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Y aunque todo empezó con el Antiguo Testamento, hubo un día único muy especial, que se relata en la 2ª parte del Libro de las Alianzas de Dios con el hombre. Fue el día del nacimiento en nuestro mundo del Hijo del Creador del universo… ¡Alucinante!, ¡no hay quien se lo crea, Dios! Y sin embargo fue verdad y no hace tanto.

Ante este acontecimiento uno se queda sin palabras. María Virgen, ya había “alucinado” hacía 9 meses cuando el Ángel se le apareció para comunicarle la Anunciación. Ahora, con el paso del tiempo, estas cosas las llevaba en el silencio de su corazón. El nombre del Niño lo ponía Dios, no tenían nada en que pensar…

José, marido de María, debió temblar al ver el misterioso nacimiento de El Mesías, pero Dios envió ángeles para él. ¡Todo un cuadro digno de Botticelli!

Aquella noche, un ángel se presentó a los pastores de Belén para comunicarles que el Hijo de Dios acababa de nacer, ¡Menudo infarto! Pero no, y fueron guiados al lugar del nacimiento. Lo mismo sucedería con una estrella que guió a los especiales reyes magos o sabios -enviados por el Padre del nacido- con incienso, oro y mirra, ¡lo justo! No, no fue una casualidad… Eso de “Ya que estamos, nos pasamos y a ver si acertamos con los regalos…” ¡Pues no!

El incienso y la mirra -“como Hombre y como Dios”- para el aceite Sagrado con el que Ungirían el Cuerpo del Bebé. El oro -“como Rey”- para abrir la carpintería en Nazaret ¡Digo yo!

Tanto si el ángel como la estrella no hubieran aparecido, pues simplemente no se habrían enterado; dos prodigios más a recordar por los siglos de los siglos. Me imagino a los pastores volviendo a sus casas asombrados e iluminados por demás; y a los Reyes de vuelta -por otro camino- charlando sin parar de camello a camello. Aquellas horas se me ocurren llenas de asombro y grandeza.

Me pregunto ¿Cómo era ese Bebe?, ¿tenía pelo?, ¿lloraba?, supongo que todo era normal, pequeñín, sobre 3,5 kg y ojos cerrados… Lucas que habló con María, después de muchos años, le dijo que había colocado al Niño en un pesebre. Un pesebre lleno de paja y recubierto con paños de algodón; bien protegido del frío, sólo se le vería la carita.

A los 8 días ¡A circuncidar, como a los buenos judíos! y allí le apuntaron con su nombre: Yeshua. Yeshua para la eternidad.

¡¡¡Madre del amor hermoso, el Hijo de Dios con nosotros!!!