Adoración

Fotografía: Asier Solana Bermejo (Creative Commons)

Un hombre que alberga en su corazón el deseo de ser fiel al Dios de la Alianza, se siente alcanzado por una prueba superior a sus fuerzas, sufre un total desfallecimiento de su alma y describe así el ataque a que se ve sometido: «Estoy echado en medio de leones que devoran a los hombres; sus dientes son lanzas y flechas, su lengua es una espada afilada». Cuando una persona se ve probada y perseguida de esta manera a causa de su fe, Dios no la abandona a su suerte, no se desentiende de ella y, menos aún, no la deja a merced de sus enemigos. Dios infunde sobre él su sabiduría y fortaleza para vencer la prueba.

Así vemos a nuestro hombre, invocando con sabiduría a Dios y suplicándole que su alma atormentada encuentre cobijo a la sombra de sus alas, algo así como si fuese un águila protectora: «Piedad, oh Dios, ten piedad de mí, pues mi alma se refugia en ti; me refugio a la sombra de tus alas, mientras pasa la desgracia».

La espiritualidad del pueblo de Israel identificando a Yavé con un águila protectora, hace parte de su experiencia en el desierto. Sujeto a mil peligros y desastres, Israel siente la protección de Dios. Se sabe rescatado de Egipto, con el consiguiente paso del mar Rojo, por Yavé. Él mismo les recuerda en el monte Sinaí que les ha llevado sobre alas de águila y les ha traído hacia sí: «Ya habéis visto lo que he hecho con los Egipcios, y cómo a vosotros os he llevado sobre alas de águila y os he traído a mí» (Éx 19,4). Ya en el desierto, y a la vista de la tierra prometida, la boca de Moisés entona un himno de acción de gracias a Yavé porque ha sido leal en todas sus promesas: «Voy a aclamar el nombre de Yavé; ¡ensalzad a nuestro Dios! Él es la roca, su obra es consumada, pues todos sus caminos son justicia. Es Dios de lealtad…» (Dt 32,3-4).

Este cántico de acción de gracias de Moisés tiene un proceso creciente de belleza y armonía. El autor se deshace en elogios a Yavé porque ha sido misericordioso y providente con el pueblo. La majestuosidad lírica llega a su máxima expresión cuando le compara con un águila que, descendiendo sobre Egipto, rescata al pueblo, lo cobija en el desierto y lo conduce a su destino: «En tierra desierta lo encuentra, en la soledad rugiente de la estepa. Y le envuelve, le sustenta, le cuida como a la niña de sus ojos. Como un águila incita a su nidada y revolotea sobre sus polluelos, así Él despliega sus alas y le toma y le lleva sobre su plumaje» (Dt 32,10-11).

Volvemos al salmo y podemos sospechar que nuestro hombre habría cantado frecuentemente este himno en el culto del remplo. Podemos intuir también que, en su infortunio, Dios le iluminó y le hizo presente que Él había sido águila salvadora para el pueblo. De ahí su súplica y decisión: «Me refugio a la sombra de tus alas».

A la luz de esta imagen tan plástica de salvación, nuestros ojos se vuelven al Hijo de Dios crucificado. Él es el que verdaderamente se acoge, como si fueran alas de águila, a los brazos abiertos de su Padre: «Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu». Manos y brazos de salvación que le rescatarán de la muerte y lo conducirán hacia sí, llevando a plenitud el cántico de Moisés en el desierto.

En Jesucristo todos estamos salvados. Todos los títulos que Israel ha dado a Dios como: refugio, protector, redentor, rescatador, salvador, etc., se cumplen en Jesucristo en favor nuestro. Acogida de Dios, por medio de su Hijo, que no deja de escandalizar a los escribas y fariseos porque, para sorpresa de estos, nadie queda excluido; como lo vemos, entre muchos y variados textos, en este de san Lucas: «Todos los publicanos y los pecadores se acercaban a Él para oírle, y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos» (Lc 15,1-2).

Es más, nos es fácil hacer una transposición de imágenes. Así como hemos visto a Israel escondido en el plumaje del águila y, sobre las alas de esta, ha sido llevado de Egipto a la tierra prometida, podemos ver al hombre, alejado como oveja perdida, a cuyo encuentro va Jesucristo como Buen Pastor, quien la pone contento sobre sus hombros. Este ir sobre los hombros de Jesucristo, imagen de las alas del águila, no es para conducirle a una tierra prometida, sino directamente al seno del Padre. Veamos este texto evangélico que da autoridad a la imagen que acabamos de exponer: «¿Quién de vosotros que tiene cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va a buscar la que se perdió hasta que la encuentra? Y cuando la encuentra, la pone contento sobre sus hombros; y llegando a casa…» (Lc 15,4-6).

Todo hombre, por el hecho de serlo, es un alejado con respecto a Dios. La imagen de Adán y Eva saliendo del paraíso es la nuestra. Ningún hombre ha podido franquear la puerta de entrada para volver a la presencia de Dios. Así pues, Dios mismo la franqueó para nosotros viniendo a nuestro encuentro y, como Buen Pastor, nos lleva sobre Él hacia el Padre, como Israel fue llevado en alas de águila hasta la tierra prometida.