Bosque

Fotografía: Couleur (Creative Commons)

1. Tener nuestros ojos habituados al Misterio de Dios, he ahí uno de los mayores dones que Él puede concedernos. Jesús abre nuestros ojos ciegos para que podamos ver al Padre como lo ve Él (Jn 14,8-10).

2. Dice san Efrén: “Bendito el Escondido que brilla”. Sí, bendito el Hijo de Dios y benditos también aquellos que, a fuerza de buscarle, lo encuentran oculto en su Evangelio. Benditos porque con Él vencerán sus tinieblas (Jn 1,5).

3. Dios está atento a los pasos de quien guarda sus palabras, dice el salmista (Sl 119,168). Puede tropezar en su caminar e incluso caer, pero siempre encontrará tendida la mano de su Buen Pastor.

4. Cuando todo se tuerce y nos encontramos a contracorriente de todo y agobiados por preocupaciones sin fin, recordemos lo que dijeron los apóstoles de Jesús cuando la barca se hundía: “¡Hasta los vientos y el mar le obedecen!” (Mc 4,41).

5. Si hiciéramos como mínimo el mismo esfuerzo en agradar a Dios que el que empleamos, y bastante tontamente, en agradar a los demás, seguramente que nos encontraríamos bastante mejor.
6. El mal que surge de un impulso puede ser fácilmente saneado, el que nace de un cálculo más que premeditado tiene unos cimientos peligrosamente sólidos.

7. Allí donde se encuentra un discípulo de Jesús, los desgraciados y desvalidos de su entorno encuentran una razón muy seria para vivir y también para confiar en Dios.

8. “Su paz rescata mi alma”, proclama el salmista (Sl 55,19). No cualquier paz, sino la de Dios que es muy parecida a la que experimenta un condenado cuando es absuelto de su culpa. Es como si volviera a nacer.

9. Todas las riquezas del mundo puestas en una balanza son nimiedades comparadas a la de un alma que un día llegase a reconocer a Dios como Padre hasta el punto de susurrarle: ¡Padre mío!

10. ¿Cómo va a creer el mundo la invitación de Jesús de ir hacia Él cuando estemos cargados y agobiados (Mt 11,28…), si nosotros mismos resolvemos nuestros desencuentros con actitudes vengativas?

11. Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza. Nosotros dimos la vuelta al plan de Dios haciendo de Él un diosecillo a nuestra medida, es decir, insignificante.

12. Una ciudad sin hospitales, colegios, universidades, centros de ocio, etc., sería una ciudad fantasma, un cementerio viviente. En la misma línea una ciudad sin cristianos sería el aglomerado de una sociedad inhóspita.

13. Presencia de Dios en los desesperados, eso quiso Jesús que fuésemos sus discípulos. Hemos de ir al encuentro de aquellos que expoliados de toda esperanza, buscan en la violencia su válvula de escape.

14. Pretender ser discípulos de Jesús sin arrancar los egos que tenemos en el corazón, supone jugar un triste papel en la gran epopeya de la salvación del mundo que Jesús, el Salvador, nos ha confiado.

15. Algo hermoso se manifiesta a los ojos del mundo cuando nos hacemos con un pedazo de la Belleza infinita de Dios y la derramamos como fragancia sobre los hombres. Esta es la belleza que cambia los corazones.

16. De nada sirve derramar lágrimas ante las humillaciones del Crucificado si no hacemos un camino de simplicidad sabiendo escoger el último puesto entre nuestros hermanos, el puesto que Él escogió.

17. “Dios conoce cada uno de mis pasos”, dice Job (Jb 23,10), a pesar de que el mal se ha cebado en él. Quizá nuestro mayor problema cuando el mal nos invade es pensar que Dios se ha deshecho de nosotros. No fue esto lo que pensó Job.

18. Tres tentaciones acosan a los que un día acogimos la llamada de Dios: la rutina, el tedio y el escepticismo. Las tres tienen un papel para minar la elección que recibimos y, además, las tres van de la mano.

19. Un silencio interior acompaña al son de amores expansivos, a la Palabra que ha encontrado su sitio en un alma…; en el alma de quien, con el oído atento, la lee y escucha.

20. ¡Qué hermosos son los pies del mensajero que anuncia el Evangelio a los pobres! Sí, a aquellos que, aun teniendo lo que han querido, comprendieron que no tienen ni son nada sin Dios.