Biblia

Fotografía: Chris Yarzab (Creative Commons)

El autor de este poema previene a los fieles de un peligro tan real como cotidiano: el de gloriarse, jactarse de hacer el mal. A los hombres que así se glorían y se jactan les da un nombre: autores de fraudes: «¿Por qué te glorías de la maldad, autora de fraudes?».

Vamos deshojando el poema y vemos con asombro cómo el salmista señala el instrumento del que se sirven estos «autores de fraudes» para hacer el mal: la lengua. «Estás todo el día planeando tender trampas, tu lengua es navaja afilada, autora de fraudes. Prefieres el mal, y no el bien, la mentira, y no la honradez. Te gustan las palabras corrosivas, ¡lengua embustera!».

El apóstol Santiago, en el contexto del salmo, apunta a la lengua y la define como un auténtico fuego destructor: «La lengua es fuego, es un mundo de iniquidad; la lengua, que es uno de nuestros miembros, contamina todo el cuerpo, y, encendida por el fuego infernal, incendia la rueda de la vida desde sus comienzos» (Sant 3,6).

El apóstol insiste en el poder devastador de la lengua. Como buen pastor, advierte a sus ovejas que ella puede llegar a convertirse en un arma demoníaca para destruir a la comunidad: «Si tenéis en vuestro corazón amarga envidia y espíritu de contienda, no os jactéis ni mintáis contra la verdad. Tal sabiduría no desciende de lo alto, sino que es terrena, natural, demoníaca. Pues donde existen envidias y espíritu de contienda, allí hay desconcierto y toda clase de maldad» (Sant 3,14-16).

Es cierto que el cristiano está continuamente expuesto al mal que la lengua de sus enemigos proyecta sobre él. Es lo que Jesús llama el odio del mundo (Jn 15,18-19), que puede llegar hasta la persecución y la muerte. Tenemos la tentación de creer que hay que hacer frente a nuestros enemigos con sus mismas armas; es decir, que también nosotros debemos devolver el golpe con nuestra lengua. Si consideramos que es así, entonces este combate es nuestro. Ya no es el combate de Dios. Si nos arreglamos nosotros solos, Dios, a quien decimos que amamos, es excluido de nuestro combate.

A este respecto nos ilumina mucho el combate entre David y Goliat. A punto de comenzar, Saúl quiso armar a David con las armas normales de la guerra, tal y como Goliat iba también armado: casco de bronce, coraza, espada… David se negó, pues no podía caminar y emprender el combate con armas tan pesadas, por lo que dijo a Saúl: «No puedo caminar con esto, pues nunca lo he hecho. Entonces se las quitaron» (1Sam 17-39). Vemos, pues, a David caminar hacia Goliat con unas simples piedras. Goliat se mofa de él ridiculizándole públicamente, a lo que David le responde: «Toda esta asamblea sabrá que no por la espada ni por la lanza salva Yavé, porque de Yavé es el combate y os entrega en nuestras manos» (1Sam 17,47).

Sabemos cómo David arrojó una de sus piedras sobre la frente de este hombre gigante que cayó aparatosamente con toda su armadura y fortaleza. Esta piedra lanzada por el apenas muchacho David, simboliza la roca que, manando agua, había dado la vida al pueblo de Israel en el desierto. Roca-Yavé que se hizo carne en Jesucristo. Él nos ha dado el Evangelio como única arma contra el mal.

Jesucristo es el que realmente combate contra el príncipe del mal. Sabe que este combate es de su Padre, por lo que permanece mudo ante el juicio que le hacen; no utilizó ninguna palabra para defenderse, ni siquiera para explicarse. Sabía que su lengua no era su arma: «Se presentaron dos testigos que dijeron: “Este dijo: yo puedo destruir el Santuario de Dios, y en tres días edificarlo”. Entonces se levantó el sumo sacerdote y le dijo: “¿No respondes nada? ¿Qué es lo que estos atestiguan contra ti?”. Pero Jesús seguía callado» (Mt 26,61-63).

Como hemos dicho, Jesucristo sabía muy bien que estaba librando el combate del Padre contra el príncipe del mal para rescatar al hombre. No se defendió ante la acusación, ante la lengua engañadora, ante la lengua asesina. Sabía que el Padre hablaría por Él. Y habló, gritó sobre su tumba. Su voz resonó sobre toda Jerusalén: ¡Vive! Ante este grito, la muerte quedó sobrecogida, la lengua asesina de Satanás quedó amordazada… El Hijo se levanta victorioso sobre la tumba y anuncia la paz y la vida eterna a todo hombre que crea en Él.

El apóstol Pablo proclama en su Carta a los filipenses esta obra maravillosa del Padre en favor del Hijo, que se sometió voluntariamente como un esclavo al mal del mundo. Dios Padre le levantó de la humillación, del desprecio y de la muerte, dándole el Nombre que está por encima de todo nombre «Para que al nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos, en la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que Cristo Jesús es Señor para gloria de Dios Padre» (Flp 2,10-11).