En busca de Bobby Fischer

No sé por qué, pero en Hollywood ya no se hacen películas como En busca de Bobby Fischer. Este film de los noventa está protagonizado por un niño de siete años, llamado Josh, con un talento innato para el ajedrez. Sus padres, conscientes de sus capacidades, contratan como tutor al prestigioso Bruce Pandolfini para que le instruya. Pandolfini alecciona a Josh sobre las claves del juego, utilizando una metodología muy estricta.

La cinta supuso el primer trabajo como director de Steven Zaillian, que siempre ha estado más dedicado a escribir guiones. Con un estilo clásico, el cineasta muestra los entresijos del ajedrez de tal modo que logra que resulte cinematográficamente atractivo. En gran medida, porque tras torres y caballos hay una historia humana bien trenzada. Zaillian, además, ofrece un buen entretenimiento familiar, sin excesivas simplificaciones en un guion que tiene mucha miga.

 

¿Hasta dónde sacrificarse por un don?

El relato está basado en Josh Waitzkin, un prodigio del ajedrez durante su infancia y adolescencia. Con once años incluso consiguió terminar en tablas con Garry Kasparov, en una partida múltiple de este. Pero dejó de competir con veintitantos, pese a su título de maestro internacional. Según explicó más adelante, había perdido su amor por el juego en favor de otros intereses. El ajedrez ya no le motivaba lo suficiente para continuar sacrificándose.

En el largometraje le interpretó el hasta entonces desconocido Max Pomeranc, que luego tuvo una breve carrera. En esa época también era un ajedrecista destacado para su edad y fue una excelente elección, más que nada, porque refleja la inocencia de un buen chico que juega por pura diversión. Ese impulso natural entra en conflicto con los deseos de su padre, quien pretende inculcarle una visión adulta, focalizada en la competitividad.

Ben Kingsley representa al profesor Bruce Pandolfini, con ese punto zen de algunos de sus papeles. Emplea unos ortodoxos métodos encaminados a formar a un nuevo Bobby Fischer, sin detenerse a observar las aptitudes intrínsecas de Josh, a quien no permite jugar en el parque, donde aprende movimientos más espontáneos. De esas partidas en Washington Square Park el muchacho conoce a Vinnie -al que da vida Laurence Fishburne-, cuyo estilo es más distendido. Pandolfini y Vinnie se convierten en sus maestros. Uno le aporta orden y el otro flexibilidad.

Laurence Fishburne y Max Pomeranc

Josh teme la derrota, porque no quiere decepcionar a su padre. En ajedrez un solo error te puede arruinar la partida y sobre el crío recae una gran presión. En la película se evidencia el exceso de expectativas de aquellos que hacen suyos los logros de sus hijos, tratando de llenar vacíos que les dejaron sus aspiraciones truncadas. Hay una secuencia brillante, donde los padres, debido a su comportamiento poco ejemplar, son encerrados durante un torneo y permanecen recluidos lo bastante lejos de la sala en la que se juegan las partidas.

 

¿Cuál es el punto de equilibrio entre sobreexigencia y permisividad?

Una de las mayores satisfacciones para un padre o una madre es sentir orgullo por un retoño. Pero ligar el afecto a sus éxitos, a una victoria o a unas buenas notas, es otro cantar. No es constructivo que alguien crezca pensando que debe ganarse el amor de sus progenitores, ignorando que es algo que simplemente le corresponde por naturaleza.

El film muestra cómo la sobreexigencia -hacia Josh y otros pequeños ajedrecistas- es una fuente de frustraciones. En la actualidad, no obstante, un tema recurrente es que ahora a los hijos se les exige poco. Y tan perjudicial es un extremo como el otro. A la vista está que la sobreprotección genera jóvenes egocéntricos, a los que el prójimo les importa poco, incluidos sus padres, pues algunos no parecen conscientes de lo mucho que a estos les cuesta ganarse la vida.

Entonces, ¿cuál es el punto justo? Hay multitud de artículos en Internet acerca de cómo educar a los hijos en sus diferentes etapas de desarrollo. Es una información que viene bien, teniendo en cuenta, eso sí, que cada persona es distinta y lo que sirve para unos no es válido para otros. Existen niños extrovertidos e introvertidos, más o menos sensibles y con capacidades para unas cosas u otras. De modo que es fundamental la perspicacia de los padres para dar con el punto de equilibrio adecuado en cada caso. En la cinta ese lugar intermedio está entre la disciplina y la flexibilidad que le inculcan a Josh sus dos maestros.

Durante mi adolescencia tuve como mentor a mi profesor de Filosofía. Era franciscano y psicólogo, una combinación poco habitual. Antes de comenzar en la universidad, me decía que no me conformase simplemente con el aprobado, sino que diese siempre el máximo y, trabajando así, estaría bien lo que alcanzase. Fue un gran consejo que me ayudó a afrontar esa etapa. Centrase en el esfuerzo y no tanto en los resultados, que dependen en parte de factores externos, me parece un valioso enfoque.