Multiplicación de los panes y los peces

Fotografía: Lawrence OP (Creative Commons)

El hombre de todo tiempo necesita saciarse de todo. Es la época del consumismo: todo invita a la felicidad, con minúscula, olvidando lo que es verdadera Felicidad. Y así, cada vez necesitamos más; compramos un coche nuevo, y al poco tiempo, ya estamos deseando otro modelo. Vamos de fiesta, y saciados de luces y lujos, necesitamos más… Y cuanto más se tiene, más se necesita. El mundo actual nos presenta una sociedad competitiva que necesita cada vez más de todo, y todo vale con tal que no te pillen…

Dice el Salmo 147: “…Alaba a tu Dios, que ha puesto paz en tus fronteras y te sacia con flor de harina…” Y es que lo único que nos puede saciar es esta Flor de Harina, que el salmista, inspirado por Dios, profetiza sobre el Pan de Vida, Jesucristo, Pan vivo en la Eucaristía. Él es esa Flor de Harina, Pan convertido en el Misterio de la Transubstanciación, en su Cuerpo.

En esta línea nos comenta un texto el evangelista Mateo. Jesús, enterado de la muerte de su primo Juan el Bautista, a manos del rey Herodes, se retira al lago de Galilea. Y al desembarcar encuentra una muchedumbre que necesitaba saciarse de su Palabra. Tanta gracia derramó Jesús sobre ellos, que ni siquiera se acordaron de comer. Igual que nosotros, que, a veces, vamos a Misa -si vamos-, a la iglesia donde es más corta la homilía. O no esperamos al “Ite, Misa est” porque tenemos mucha prisa; no digamos ya cuando salimos “escopetados” cantando un himno a nuestra Madre, que se va perdiendo por las puertas de salida del templo… Eso, nosotros, los que vamos a Misa.

Estos que escucharon a Jesús, no se acordaron ni de comer. Y el Señor, atento siempre a las mínimas necesidades del hombre, se da cuenta que su Palabra es su alimento espiritual, pero que el cuerpo necesita también el alimento, como soporte que es, de su persona. También los discípulos tiene esa sensibilidad, y le dicen al Maestro: “…despide a la muchedumbre, que vayan a comprar comida, que la zona está despoblada; que vayan a los pueblos a comprar…”. “…dadles vosotros de comer…” les responde Jesús. Efectivamente, os discípulos tiene esa sensibilidad; pero lo que no tiene es caridad: “¡Despídelos! ¡Qué se busquen la vida!” Diríamos ahora.

El Señor demuestra otra vez más, paciencia con ellos. Simplemente les dice: Dadles vosotros de comer. Él enseña a comer a sus hijos. Y, como no entendían: “…Aquí hay un muchacho con cinco panes y dos peces, y con esto no hay para todos…” -le comentan-. Siguen, naturalmente sin entender. Tendrá que venir nuevamente el Señor Jesús, a abrirles los ojos. Y realiza el milagro. Convierte esos pocos panes y peces, en alimento para todos. Y dice el Evangelio: “…y se saciaron…”. Pero dice más el Evangelio: “…mandó que se recostaran en la hierba…”. Argumento que puede pasar desapercibido. Podemos pensar que en el campo no había mesas ni sillas; pero el Señor va más allá: el hecho de recostase en la hierba es considerar a esas personas como sus propias ovejas, que toman esa postura para acomodarse después de haber comido. El Señor ya considera a estas personas ovejas de su rebaño… Es hermosa la apreciación, la sensibilidad de Jesús, no sólo mirando la comodidad del almuerzo, sino, sobre todo, enseñar a “comer” a su pueblo, a comer de su Mano, a comer de su Pan, a comer de su Palabra, a comer a Dios.

Ya dirá el salmista: “…me saciaré como de enjundia y de manteca, y mis labios te alabarán jubilosos…” (Sal 62, 6), salmo que la Biblia de Jerusalén llama: Sed de Dios

Alabado sea Jesucristo.