Orando en soledad

Fotografía: Catholic Church England and Wales (Creative Commons)

¡No, no lo hagas! No puedes dejar las cosas en manos de Dios diciendo: “Ea, resuélvemelo Tú que yo no puedo, no sé o me supera” y tirarte a la bartola… Eso no resulta, yo lo probé y la cosa salió fatal fatal. Y ¿sabéis por qué? Porque pretendí que actuara en mi nombre y desde luego que ni se movió.

Aún estoy pagando las consecuencias, aunque también he de decir que en ellas me acompaña cada día y se lo agradezco enormemente.

Dios no va a hacer tu labor. ¡Apañado estaría el pobre Dios!, ni te va a decir cómo has de hacerla.

Confiar en Dios, no es que trabaje por ti como a mí me dijeron; confiar en Dios es pedirle no equivocarte, que te inspire, que ampare tu esfuerzo; pero si no lo haces con la oración, difícilmente le llegará tu voz.

Pretender milagros por mucha fe que tengas, no funciona. Hay que trabajar con Dios, entender que la vida con Él no cambia en su dureza ni te va a ser más fácil. Vivir con Dios es superar tus errores o desgracias del calibre que sean y seguir adelante con su fuerza. Él, te abre caminos.

La fe no te va a poner un brazo si te falta, ni te va a dar una sentencia favorable si te has equivocado de abogado… No, esas cosas pasaron en su estancia en la tierra dónde todo era milagro. Entonces te curaba para que supieras quien era Él. Después de su Muerte, te salva sabiendo quien es Él.

No seamos infantiles dejando que actúe en nuestro lugar y oremos por no decaer y si le viene a bien (nuestro bien), nos ayude.

“Puedes morir en el intento, si no vas al médico”.