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Fotografía: Ander Alegría (Creative Commons)

En este Salmo encontramos una súplica que un hombre angustiado lanza a Dios desde su situación de abandono y desamparo: «A ti clamo, Señor. Roca mía, no seas sordo a mi voz. Que tu silencio no me deje como los que bajan a la fosa».

Como vemos, este hombre emplaza a Dios a que pronuncie una Palabra sobre él, pues sabe que toda palabra que sale de la boca de Dios le dará la vida, le levantará de su postración y abandono… Por eso puntualiza: «no seas sordo a mi voz. Que tu silencio no me deje…».

Jesucristo es la Palabra hecha carne que Dios envía para dar vida a todo hombre que, en sus angustias y aflicciones, se siente representado por nuestro salmista. Escuchemos cómo inicia san Juan su evangelio: «En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba con Dios, y la Palabra era Dios. Ella estaba en el principio con Dios. Todo se hizo por ella y sin ella no se hizo nada de cuanto existe. En ella estaba la vida y la vida era la luz de los hombres» (Jn 1,1-4).

Esta Palabra-Vida, que es la salvación del hombre, la entendió muy bien el apóstol Pedro cuando, después de la multiplicación de los panes, en un momento en que la muchedumbre, satisfecha con el milagro, había rechazado y abandonado a Jesús, preguntando Él a los apóstoles si también querían marcharse, respondió en nombre de todos: «Señor, ¿dónde quién vamos a ir? Tú tienes palabras de vida eterna» (Jn 6,68).

El mismo Juan, en su predicación a las comunidades, insiste en Jesucristo como aquel que Dios ha enviado como palabra de Vida para el hombre. Así inicia la primera de sus cartas: «Lo que existía desde el principio, lo que hemos oído, lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de Vida, pues la Vida se manifestó…» (1Jn 1,1-2). El apóstol dirá que el hecho de ver, oír, contemplar y tocar la palabra de Vida es lo que hace posible que estén en comunión con el Padre y con su Hijo Jesucristo (1Jn 1,3).

Volvamos al salmista que prorrumpe en una exultante alabanza a Dios porque ha sido escuchado en su oración. Es una primicia de la definitiva alabanza salida de Jesucristo cuando su Padre lo levantó del sepulcro. Recogemos sus palabras: «¡Bendito sea el Señor, que escuchó mi voz suplicante! El Señor es mi fuerza y mi escudo, en Él confía mi corazón. Me socorrió; mi carne florece y le doy gracias de todo corazón».

Decíamos que esta alabanza anuncia la victoria de Jesucristo sobre la muerte, a la que fue conducido por su fidelidad al Padre y al hombre. El Hijo de Dios, efectivamente, fue devuelto a la vida, y Vida eterna, tal y como lo anunció en repetidas ocasiones. Entresacamos esta cita: «Por eso me ama el Padre, porque doy mi vida para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita, yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17-18).

Jesucristo hace de su vida un continuo escuchar al Padre; por eso tiene conciencia de que puede ir a la muerte sabiendo que la Palabra-Vida que lleva consigo no puede morir, y es en sí la garantía de su resurrección.

Pero esta victoria de Jesús no es solamente para Él. Muere para hacer partícipes de su triunfo a todos aquellos que encarnan la Palabra-Vida. Le oímos hablar así en el siguiente texto: «Mis ovejas escuchan mi voz, yo las conozco y ellas me siguen. Yo les doy la vida eterna y no perecerán jamás, y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,27-28).

Detengámonos en la secuencia de esta cita evangélica: «Las ovejas escuchan la Palabra», que las permite entrar en comunión con Dios. «Yo las conozco». A partir de esta comunión, pueden seguir al Hijo de Dios. «Ellas me siguen». Siguen a Jesucristo y ¿a dónde va Él? Sabemos que va al Padre (Jn 14,12). Por eso Jesús tiene autoridad para proclamar la gran promesa: «Yo les doy Vida eterna».

Todas estas promesas que hemos escuchado están cumplidas en Jesucristo y, al mismo tiempo, están contenidas en la Palabra. Ser cristiano significa que un hombre es tan sabio que acoge la Palabra como lo más importante de su vida. En ella, el hombre experimenta vivencialmente que Dios le ama con un Amor tan infinito y eterno como infinito y eterno es el Evangelio que le salva. Por eso nadie, ni siquiera la muerte, nos «arrebatará de su mano».