Vigilia

Fotografía: Jornada Mundial da Juventude (Creative Commons)

Este envío de Jesús, ya resucitado, se recoge en el Evangelio según san Juan (Jn 20,21). Es la primera aparición de Jesús, cuando los Apóstoles están encerrados en el Cenáculo, con las puertas cerradas por miedo a los judíos.

Es interesante esta apreciación de “las puertas cerradas”. Los apóstoles han visto todo lo que le sucedió a Jesús, el martirio de su crucifixión, y temen que a ellos les pueda pasar lo mismo.

Pueden recordar las palabras del Maestro: “…Si a Mí me han perseguido a vosotros también os perseguirán…” (Jn 15,20), y, sin la Fuerza del Espíritu Santo, que aún no han recibido, temen por su vida.

De nada han servido las palabras de Jesucristo que les anuncia su resurrección; sólo creen lo que han visto sus ojos. Y sus ojos han visto un sufrimiento atroz, injusto, en el que ni ellos mismos han sido capaces de defender. A la traición, unen el pánico. De hecho hay dos que ya han abandonado el grupo. Son los que conocemos como “los dos de Emaús”.

Éstos, como los demás, esperaban un Mesías poderoso que acabase con la dominación romana. Esperaban escalar un puesto importante con Jesús, “en su Reino”. Eran, ni más ni menos, que los “elegidos”. Han sido testigos de numerosos milagros, han visto la resurrección de Lázaro, y hay tres que han sido testigos de la Transfiguración del Señor.

Pero sólo ven ahora por sus ojos; solo vale la que tocan sus manos. Les falta fe.

¿Se parecen a nosotros? Indudablemente que sí.

Jesús se presenta a ellos, y no les reprocha nada de su comportamiento. Comprende, incluso, en su Amor, la traición de Judas y de los demás.

Y se me ocurre pensar en la carta de Pablo a los Corintios (Cor 13, 4-8): “…La caridad (el amor) es paciente, es amable, no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa, no busca su interés, no se irrita, no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia, se alegra con la verdad. Todo lo excusa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta…”

Es la viva imagen de Jesucristo. ¡Qué revelación recibió Pablo! ¡Cómo definió la Caridad, el amor, personificado en Jesucristo, imagen viva del Amor.

Y dice Jesús: “como el Padre me envió, así os envío yo a vosotros”. ¿Cómo le envió el Padre?

El mismo Jesucristo nos dice: “…Mirad que os envío como ovejas en medio de lobos…” (Mt 10,16)

Pero también nos dice: “…En el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo! yo he vencido al mundo…) (Jn16, 33)

Hay un Evangelio, (Mc 6, 8-12), en el que Jesús envía de dos en dos a sus discípulos a predicar; y les dice: “…Les ordenó que nada tomasen para el camino, fuera de un bastón: ni pan, ni alforja, ni calderilla en la faja, sino calzados con sandalias y no vistáis dos túnicas…”

Se me ocurre pensar, que el bastón puede representar el auxilio para andar y moverse, lo que significa que es la cruz que tenemos que llevar siempre en la mano, para apoyarnos en ella. No tenemos que llevar nada más que unas sandalias para los pies, y recomienda “no llevar dos túnicas”. La túnica, el manto, representa en la espiritualidad bíblica la personalidad. Recordemos el episodio de Elías y Eliseo, cuando el primero es arrebatado al cielo. Eliseo le pide el manto, para predicar, le pide su espíritu para profetizar. Sólo debemos tener un único pensar y un único sentir: Dios.

San Pablo recogerá más tarde un texto similar que dice así: “…Poneos en pie, ceñida vuestra cintura con la verdad y revestidos de la justicia como coraza, calzados los pies con el celo por el Evangelio de la paz, embrazando siempre el escudo de la fe, para que podáis apagar con él todos los encendidos dardos del maligno.

Tomad el yelmo de la salvación, y la espada del espíritu, que es la Palabra de Dios; siempre en oración y súplica, orando en toda ocasión en el Espíritu, velando juntos con perseverancia e intercediendo por todos los santos, y también por mí para que me sea dada la Palabra al abrir mi boca para dar a conocer con valentía el misterio del Evangelio, del cual soy embajador entre cadenas, y pueda hablar de él valientemente como conviene…” (Ef 6, 14-21)

Con estas palabras de Pablo, se cumple la profecía de Jesús: No temáis, Yo he vencido al mundo.

Así nos envía el Señor a predicar: seguros de que Él está con nosotros; así nos envía al mundo.

Alabado sea Jesucristo.