Dies irae

Dreyer llevaba unos diez años sin dirigir ningún largometraje cuando dio forma a la impresionante Dies irae, una de sus tres grandes obras de temática religiosa, junto con La pasión de Juana de Arco y Ordet. Su rotundo fracaso con Vampyr, incomprendida por el público, lo había dejado en fuera de juego demasiado tiempo. Sin embargo, en su retorno prefirió permanecer fiel a su estilo, conformando una austera propuesta nada fácil para el espectador.

Dies irae está basada en una obra de teatro de Hans Wiers-Jenssen y trascurre en Dinamarca, en 1623, durante la caza de brujas. Narra la historia de un anciano pastor luterano, llamado Absalon, que salvó a una mujer acusada de brujería a cambio de casarse con su hija, la joven Anne. La áspera madre del clérigo no ve con buenos ojos su unión. Todo se complica con el regreso a casa de Martin, el hijo que Absalon tuvo con su anterior esposa, porque surge una mutua atracción entre Anne y Martin.

Este relato, opresivo y místico, transcurre de un modo pausado a través de largos planos. La puesta en escena es magistral, fruto del marcado perfeccionismo de su autor. Lo mismo ocurre con la fotografía, articulada mediante un inteligente empleo de claroscuros, que depara fotogramas que más bien parecen pinturas.

El himno latino Dies irae alude al día de la ira. Es atribuido por muchos a Tomás de Celano, el biógrafo de san Francisco de Asís, aunque su origen no está muy claro. Su uso en la liturgia fue suprimido por la Iglesia católica, tras la reforma posterior al Concilio Vaticano II. Tiene un tono apocalíptico, en consonancia con un film que muestra las consecuencias de la intolerancia, pero no exclusivamente en el ámbito religioso, pues se rodó durante la ocupación nazi de Dinamarca, un episodio reflejado en el subtexto. Y es que, al contrario de lo que algunos intentan hacer creer, sólo hay que ver las noticias o darse una vuelta por las redes sociales para comprobar que la intransigencia puede ir ligada a cualquier ideología.

Preben Lerdorff Rye y Lisbeth Movin

El hijo del pastor Absalon está interpretado por Preben Lerdorff Rye, quien más tarde daría vida al mítico Johannes en Ordet. Anne, por su parte, fue representada por Lisbeth Movin, cuya mirada es tan inquietante como la propia película. Resulta significativa la maestría con la que Dreyer compone los personajes femeninos, teniendo en cuenta sus referencias. Su madre biológica le abandonó y la mujer que le adoptó le trató con crueldad. Nada que ver con el heroísmo de su extraordinaria Juana de Arco o con la fe bondadosa encarnada por Inger en Ordet.

El interés de Dreyer por las cuestiones existenciales es una constante en su filmografía. En esta cinta se adentró en las profundidades del alma de unos personajes dañados, directa o indirectamente, por unas creencias deformadas. No hay rastro alguno de la religión del amor que Cristo instauró, pidiendo que amásemos incluso a nuestros enemigos. En la trama la misericordia es socavada por la condena, el amor por la hipocresía y la fe por el fanatismo.

La acusación de una anciana por brujería es el punto de partida utilizado por Dreyer para preguntarse sobre la naturaleza del mal. Le sirve para reflejar la contradicción de unos pastores que, obviando los preceptos evangélicos, se convierten en jueces implacables. En nombre de Dios se erigen como redentores de almas, ignorando el destino de las suyas, que confían salvar con su manera de proceder. La paradoja está en que justamente ellos están poseídos por el mal que buscan combatir y, en vez de curar, corrompen el corazón de los demás.

Una de las películas que más le gustan al papa Francisco es la también danesa El festín de Babette, un título que igualmente trata sobre una comunidad contraída por sus rígidas normas. Precisamente, Francisco ha procurado desterrar, desde el comienzo de su pontificado, cualquier atisbo de fe distorsionada, mirando directamente al Evangelio. En sus intentos por adaptarlo a nuestro tiempo ha encontrado no pocos detractores y lo cierto es que la discrepancia no es sólo saludable, sino necesaria, pero sorprenden algunas descalificaciones que vienen de dentro. La alusión del papa a Francisco de Asís no es meramente estética. Nace de la determinación de volver a la esencia del Evangelio, aquella medicina que aplicó el Francisco del siglo XIII para sanar la enferma Iglesia de su época, conduciéndola de un invierno de penumbra a una palpitante primavera.