Cielo

Fotografía: Tommy Clark (Creative Commons)

Dios, partiendo de Israel, convoca a todos los habitantes de la tierra para llamarles a conversión: «El Señor, Dios de los dioses, habla, convoca la tierra de oriente a occidente. Desde Sión, la hermosa, Dios resplandece». Con el propósito de enseñar a todos los pueblos, Yavé denuncia el culto vacío que Israel le está ofreciendo. Culto simplemente formalista que puede ser hasta grandioso, mientras que el pueblo entero vive de espaldas a la palabra de Dios. Por eso les dice: «¿De qué te sirve recitar mis preceptos y tener siempre en la boca mi alianza, si detestas la corrección y rechazas mis palabras?».

El profeta Jeremías denuncia esta relación de Israel con Dios, basada en las apariencias que proporcionan los holocaustos y sacrificios, que pueden ser muy suntuosos pero llevan al pueblo a vivir de espaldas al Dios que habla y convierte. Porque la conversión no acontece en el hombre por el culto exterior sino por el interior, allí donde Dios con su Palabra transforma el corazón del hombre y le lleva a cumplir su voluntad.

Escuchemos al profeta Jeremías: «¿Por qué el país se ha perdido, incendiado, como el desierto donde no pasa nadie? Yavé lo ha dicho: Es que han abandonado mi Ley, que yo les propuse, y no han escuchado mi voz ni la han seguido; sino que han ido en pos de la inclinación de sus corazones tercos, en pos de los baales que sus padres les enseñaron» (Jer 9,11-13).

Dios ya había alertado al pueblo de Israel, antes de entrar en la tierra prometida, que su grandeza como pueblo de su propiedad, iba a depender de que mantuviese su relación con Él por medio de la escucha de sus mandamientos, es decir, de sus palabras, pues en la Escritura, el término mandamiento equivale a palabra: «Si escuchas los mandamientos de Yavé tu Dios, que yo te prescribo hoy, si amas a Yavé tu Dios, si sigues sus caminos y guardas sus mandamientos, preceptos y normas, vivirás y te multiplicarás; Yavé tu Dios te bendecirá en la tierra a la que vas a entrar para tomarla en posesión» (Dt 30,16).

Jesucristo, palabra de Dios y luz del mundo, denuncia, en su conversación con Nicodemo, el pecado que supone vivir de espaldas a la luz de Dios, y le instruye acerca de este pecado: «El juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios» (Jn 3,19-21). Y, efectivamente, toda obra del hombre, incluidas las propias del culto y de la piedad, son inútiles por su vaciedad cuando no están iluminadas por la luz de Dios, luz que Él envió al mundo en su propio Hijo, y que brilla en todo su esplendor para nosotros por medio del Evangelio.

Volvemos al salmo y oímos del propio Dios cómo debe ser el culto que le agrada: «El que me ofrece un sacrificio de confesión me glorifica; y al que sigue el buen camino le haré ver la salvación de Dios».

La acción de gracias no es formalista ni cultual puesto que nace de un corazón agradecido por lo que Dios ha hecho en el hombre. Este, que tiene un nombre y una historia concreta, alaba a Dios porque ha hecho una experiencia de liberación y salvación que solo Él podía hacer.

Podemos transmitir experiencias concretas de estas acciones de gracias. Vemos cómo, por ejemplo, el apóstol Pablo da gracias a Dios porque el testimonio de Jesucristo ha enriquecido con inmensos dones espirituales a la comunidad de Corinto: «Doy gracias a Dios sin cesar por vosotros, a causa de la gracia de Dios que os ha sido otorgada en Cristo Jesús, pues en Él habéis sido enriquecidos en todo, en toda palabra y en todo conocimiento, en la medida en que se ha consolidado entre vosotros el testimonio de Cristo» (1Cor 1,4-6).

Podemos referirnos también al encuentro que tuvieron los apóstoles Pedro y Juan con el paralítico que estaba pidiendo limosna a la puerta del templo. El buen hombre les miró con la esperanza de recibir algo de ellos, pero estos tenían algo mucho más importante que darle, por lo que Pedro le dijo: No tengo plata ni oro pero lo que tengo, te doy: en nombre de Jesucristo levántate y anda. Sabemos que este hombre se levantó. Efectivamente, Pedro tenía algo que darle mucho más importante que lo que pedía: Le abrió el acceso a Dios, simbolizado en que, si antes estaba a la puerta del templo, ahora le vemos entrar andando, saltando y alabando a Dios (He 3,1-10). Esta es la acción de gracias que Dios quiere.