Corazón

Fotografía: David Cornejo (Creative Commons)

El rey David entona este canto penitencial que parece que le sale del alma. Lo compone después que el profeta Natán arrojase luz sobre él, haciéndole ver la inmensa gravedad de su pecado. Sucede que David ha adulterado y ha hecho matar al marido de su amante, el general Urías. Siendo como era rey absoluto, pensaba que nadie le podía pedir cuentas de sus acciones.

David, totalmente postrado y humillado por la aberración cometida, apela a la ternura de Dios y le pide que, por la misericordia que le caracteriza, limpie su pecado. Sabe muy bien que este está incrustado hasta lo más profundo de su ser, por lo que grita: Límpiame a fondo, purifica hasta lo más recóndito de mi corazón. «¡Ten piedad de mí, oh Dios, por tu amor! Por tu inmensa compasión, borra mi culpa. ¡Lava del todo mi injusticia, purifícame de mi pecado!».

David tiene conciencia de su ser radicalmente pecador: «Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre». Pero no por ello se queda en una actitud paralizante. Recurre a la osadía, osadía que solamente es propia de los amigos de Dios. Sabe que no puede justificarse y, con la confianza de quien conoce a Dios, le ruega que sea Él mismo quien le justifique. Cree firmemente que Él es el único que puede hacerlo, el que puede crearle un corazón nuevo, y esto por amor. Y así se lo suplica: «Oh Dios, crea en mí un corazón puro, y renueva en mi pecho un espíritu firme». Entramos con David en un concepto sublime del perdón de Dios: ¡Es un perdón creador!

El profeta Ezequiel anuncia a su pueblo, desterrado en Babilonia a causa de la idolatría y que ha perdido toda esperanza, que Dios les dará un corazón nuevo: «Yo les daré un solo corazón y pondré en ellos un espíritu nuevo: quitaré de su carne el corazón de piedra y les daré un corazón de carne» (Ez 11,19).

Esta es la respuesta de Yavé al ruego y súplica de David, ya que él personifica todos los pecados e idolatrías de Israel. Yavé, que ha tenido el oído atento a la oración de David, proclama, por medio de Ezequiel, la promesa de que actuará conforme se le ha pedido. No hay duda que, en la relación hombre-Dios, osadía y misericordia se compenetran muy bien.

En Jesucristo, Yavé cumple lo prometido a Israel por medio de Ezequiel. Él es, con su Evangelio, quien va a hacer posible la creación de un corazón nuevo. Nuevo porque, aun sujeto a la propia debilidad humana, tendrá sus ojos puestos en Dios. Además, en Jesucristo, la promesa ya no es solo para el pueblo de Israel sino para toda la humanidad. Oigamos al apóstol Pablo dando esta buena noticia a la comunidad de Éfeso: «Pues habéis sido salvados por la gracia mediante la fe; y esto no viene de vosotros, sino que es don de Dios… En efecto, hechura suya somos: creados en Cristo Jesús, en orden a las buenas obras que de antemano dispuso Dios que practicáramos» (Ef 2,9-10).

«Creados en Cristo Jesús», por lo que somos revestidos del título de hijos de Dios y, en cuanto hijos, también herederos. «El Espíritu se une a nuestro espíritu para atestiguarnos que somos hijos de Dios. Y, si hijos, también herederos; herederos de Dios y coherederos con Cristo» (Rom 8,16-17).

Es bueno insistir cómo Yavé escuchó con agrado la súplica de David, hasta el punto de que superó todas sus expectativas. De hecho, cumplió su deseo con creces y, además, para todo hombre por medio de su Hijo. Ha sido tan grande la acción de Dios, que nadie podrá nunca gloriarse de su propia fe o fidelidad como si fuese mérito suyo.

El apóstol Pablo tiene absoluta conciencia de esta primacía total de Dios en él y en todo hombre que acoge el Evangelio: «Para que ningún mortal se gloríe en la presencia de Dios. De Él os viene que estéis en Cristo Jesús, al cual hizo Dios para nosotros sabiduría de origen divino, justicia, santificación y redención, a fin de que, como dice la Escritura: el que se gloríe, gloríese en el Señor» (1Cor 1,29-31).

Gloriarse en el Señor, como nos acaba de decir el apóstol, es fruto de la sabiduría. Sabiduría que consiste en comprender que es Él quien tiene la iniciativa en nuestro camino de conversión. Él es quien ha ofrecido su vida por nuestro rescate.