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Un hombre para la eternidad
4,5 estrellasTítulo original: A Man for All Seasons
Año: 1966
País: Reino Unido
Duración: 120 min.
Género: Drama, Biográfico
Categoría: Santos y beatos, Franciscanos
Calificación moral: +13
Director: Fred Zinnemann
Guión: Robert Bolt
Música: Georges Delerue
Fotografía: Ted Moore
Reparto: Paul Scofield, Wendy Hiller, Leo McKern, Robert Shaw, Orson Welles, Susannah York, John Hurt

Tomás Moro es un parlamentario de reconocida integridad, muy valorado por Enrique VIII. El monarca está encaprichado con Ana Bolena y espera el beneplácito del papa de Roma para divorciarse de Catalina de Aragón, quien no le ha dado ningún sucesor. Pero el pontífice frustra sus expectativas declinando su petición y el rey decide romper con la Iglesia de Roma, erigiéndose como jefe supremo de la nueva Iglesia de Inglaterra. En este contexto, el mandatario requiere la aprobación de un Tomás Moro, que dimite de su puesto como canciller, con el fin de evitar pronunciarse en relación a los actos del soberano. Lejos de pasar a un segundo plano, como a él le gustaría, el silencio de una figura tan importante será considerado como un gesto de disconformidad con Enrique VIII.

El realizador austriaco Fred Zinnemann dirigió con aplomo esta película, nacida de una representación teatral escrita por Robert Bolt. El también guionista de La misión adaptaría su propia obra, conformando una inteligente historia, acerca de un hombre de firmes principios cristianos, que antepone la atemporalidad de las leyes de Dios, a los efímeros preceptos humanos.

A medida que avanza el relato, el cerco se irá cerniendo sobre Tomás Moro, poniendo a prueba la fortaleza de su conciencia, a la vista de las severas acusaciones que recaerán en su persona. Sin embargo, al modo de la Doncella de Orleans, magistralmente plasmada en La pasión de Juana de Arco, el humanista cristiano declinará, reiteradamente, la elección de la senda más fácil, en su caso, eludiendo respaldar las acciones del rey.

La cinta se desarrolla en un ambiente marcado por las luchas de poder y sus consecuencias en forma de corrupción, tanto en el ámbito político, como eclesial. Frente a esta injusta realidad se revelará Tomás Moro, afianzándose en su consabida honradez y coherencia. El patrón de los políticos y gobernantes -canonizado por Pío XI en 1935-, fue interpretado por Paul Scofield, continuando con el cometido que había desempeñado en la obra de Bolt. El actor británico, por entonces con poca experiencia en la gran pantalla, compuso con sobriedad a un personaje de gran carácter y lucidez. La habilidad dialéctica de Moro, característica de alguien que ejerció la abogacía, queda patente en el excelente guión.

En el reparto destaca, asimismo, la presencia de un joven John Hurt, igualmente ante su primer papel relevante en el cine, aunque con un rol más secundario. Orson Welles, por su parte, tuvo una breve aparición, dando vida al cardenal Wolsey.

Las aspiraciones personales de Enrique VIII separaron a católicos romanos y anglicanos. Paradójicamente, tan solo un par de años después de esta grave escisión, el rey hizo que condenaran a muerte a Ana Bolena. En el tramo inicial del largometraje, Tomás Moro anticipa los hechos afirmando, en una conversación con Wolsey, que: “cuando los hombres de estado se olvidan de su propia conciencia y colocan en segundo lugar sus deberes públicos, conducen a su patria por el camino más corto hacia el caos”. Una aseveración, dicho sea de paso, de plena actualidad.

La producción fue premiada con 6 Oscar, en las categorías de mejor película, director, actor, guión adaptado, fotografía -color- y diseño de vestuario -color-.

Un hombre para la eternidad (fotograma)