Puesta de sol

Fotografía: elwillybobby (Creative Commons)

Un israelita aclama a Yavé desde la angustia de su corazón por los inminentes peligros y profundas humillaciones que está sufriendo. Su clamor es un eco de los gritos lastimeros de su pueblo que está padeciendo la amargura del destierro: «¡Líbrame de mis enemigos, Dios mío, protégeme de mis agresores! ¡Líbrame de los malhechores, sálvame de los hombres sanguinarios».

Sin embargo, podemos percibir que su clamor no es de desesperación, sino de súplica esperanzada, ya que confía en que Yavé despierte, que abra los ojos, se apiade del sufrimiento de su pueblo y acuda en su auxilio: «¡Despierta! ¡Ven a mi encuentro y mira! ¡Tú, Señor, Dios de los Ejércitos, Dios de Israel!».

Nos es fácil identificar el grito-súplica del salmista con este otro de Jeremías. Este, mucho más atrevido y osado; solo los amigos íntimos de Dios pueden permitirse tal confianza con Él. Ante una calamidad que está pasando el pueblo, Jeremías se dirige a Dios en estos términos: «¡Oh esperanza de Israel, Yavé, salvador suyo en tiempo de angustia! ¿Por qué has de ser cual forastero en la tierra, o cual viajero que se tumba para hacer noche? ¿Por qué has de ser como un pasmado, como un valiente incapaz de ayudar? Pues tú estás entre nosotros, Yavé, y por tu nombre se nos llama. ¡No te deshagas de nosotros!» (Jer 14,8-9).

Dios, como siempre, responde con solicitud a la angustia de sus hijos. El profeta Isaías nos regala una imagen bellísima que nos certifica la respuesta siempre amorosa de Dios. Habíamos oído al salmista gritar: «¡Ven a mi encuentro!». Dios pone en boca de Isaías estas palabras de liberación a su pueblo, oprimido en Babilonia: «Ahí viene el Señor Yavé con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña y su paga le precede. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las madres» (Is 40,10-11).

Dios ha oído los gritos de auxilio de toda la humanidad, representados por los salmos y los profetas, y ha respondido de la forma más inimaginable que podríamos pensar. Nos ha visitado por medio de su propio Hijo que es la Palabra hecha carne. Él es la respuesta de Dios a la debilidad del hombre. Respuesta que es salvación y liberación. En su Hijo, Dios se funde en un abrazo con los corderos y corderas madres que hemos oído nombrar al profeta Isaías. Los corderos son todos los discípulos que, a lo largo de la historia, acogerán el Evangelio. Y las corderas madres son los anunciadores.

Tanto unos como otros llevan en su carne el odio del mundo, tal y como Jesús anunció: «Si el mundo os odia, sabed que a mí me ha odiado antes que a vosotros. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero, como no sois del mundo, porque yo al elegiros os he sacado del mundo, por eso os odia el mundo» (Jn 15,18-19). El Evangelio es el instrumento de elección de Dios. Todo hombre que vive abrazado a él vive su elección abrazado a Dios: Es como un cordero en sus brazos. Por ello y seguro en su contacto con Dios, puede gritar con el salmista: «Oh fuerza mía, para ti salmodiaré, pues Dios es mi ciudadela, el Dios de mi amor».

Volvemos al grito, que es el núcleo del presente salmo: «Despiértate, ven a mi encuentro y mira…». Y reconocemos en él el grito del hombre que quiere vivir en plenitud, ya que este deseo le es connatural. El problema del ser humano es que, albergando en su ser las ansias infinitas de vivir, no sabe cómo ni dónde ni de qué manera.

El Señor Jesús tiene la fuerza para catalizar y hacer posible este nuestro anhelo de existir en plenitud y perennemente. El Dios, lejano y a veces ausente, de la historia de Israel, y, por extensión, de la historia de todo hombre, responde con su Hijo a nuestras ansiedades. Por él, Dios se hace inmanente a nosotros llenando de luz y certeza lo que parecían anhelos utópicos. Él es nuestra vida eterna.

A este respecto, podríamos señalar la experiencia que tuvo el apóstol Pablo en su periplo evangelizador. Él mismo nos cuenta que, estando en Asia Menor, concretamente en Troada, tuvo una visión: «Un macedonio estaba de pie suplicándole: pasa a Macedonia, y ayúdanos» (He 16,9). Cuando Pablo nos narra este acontecimiento, nos dice que, junto a Timoteo, se dirigieron a Filipos, una de las principales ciudades de Macedonia.

El salmista grita a Dios para que actúe a favor de su pueblo. Dios permite que, en sueños, un macedonio grite a Pablo: «Pasa, ven a Macedonia y ayúdanos». El hombre ya no necesita, como el salmista, gritar a Dios que vive en lo alto. Ya puede gritar y dirigirse a alguien de carne y hueso como él, pero que es portador de la vida eterna al estar marcado por Aquel que le llamó, como fue el caso de Pablo. En definitiva, Jesucristo es la respuesta de Dios al grito «¡Ven!» de la humanidad.