Paisaje

Fotografía: David Craig (Creative Commons)

En este Salmo nos encontramos con la experiencia de un hombre que, en su búsqueda de Dios, ha recibido de Él la certeza de ser acogido y protegido en la tribulación. No solamente eso, sino que llega a exclamar: «Tú eres mi bien, los dioses y señores de la tierra no me satisfacen».

Al mismo tiempo que hace esta oración de íntima confianza, mira a su alrededor y se extraña de la multitud de hombres, cuyo anhelo consiste en ir corriendo «detrás de los ídolos» que, al no tener vida en sí mismos, evidentemente no la pueden dar, por lo que tampoco pueden ser refugio ni protección en el momento de la prueba, cuando la existencia se va deteriorando.

Hay un momento histórico en la trayectoria del pueblo de Israel. Una vez conquistada la tierra prometida al mando de Josué, este hace una especie de asamblea, en la que adoctrina al pueblo haciéndoles ver las maravillas que Dios ha hecho con ellos. Les dice que sirvan a Yavé con fidelidad, que se aparten de los dioses a los que sus padres habían servido en Egipto, en definitiva, que escojan a quién quieren servir. Josué finaliza esta exhortación con las siguientes palabras: «Yo y mi familia serviremos a Yavé». El pueblo respondió a esta confesión de Josué en estos términos: «Lejos de nosotros abandonar a Yavé para servir a otros dioses. Porque Yavé, nuestro Dios, es el que nos hizo subir a nosotros y a nuestros padres, de la tierra de Egipto, de la casa de servidumbre…» (Jos 24,14-17).

Israel abre sus labios para testimoniar su fidelidad a Dios. Sus palabras son sinceras, pero existe un problema, y es que no se conoce a sí mismo, no es consciente de la querencia que hay en su corazón denunciada por el profeta Oseas. «Mi pueblo tiene querencia a su infidelidad…» (Os 11,7).

¿Por qué Israel, y en él todo hombre, tiene esta querencia a la idolatría? La razón es muy sencilla: El hombre sí sabe por experiencia lo que los ídolos le pueden dar, sus dones los tiene al alcance de su mano; repite siempre el gesto de Eva en el Paraíso, donde, con el simple hecho de extender su brazo, alcanzó la manzana.

Sin embargo, aun diciendo que servimos a Dios, no es fácil ser consciente de lo que Él nos pueda dar. Como le pasó por ejemplo, al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo, que no se enteró de nada cuando su padre le dijo: «Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo» (Lc 15,31). Este hombre suspiraba por una herencia, y con todos sus servilismos, nunca se percató de que su herencia era ¡el mismo Dios!

Y a todos nos cuesta creer que tengamos acceso a esta herencia porque, por más que extendamos la mano, no está a nuestro alcance. La cuestión es que no tiene por qué estar a nuestro alcance, basta con que esté al alcance de Dios. ¡Y lo está! Es Él el que extiende su mano hacia el hombre con su Encarnación. En Jesucristo es -Dios con nosotros-. El Evangelio es nuestro Emmanuel. Esta santa Palabra irradia la mismísima vida e inmortalidad de Dios, como nos dice el apóstol Pablo (2Tim 1,10). En ella tiene depositada la herencia del hombre, que es Él mismo.

Volvamos al salmista que, movido por esta experiencia de sentirse protegido, amado, de experimentar el descanso en el cobijo de las manos de Dios, lleno de un gozo incontenible, se dirige a Él y le susurra: «El Señor es mi parte de la herencia y mi copa, ni suerte está en sus manos… Me enseñarás el camino de la vida, lleno de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha».

Es evidente que Dios inspiró a nuestro salmista una oración que solamente podía proclamar con propiedad su Hijo Jesucristo que, ante la certeza ya de su próxima muerte, anuncia: «El Padre y yo somos uno» (Jn 10,30). Es tal la certeza de comunión que Jesús tiene con el Padre, que sabe perfectamente que no permitirá que su Hijo experimente la corrupción en el sepulcro, acontecimiento que será el centro y el culmen de la predicación de la Iglesia apostólica.

Es en Jesucristo, en su profunda experiencia del Padre, como los creyentes podemos romper los estrechísimos corsés a los que nos aboca una vida sin trascendencia, y nos catapulta con el salmista y, por supuesto, con Jesucristo, hacia la herencia incorruptible que es Dios mismo.

Escuchemos, pues, esta exhortación del apóstol Pedro. Él da autoridad a estas reflexiones que a más de uno le pueden parecer etéreas, sin consistencia real y hasta con aires puramente mitológicos. «Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia, mediante la resurrección de Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible, inmaculada e inaccesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio de la fe, protege para la salvación…» (1Pe 1,3-5).