Zaqueo y Jesús

Lawrence OP (Creative Commons)

La historia de la conversión de Zaqueo se recoge en el Evangelio de Jesucristo, según san Lucas. Siempre los Evangelios son de Jesucristo, que los recogen los discípulos de Jesús para que conozcamos la Palabra de salvación. Es, por tanto, la Palabra de Dios revelada.

¿Quién era Zaqueo? Zaqueo es un publicano; los publicanos eran personajes tomados de entre el pueblo, por la dominación romana, para recaudar impuestos para Roma, a causa de su invasión guerrera en tierras de Israel. Y ellos, los publicanos, se quedaban con un tanto por ciento de lo recaudado, a modo de salario, devolviendo lo estipulado al gobierno romano. Por ello, tenían la posibilidad de ejercer la extorsión a los judíos, con tal que devolvieran el impuesto “legal” a Roma. Y, lógicamente, quedaba bajo el criterio humano, -siempre corrupto, dadas las circunstancias-, la cantidad de dinero que podían sustraer. Y por eso, eran considerados pecadores.

Si la persona en cuestión era “jefe de publicanos”, como es el caso de Zaqueo, es indudable que los “teje manejes” del citado, serían de orden mayúsculo.

Y en estas circunstancias, Jesús, que viene de realizar el milagro de la curación del ciego de Jericó; pasando por estas tierras, entra en la comarca donde habita Zaqueo.

Jericó, tierra fértil, tierra próxima al mar, zona de comercio, era considerada “tierra de pecado”, donde quizá, todo era posible con tal que hubiera dinero para poder pagarlo.

La parábola del “Buen Samaritano”, relatada en otro Evangelio comienza con la frase: “…bajaba un hombre de Jerusalén a Jericó…” (Lc 10, 29-37), como indicándonos que desde la ciudad santa, Jerusalén, donde habita la Gloria de Dios en su Templo, bajaba un hombre a la ciudad del pecado, Jericó.

Pues en este entorno, Zaqueo se entera de la llegada de Jesús al pueblo. Y, dada la fama que le acompaña, nunca querida por Jesús, pero inevitable por sus milagros, se acerca para verlo. Dice el Evangelio que como era pequeño de estatura, tuvo que subirse a un árbol, un sicómoro, propio de aquellos lugares, para divisarlo. Zaqueo no espera ser visto por Jesús, pero es tanta la curiosidad, que, a pesar de las posibles burlas de los vecinos, a pesar de la humillación que supone encaramarse al árbol como cualquier chiquillo de la zona, …a pesar de ello, toma esa, podríamos decir, humillante decisión. Imaginemos en los tiempos actuales a cualquier personaje de la política que se sube a un árbol para ver, podríamos a decir, al Rey de España que pasa. ¡Sería bastante ridículo!

Y Zaqueo se nos presenta como alguien de “pequeña estatura”. Curiosa la apreciación. Zaqueo, pecador, no tiene fe en Jesús; o, dicho en lenguaje de la época, es de pequeña fe, de pequeña estatura moral. Y es que el pecado a todos nos hace pequeños, nos aplasta…

Y Jesús, al llegar frente a él, “levanta la vista”, se detiene. Como diría el Salmo 120: “…levanto los ojos a los montes…”, montes donde radica el pecado, la idolatría. Montes que no nos resuelven nuestros problemas. Pues: “…el auxilio me viene del Señor…”. Y Jesús le dice: “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa…”

Jesús no conoce a Zaqueo, y le llama por su nombre. Y es que el Señor, a cada una de sus ovejas, las llama por su nombre; a las que son sus ovejas y las que busca porque se han perdido. Y le dice HOY. Hoy es el día de su salvación, de la salvación de Zaqueo.

¿No nos dirá también Hoy Jesús que quiere hospedarse en nuestra casa?

Naturalmente que Zaqueo le hospeda en su casa; pero llega “la serpiente”, igual que en el Paraíso. La serpiente de la murmuración: “…Ha ido a hospedarse en casa de un pecador…”.

Esta vez Zaqueo no contesta como Adán. Está en presencia del segundo Adán, Jesucristo. Y no hace falta que Jesús le reproche nada. Tampoco lo hizo con Mateo el publicano. De sobra sabe Zaqueo sus pecados. Pero ante la presencia de Dios, se obra el milagro de la Misericordia: Zaqueo, puesto en pie, -postura del que ha resucitado a una vida nueva-, promete a Jesús la devolución de lo defraudado, con amplia devolución de sus fraudes.

Y Jesús le llama “hijo de Abraham”, que ha sido salvado y perdonado de sus pecados. Nunca oiría Zaqueo un alabanza igual de labios de Jesús. Y es que, el Señor Jesús ha venido a buscar la oveja perdida, y ahí encontró y salvó esta oveja, hija de Abraham.

Alabado sea Jesucristo.