la calle que les separa. El que está así, expectante ante el paso de Dios, sí que sabe de amor.

8. Buscar a Dios cuando los pliegues de las tinieblas aún no se han recogido, adentrarse al alba para palparle en su Palabra, he ahí el amor más fuerte que la Muerte, profetizado en la Escritura (Ct 8,6).

9. El espíritu del Señor está sobre mí, dijo el profeta acerca del Mesías, (Is 61,1), profecía que se extiende, a lo largo de la historia, a multitud de hombres y mujeres que recibieron la misión de salar e iluminar el mundo (Mt 5,13-16).

10. A tu lado…, le dicen los amantes a Dios, ya sea de noche o de día, con luces o penumbras, en la saciedad o en el hambre; porque todo esto, la noche, el día, la luz, las tinieblas, pasan… menos “a tu lado estoy, mi Dios”.

11. “No está en sus cabales”, dijeron del Hijo de Dios (Mc 3,21). Lo dijeron también de san Francisco y de multitud de hombres y mujeres que vivieron y viven abrazados a su Evangelio. Sin embargo, es cada vez mayor el número de los que ¿viven…? amarrados a prácticas y ritos exotéricos y ocultistas desequilibrantes.

12. Abusos a menores, violencia conyugal con continuas escaladas de muerte, multitud de mujeres destrozadas por el supuesto derecho al aborto, y nuestros seudointelectuales mirando a otra parte menos a Dios. Tampoco se atreven.

13. Crecer hasta la medida de Jesucristo, como escribe Pablo (Gá 4,19), no para autocomplacernos, sino para que, al igual que Él, anunciemos el Evangelio que abre los ojos a los ciegos, los oídos a los sordos…, he ahí la razón de ser de los discípulos del Señor Jesús.

14. No podemos dar frutos agradables a Dios si no imitamos a Abraham que salió de su torre. Por eso Jesús dijo a sus discípulos que darían fruto siempre que saliesen de sí mismos: “Os he elegido para que vayáis y deis fruto…” (Jn 15,16).

15. El núcleo de la predicación de los discípulos de Jesús no es tanto lo que hayan estudiado o leído, sino fundamentalmente lo que hayan visto y oído en las palabas vivas de su Evangelio.

16. Sabio según Dios es aquel que es consciente de que todo su tener es limitado. Por eso, sin dejar de vivir en el mundo se abre al infinito de sus palabras. “He visto el límite de todo lo perfecto; tus palabras se dilatan sin término”.

17. “Bien sé en quién tengo puesta mi confianza”, dice Pablo (2Tm 1,12). He aquí la fuerza que mueve a los discípulos del Señor para afrontar todos los vientos contrarios que comporta la evangelización. Saben que su Señor les sostiene y conduce.

18. Caer, como san Pablo, del castillo de nuestras vanidades, inconsistentes de por sí; palpar el suelo con nuestras manos y dejarse abrazar por Aquel que, camino del Calvario, también cayó, amortiguó tu caída y te llama a vivir.

19. “Te basta mi gracia”, dijo Jesús a Pablo y a todo aquel a quien invita a seguirle (2Co 12,9). Por otra parte, a nadie le basta todo lo que el mundo le da; siempre ansiamos más y más de todo. He ahí la trampa asesina de Satanás.

20. No te fiarás totalmente de Dios hasta que no seas totalmente consciente de que Él se fía de ti. Hagamos nuestro el fascinante testimonio de Pablo: “Se fio de mí, me hizo capaz y me confió este ministerio” (1Tm 1,12).