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Fotografía: Zach Maddox (Creative Commons)

El valle de Elah está emplazado entre las dos principales ciudades de Israel: Jerusalén y Tel Aviv. La región que rodea el valle, circundada por las bajas y redondeadas colinas de cimas desgastadas de Judea, es una de las más importantes de la viticultura israelí. Los halagüeños vinos son catados, cada vez más, por nacionales y foráneos donde los visitantes logran percibir los secretos que esconde este lugar.

Desde el confortable alojamiento de las numerosas casas rurales y monasterios en los que se puede pernoctar, puede divisarse, a lo lejos, un espléndido paisaje verde. Al caer la tarde primaveral, el paseante puede adentrarse por agradables caminos zigzagueantes que discurren entre abundantes rincones sembrados de cereales y viñedos, a la sombra de almendros y algún que otro roble y terebinto, alfombrados multicolores de altramuces y flores de color rojo intenso, y dar con un arroyo. En él puede coger esas piedras lisas y sin aristas que, por la acción del agua y el choque con otras piedras, se les van quitando las deformidades y, ante su apariencia inofensiva, atraen tanto a los niños, que las lanzan al agua para competir en saber quién es el que más lejos consigue llegar, botándolas sobre la superficie.

El mismo arroyo en el que un muy joven pastor de ovejas y cabras, de cabellos crespos y rubios, ojos pequeños y grises, tez sonrosada y hermoso semblante, se arrodilló e introdujo sus manos para escoger cinco piedras lisas, las colocó dulcemente en su bolsa pastoril, en el zurrón que siempre llevaba, entre un pedazo de pan y un trozo de queso, y emprendió el camino, apoyado en su viejo cayado y con su honda en la mano, al encuentro con el gigante filisteo.

«¿Quién podrá contra mí?» – repetía a gritos Goliat, que helaban los corazones israelitas. Sus cerca de tres metros de altura, su casco de bronce, vestido con una malla estruendosa del mismo metal y empuñando una larga lanza, hacían que su desafío fuera incontestable por ninguno de sus oponentes.

El valle de Elah separaba los dos ejércitos, los filisteos al sur, sobre una colina, y los israelitas al norte, sobre otra. El gigante Goliat desafió a sus enemigos a que escogieran a un hombre para luchar contra él: «Si él puede luchar conmigo y me vence, nosotros seremos vuestros esclavos. Pero si yo puedo más que él y lo venzo, vosotros seréis nuestros esclavos y nos serviréis».

Diariamente, nos enfrentamos a desafíos y nuestros temores siempre nos acompañarán en la vida. Si al levantarnos, en el espejo, pudiéramos ver con cuántos y cuáles temores amanecimos…

«Yo tiraré tus huesos a las aves del campo y a los animales salvajes» dijo Goliat, después de burlarse de la niñez de David.

Gigantes. Del pasado, del presente y del futuro. Nos desafían y nos gritan, nos atemorizan y nos angustian. ¡Cuántos Goliats nos salen al encuentro, robándonos la paz, desahuciando de nuestro corazón la alegría!

Cuando el gigante filisteo se fue acercando al encuentro del joven pastor, David se dio prisa y corrió al combate. Entonces, metió su mano en el zurrón, tomó una de las cinco piedras lisas que escogió del arroyo, la colocó en su honda y la arrojó hacia la frente del gigante. La piedra quedó clavada certeramente y el gigante cayó de bruces en tierra.

Entonces, David corrió, se puso sobre el filisteo y, tomando la espada del caído, la desenvainó y lo mató, cortándole la cabeza. Así mató David al gigante Goliat.

Escoge tus cinco “piedras” y enfréntate a los gigantes que te desafían. Date prisa y corre al “combate”.

Las piedras lisas parecen inofensivas pero, al ser más aerodinámicas y tener menor resistencia, es más difícil que se desvíen de su objetivo por la acción del viento.

Tal vez, necesites arrodillarte para escogerlas.

Quítale aristas y deformaciones.

Sal al encuentro de tus gigantes.

Si al levantarnos, en el espejo, pudiéramos ver con cuántos y cuáles temores amanecimos…

y qué quedó de ellos al acabar el día.