Ángel y cuervo

Fotografía: roibradbury (Creative Commons)

Siempre me ha fascinado al considerar los acontecimientos cotidianos ver cómo el bien y el mal viven juntos, parece que en el mundo, los ángeles y los demonios se dan la mano en un pacto incomprensible.

El pájaro que te deleita con su canto al amanecer, al atardecer se come tu sembrado. El abogado que ayer te defendió, hoy se querella contra ti. La persona que hoy te salva, mañana te condena. La mujer que hoy no soportas, ayer fue tu gran amor.

Es como decir que el bien y el mal viven juntos en un extraño acuerdo.

Esto es lo que vemos todos los que hemos comido del árbol prohibido del Paraíso. Y así pasamos nuestras vidas intentando coger lo que creemos que es bueno y evitar lo que creemos que es malo.

En nuestro pensamiento más simple y egoísta esto se resume en quiero lo bueno y lo malo no, que es lo mismo que decir “no quiero sufrir”, como si nosotros supiéramos lo que nos conviene.

Todos vemos cómo nuestro egoísmo, (querer ser más listos, tener mas cosas, tener razón, sentirnos superiores, sentirnos queridos, ser más admirados por nuestra labor o cualidades, que se enamoren de nosotros, ser escuchados, que nos consideren y por supuesto que se demuestre que estamos en lo cierto, etc) es lo que muchas veces nos mueve a actuar. En este actuar uno hace cosas buenas y cosas malas para otros. Pero si somos honestos tendremos que reconocer que la mayoría de las veces el interés está en uno mismo, incluso llegamos a hacer cosas aparentemente altruistas por amor a los demás pero lo que realmente queremos es una recompensa en el Cielo para nosotros.

Y todo este proceder egoísta en pensamiento y acciones de cada uno de nosotros interactúa con el proceder egoísta de los demás haciendo que las relaciones con el prójimo no sean un encuentro de corazones abiertos, sino una colisión de ideas y emociones dando lugar muchas veces a un mundo lleno de olvido y dolor. Ese mundo del que todos muchas veces nos quejamos.

Sin embargo, no consigue uno ser más bueno por hacerse el propósito de ser más bueno, no suele funcionar. Ni siquiera muchas veces por cumplir los preceptos formales de tu religión, te haces alguien más bueno.

¿Cómo se cura la soberbia, cómo se cura la ira, cómo se curan los excesos, cómo se cambia el mundo? Todos sabemos que con humildad, paciencia, templanza y amor. Pero para ir de la soberbia a la humildad o de la ira a la paciencia, la gracia divina ha puesto unos vehículos rápidos. El problema es que nadie los quiere coger, más bien la misma gracia divina nos sube a ellos a la fuerza. Los vehículos se llaman dolor y sufrimiento. El mismo dolor y sufrimiento que genera nuestro egoísmo. El mismo sufrimiento con el que los demonios castigan al mundo lo usan los ángeles de Dios para salvarte de ti mismo.

No se trata de curar al ego. No se trata de cambiar el ego actual por uno que creemos mejor. El ego y su egoísmo tienen que morir y nuestro ego lo sabe y, por tanto, sufrirá. Tiene que morir el hombre viejo para dar lugar al hombre nuevo. No hay cura posible, no hay otra posibilidad. Tal vez la imagen de Jesús en la cruz quiera decirnos algo al respecto.

No digo que busquemos el sufrimiento, ni que busquemos el placer. Digo que perdonemos y aceptemos al mundo porque Dios conoce todos sus designios y lo hace eternamente perfecto a cada instante derramando su Amor para ti con cada acontecimiento. Todo lo que te ocurre está pensado, medido y calibrado con la sabiduría divina, es perfecto, lo sepas o no. Tal vez nos toque sufrir por nuestro egoísmo un poco más hasta que nuestro ego muera para dejar de sufrir.

¿Tienen sentido estas palabras?