Continuum

Hace seis años llevamos a cabo un especial para el que contamos con la colaboración de diferentes críticos y personas vinculadas al cine. Cada uno de ellos nos proporcionó una recopilación de las que consideraba las mejores películas con valores humanos y espirituales. Con la suma de todas las aportaciones publicamos una lista con un centenar de títulos, donde el menos conocido era Continuum. Lo incluyó en su selección el cineasta Rafael Gordon y durante mucho tiempo ha sido un enigma para nosotros.

A finales de noviembre nos pusimos en contacto con el director del film, Javier Aguirre, que se prestó en seguida a dejarnos ver su obra. A los pocos días leí en Twitter que él y su mujer, la actriz Esperanza Roy, habían recibido la Medalla de Oro de la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas. Y justo después vimos en la prensa la noticia de su fallecimiento. Pensábamos que Continuum se convertiría definitivamente en un misterio, pero gracias a Esperanza Roy hemos podido acceder a esta singularísima cinta.

El largometraje se estrenó en el Festival de Teatro de Mérida, en 1989. Está rodado en la colegiata de San Vicente, situada en la localidad barcelonesa de Cardona, y se estructura con un sólo plano secuencia. Es una propuesta de cine experimental, marcadamente abstracta y filosófica.

El guión está basado en El marinero y en textos de En la floresta del enajenamiento del escritor portugués Fernando Pessoa. Únicamente aparece una terna de actrices, representando a tres hermanas velando a una cuarta que ha muerto. Al principio prácticamente sólo vemos oscuridad y la referencia es el sonido. Precisamente, mediante este elemento el autor va creando una atmósfera inquietante. La cámara se aproxima de forma continua y casi imperceptible a unas intérpretes que poco a poco vamos descubriendo, porque, además, comienza a amanecer y la luz aumenta lentamente.

Mientras la noche va dando paso al día, las hermanas hablan sobre la naturaleza de los sueños y la realidad, reflexionando acerca de lo que es real e irreal. En la parte final de la obra la cámara retrocede con rapidez revelando los aparejos del rodaje, tal vez para afianzar la duda entre realidad y, en este caso, ficción. Aunque el sentido sea distinto, me viene a la mente el epílogo de El sabor de las cerezas, de Kiarostami.

Si el cine de autor no suele ser apto para impacientes, lo es aún menos el experimental. Javier Aguirre alternaba cintas de vanguardia, construidas con un lenguaje cinematográfico despojado de toda norma, con películas comerciales. En Continuum despliega un ascético relato, cuyo contenido metafísico no pasó desapercibido para Rafael Gordon -otro realizador poco convencional-, que eligió un film que, sin duda, es el más singular de aquella recopilación.