Orando en una iglesia

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

1. Gran ciudad, gran soledad, dijo R. Bacon. Yo digo que no importa si uno vive en una mega ciudad o en un pequeño pueblo. La soledad que realmente hiere es la del hombre sin Dios.

2. La tentación de apoyarnos en personas o, peor aún, en nuestras cosas, nos acompañará toda la vida. No están mal las cosas, mucho menos las personas que nos han y a las que hemos querido. Pero no son Dios, la Roca que nos sostiene.

3. A veces nos gusta viajar en el tiempo bien hacia delante, bien hacia atrás. Nuestro existir es todo él un gran viaje; no nos equivoquemos, busquemos bien a nuestro compañero de camino, el que vino del Padre y a Él nos lleva.

4. Cuando el Evangelio no atraviesa nuestra forma de vivir, mucho de descafeinado nos han dado. El Evangelio siempre nos desconcierta, y así tiene que ser para llevarnos al concierto, a la comunión con Dios.

5. Lo más pernicioso de la increencia es que bloquea las intuiciones del alma, aquellas que nos sacan de las rutinas y las prisas que, por si fuera poco, consideramos normales en nuestra vida.

6. Las Bienaventuranzas (Mt 5,1…) son el gran secreto dado por Jesús para crear una humanidad en continuo crecimiento hacia la comunión perfecta, como si una sola mano nos uniera a todos, la mano de Dios.

7. Hemos avanzado enormemente en la consecución del confort; sin embargo no nos sentimos confortados, nunca hemos sido tan débiles ante la contrariedad. Quizás el problema es que nos hemos creído autores, gestores de nuestra felicidad.

8. Dios todo lo hace bien en ti. Bien sabían esto nuestros mayores sin ser grandes lumbreras. Hoy queremos desplazar a Dios para que las cosas nos salgan mejor. Ya lo hizo Israel (Os 4,12) y terminó en el destierro.

9. Abrir la Escritura, observar cómo las palabras se van desperezándose, como si te estuvieran esperando a ti para despertarse; ser testigo de cómo se abren a tu alma. Quizá a esto se refería Jesús al decir que había que adorar a Dios en espíritu y verdad (Jn 4,24). Es un adorar desde la Palabra que culmina en la Eucaristía.

10. Me encanta la interpretación de san Bernardo a estas palabras de Jesús: “Nadie tiene amor más grande que el que da su vida por sus amigos” (Jn 15,13). Oigámosla: “Nadie tiene misericordia mayor que el que da su vida por los sentenciados a muerte”.

11. Por más que la Iglesia sea manchada por los mayores pecados imaginables, Jesús continúa, como diría el salmista, sosteniendo sus columnas (Sl 75,4). Columnas como los Apóstoles, san Agustín, san Francisco, santa Teresa…

12. Salió el sembrador a sembrar…, dice Jesús. Siempre hay que salir para hacer la obra de Dios. Salió Abraham, salió Moisés y, sobre todo, salió Jesús y volvió al Padre (Jn 16,28). Sí, salimos espoleados por la llamada del Hijo, y de su mano vamos al Padre.

13. Un discípulo de Jesús está, como cualquier otro hombre, expuesto a la terrible dolencia de la soledad. Sin embargo, su relación de amor con la Palabra viene en su ayuda, pues sabe que, pase lo que pase, Dios piensa en él, como dice el salmista (Sl 40,18).

14. Nadie quiere atarse a nadie, ni vender su libertad. Palabras bonitas que ennoblecen tantos manifiestos y declaraciones. Sin embargo, la realidad es que nunca, en toda la historia, estuvo tan atado el hombre a las banalidades impuestas por los otros, no digamos ya a sus consignas.

15. Cuando Dios elige a alguien, también en nuestros días, tiene en el punto de mira a un mundo ansioso por vivir y, al mismo tiempo, obstinado en vivir a espaldas de la Vida. Dios, que ama al mundo, sella a unos hombres para enseñar a vivir a todos.

16. Los discípulos de Jesús entramos en el amplísimo colectivo de la llamada normalidad. No somos genios ni fenómenos en nada, eso sí, hemos sido amados por Dios y lo sabemos, y también lo anunciamos.

17. Si un día dejara de manar en el mundo la fuente de la compasión y del perdón, no haría falta una guerra nuclear para destruirlo, se aniquilaría él solo. Demos gracias a Dios por la garantía de que siempre habrá compasivos entre los hijos de su Iglesia.

18. Id al mundo entero y anunciad el Evangelio, dice Jesús. Sus discípulos así lo hicieron y lo siguen haciendo; son hombres y mujeres sin patria que, cuando se ven desplazados y perseguidos, elevan su mirada a Dios y le dicen: “Anota en tu libro mi vida errante” (Sl 56,9).

19. La relación entre un bautizado y Dios como Padre es directamente proporcional a la riqueza del Espíritu Santo que habite en su interior. Él es quien le impulsa a mirar a lo alto y clamar: ¡Abba, Padre! (Rm 8,15).

20. Dios regala la riqueza de su Palabra a aquellos que, al igual que el salmista, consideran que ella es su herencia perpetua (Sl 119,111). Es lógico: Dios regala su Espíritu, del que está lleno su Palabra, a quien sabe apreciarlo.