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Fotografía: Iglesia en Valladolid (Creative Commons)

Comienza este Salmo con un himno de alabanza a Dios por las maravillas que ha realizado en la creación. Poéticamente, el autor refleja la gloria de Dios, que está presente en todas sus obras: «El cielo proclama la gloria de Dios, el firmamento pregona la obra de sus manos… a toda la tierra llega su eco, hasta los límites del orbe su lenguaje».

El salmista está haciendo presente que todo lo que sus ojos ven, que todo lo que captan sus sentidos son la primera catequesis que Dios da al hombre anunciándole su poder y su presencia y, efectivamente, así es. Dios se va manifestando a la humanidad en primer lugar por su obra creadora. Más adelante se escoge un pueblo: Israel. Y, fruto de este pueblo, el Mesías, en quien la relación del hombre con Dios alcanza su culmen. Ya no es una relación de dependencia en la que prima el temor por la grandeza divina. Es una relación en el amor, ya que Jesucristo vence el temor y la muerte y nos catapulta a la condición de hijos, donde queda anulada toda ley y somos conducidos a una relación de confianza filial.

Y así vemos cómo el salmista anuncia, partiendo de la creación, que Dios «ahí le puso una tienda al sol». Decíamos que el salmista parte de los elementos de la creación y profetiza que en el mar, que en la espiritualidad de Israel es imagen de la muerte, Dios levanta una tienda hacia el sol, es decir, hacia sí mismo. El profeta Ezequiel nos describe una visión que hace referencia a las palabras del salmista: «Me llevó a la entrada de la casa y he aquí que debajo del umbral de la casa salía agua, en dirección a oriente, porque la fachada de la casa miraba hacia oriente. El agua bajaba de debajo del lado derecho de la casa, al sur del altar» (Ez 47,1).

Tanto el salmista como el profeta están anunciando el mismo acontecimiento salvífico. Tanto el «sol» como el «oriente» significan en la Escritura «la luz de Dios». Uno habla de una tienda plantada en el seno del mar proyectada hacia el sol, de ella sale Él mismo «como un atleta, corriendo una carrera que llega hasta los extremos del cielo». Ezequiel nos habla de un surtidor que sale del lado derecho de la casa, que ya vimos más arriba que «estaba levantada hacia el oriente», cuyas aguas «llegan hasta el mar, hacia el agua hedionda, la cual queda saneada» (Ez 47,8).

Tanto la tienda del salmista como la casa del profeta significan la nueva tienda y el nuevo templo plantados por Jesucristo en el Calvario. Allí planta Dios su propio misterio. Misterio que ya no está oculto, es revelado a partir de la apertura del costado del Mesías. Se ha abierto el seno de Dios, su misterio se hace transparente al hombre. De este costado nace la vida eterna que «se expande por todos los confines de la tierra». «En Jesucristo, también vosotros, tras haber oído la Palabra de la verdad, el Evangelio de vuestra salvación, y creído también en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa» (Ef 1,13).

Palabra de la Verdad, acabamos de oír a san Pablo refiriéndose al Evangelio. El salmista, movido por el Espíritu Santo, y viendo a lo lejos que Dios iba a transformar la palabra ley en palabra de salvación, nos dice que «estas son más apetecibles que el oro más fino y que son más dulces que la miel», y él mismo, que se sabe buscador de Dios, le dice que «se empapa de sus palabras y que su herencia consiste en guardarlas». Jesucristo, totalmente empapado en su espíritu por la palabra del Padre, nos dice «mis Palabras son Espíritu y Vida…» (Jn 6,63); empapémonos, pues, de ellas.

Cuando Dios abrió el costado de Adán y creó a Eva, este, despertado de su profundo sueño, al verla exclamó: «Esto sí que es carne de mi carne y hueso de mis huesos» (Gén 2,23).
De la misma forma, abierto el costado de Cristo, Dios ofrece a la humanidad el surtidor de vida eterna, el Evangelio, para que pueda empaparse de él. Entonces, Jesucristo, victorioso, despertado del sueño de la muerte, dirá sobre el hombre palabras análogas a las que dijo Adán sobre Eva: «Esto sí que es espíritu de mi espíritu y vida de mi vida».

Cuando Jesús fue al Jordán para ser bautizado, se abrieron los cielos y se oyó la voz del Padre, quien proclamó que su Espíritu se complacía en su Hijo. El Padre puede hablar de esta complacencia porque su Hijo no sólo está empapado de la palabra de la vida, ¡Él mismo es la palabra de la vida! De la misma forma, cuando un hombre está traspasado por el Evangelio hasta la médula, cuando tiene su alma totalmente empapada por la Palabra y esta mueve todas sus decisiones, también sobre él se abren los cielos y oye la voz de Dios que proclama: «Tú eres mi hijo amado en quien me complazco».