Papa Francisco

Fotografía: JMJ Madrid 2011 (Creative Commons)

A nadie ha dejado indiferente la noticia de la renuncia de nuestro querido Papa, Benedicto XVI. Desde mi vivencia, he de reconocer que el corazón se me encogió en un principio, pero enseguida un sentimiento de cariño y comprensión me hizo dar gracias a Dios por haberle tenido como Pastor.

Todavía recuerdo el día de su nombramiento, 19 de abril de 2005. Estaba en casa de unos amigos, esperando al resultado de una jovial fumata blanca. Y tras ello… la incertidumbre y el “¿ahora qué?”

Raztinger ha sido un discípulo que se ha ido dejando querer y admirar por los que no lo conocíamos mucho, la verdad. Esa simbiosis de inteligencia y humildad que caracteriza a Benedicto XVI ha llevado a que muchos de nosotros le hayamos querido y mucho.

Él, por su parte, nos ha dado a toda la Iglesia sacrificio, oración y enseñanza de incalculable valor. Vocación y responsabilidad nada fácil de hacer y muy fácil de criticar por quienes no serían capaces de asumir y dirigir por unos momentos el rumbo de la Iglesia.

Tengo gravada la maravillosa experiencia de disfrutar, junto a la persona más maravillosa que Dios ha puesto en mi vida: mi marido, el Vía Crucis de la JMJ de Madrid 2011. Aunque no estuvimos allí el resto de días, sí lo vivimos con mucha intensidad y alegría, recordando de forma especial la oración ante el Santísimo en Cuatro Vientos. Recuerdo de un hombre que irradiaba algo especial, no por lo atractivo, dicharachero o “revolucionario” (que en cierto modo lo es, con respecto a esto último). La serenidad y humildad lo han hecho un hombre más cercano si cabe.

Y ahora… pues a confiar en que, como siempre, el nuevo Papa que el Espíritu Santo nos confíe, continúe contribuyendo al amor y formación de la Iglesia, con la humildad, amor y sapiencia que ha caracterizado a tantos Santos Padres. Como despedida: ¡Gracias, Benedicto XVI y hasta la eternidad!