La cena de Emaús

La cena de Emaús (Caravaggio)

“Sentado a la mesa con ellos, tomó el pan, pronunció la bendición, lo partió y se lo iba dando. Entonces se les abrieron los ojos y le reconocieron, pero él desapareció de su vista. Se dijeron uno a otro: “¿No estaba ardiendo nuestro corazón dentro de nosotros cuando nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?” (Lc 24, 30-32)

 

Dentro de nosotros

Reuniste a los que amabas, antes de partir y les dejaste lo que eras, la luz, en forma de pan.

Y, a partir de entonces, ese pan que tomamos eres Tú mismo dirigido al centro mismo de nuestro ser, a nuestro interior.

Allí se encuentra el lugar donde se fragua nuestra existencia, donde se dan nuestras luchas; donde acudimos a buscarte en noches de soledad y donde tantas veces, sólo, paciente, esperas que acudamos después de días, incluso años, ignorándote.

No quisiste quedarte lejos en tu partida.

Quisiste que te lleváramos muy dentro en nuestro caminar por la vida y que supiéramos que siempre estarías allí.

Desde dentro nos hablas y nos respondes.

Desde allí, nos haces nacer de nuevo, nos renuevas, nos rescatas y, a veces, solamente con estar, con sentirte, somos fuertes y poderosos.

Es difícil, estos días que te vemos tantas veces en esa cruz que recorre nuestras ciudades, entregado, destruido, comprender en toda su dimensión el regalo que nos dejaste.

Es difícil, si tú no nos iluminas, que recuperemos la esperanza, tras el escándalo de esa cruz, y comprendamos ese milagro que nos dejaste en tu pan: tú mismo, vivo y operante en ese pan que nos ofreces y que construye, dentro muy dentro de nosotros, tu presencia.

Tú, en tu pan, eterno y dispuesto a salvarnos del infierno de nuestro interior.

 
“De este modo enseñabas a tus hijos queridos, Señor, que no son las diversas especies de frutos los que alimentan al hombre, sino que es tu palabra la que mantiene a los que creen en ti.” (Sb 16, 26)