Ermita

Fotografía: Jesús Alenda (Creative Commons)

Nos encontramos un himno comunitario de alabanza a Dios por su protección para con el pueblo. «Dios es nuestro refugio y fortaleza, defensor siempre alerta en el peligro. Por eso no tememos aunque tiemble la tierra, aunque se desplomen las montañas en medio del mar…». ¿Por qué el pueblo aclama con tanto fervor y con certeza inamovible que permanecerán siempre firmes a pesar de que puedan sobrevenir acontecimientos adversos? El mismo salmo nos lo explica: porque «el Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob».

Sin embargo, a causa de su infidelidad, Israel sigue un camino de decadencia que terminará en el destierro. A la fortaleza y estabilidad que Israel siempre ha proclamado, sucede la turbación de la desolación, hasta el punto de dudar seriamente de que Dios continúe mirando con amor y protegiendo a su pueblo.

Veamos con qué dramatismo el profeta Jeremías anuncia esta decadencia de Jerusalén: «Dejen mis ojos caer lágrimas de noche y de día sin parar, porque de quebranto grande es quebrantada la doncella, hija de mi pueblo, de golpe gravísimo. Si salgo al campo encuentro heridos de espada; y si entro en la ciudad encuentro desfallecidos de hambre. Y aún el mismo profeta, aún el mismo sacerdote andan errantes por el país y nada saben». Parece como que el profeta está traumatizado por el abandono de su pueblo por parte de Dios. Es tan grande la esperanza que tiene en su perdón y en su misericordia que, a pesar de que es consciente de que el pueblo ha roto la alianza, se atreve a interpelar a Dios con estas palabras: «¿Es que has desechado a Judá? ¿O acaso de Sión se ha hastiado tu alma? ¿Por qué nos has herido, que no tenemos cura?». Y se atreve a suplicar: «No desprecies, por amor de tu nombre, no deshonres la sede de tu gloria (Jerusalén). Recuerda, no anules tu alianza con nosotros» (Jer 14,17-21).

Otro hijo de Israel que está sufriendo en su carne el destierro profetizado, también suplica a Dios que levante el castigo sobre el pueblo. Sin embargo, en esta súplica se intuye una luz de esperanza, algo así como que Dios va a realizar la petición de este hombre.

Inicia su oración con un reconocimiento de los pecados del pueblo e, inmediatamente, se acoge con confianza a Yavé. «¡Jerusalén, ciudad santa! Dios te castigó por las obras de tus hijos, mas tendrá otra vez piedad de los hijos de los justos. Confiesa al Señor cumplidamente y alaba al Rey de los siglos para que de nuevo levante en ti, con regocijo su tienda, y llene en ti de gozo a todos los cautivos, y muestre en ti su amor a todo miserable por los siglos de los siglos» (Tob 13,9-10).

Hemos visto a Tobías con la misma fortaleza con que el salmista iniciaba su salmo. Es una fortaleza que nace de una combinación aparentemente extraña: por una parte, la confesión comunitaria de que todos han pecado; y por otra, la confiada confesión de que Dios se apiadará de ellos y dará fin al castigo del destierro. Más aún, profundamente iluminado por el Espíritu Santo y lleno de gozo, proclama una profecía impresionante que tendrá su cumplimiento en el Mesías: «Bendice, alma mía, al Señor y gran Rey, que Jerusalén va a ser reconstruida y en la ciudad su templo para siempre. Seré feliz si alguno quedare de mi raza para ver tu gloria y confesar al Rey del cielo» (Tob 13,5-16).

Dice Tobías que su felicidad será completa si alguno del pueblo de Israel pudiese ver algún día la gloria de Jerusalén. Este alguno no es otro que Jesucristo, el cual vio no ya la gloria de Jerusalén, sino la del mismo Dios, y la trasladó al calvario desde donde el rostro radiante de la gloria del Padre iluminó, por el misterio de la cruz, a todo el universo. Desde entonces, todo discípulo que hace suya la Palabra proclamada por el Hijo, ve y participa de la gloria de Dios.

Jesucristo pudo ver la gloria de Dios porque nunca puso sus ojos en la gloria del mundo y, más concretamente, nunca buscó la gloria de los hombres; por eso dice: «Mi doctrina no es mía sino del que me ha enviado. Si alguno quiere cumplir su voluntad, verá si mi doctrina es de Dios o hablo yo por mi cuenta. El que habla por su cuenta, busca su propia gloria; pero el que busca la gloria del que le ha enviado, ese es veraz; y no hay impostura en él» (Jn 7,16-18).

Jesucristo hace constar, con meridiana claridad, que no recibe la «gloria de los hombres»; y es más, proclama la imposibilidad de acceder a la fe a todos aquellos que no buscan en sus obras la gloria de Dios. «¿Cómo podéis creer vosotros que aceptáis gloria unos de otros, y no buscáis la gloria que viene del único Dios?» (Jn 5,41.44).

En el Señor Jesús se cumple, y para toda la humanidad, la oración confiada que veíamos en el salmo. «El Señor de los ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob». En Él –Dios con nosotros– todo hombre contempla la gloria de Dios (Jn 1,14).